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25 agosto 2011

LA CULTURA DEL REINADO

                    
Acaso recordarás un hecho como el que paso a detallarte. Un buen día se acercan a ti y te entregan una bella foto de la futura majestad, es decir, de la que se supone será en el futuro inmediato una soberana. ¡Qué remedio!, alabas a la chica y procedes a meter la mano en la cartera y pagas tu "voluntario" impuesto festivo. Algunos lo cancelan con tal devoción, que por ratos nos hacen pensar que les han ofrecido una estampa del "Sagrado Corazón de Jesús" o del "Divino Niño Jesús de Praga". Escenas como estas se repiten casi a diario, porque los reinados siempre han estado de "moda" en nuestro ístmico país y en nuestra azuerense península. Debemos reconocer que nosotros -los azuerenses-, en una especie de imperialismo cultu­ral, nos hemos ganado todos los premios en esto de exportar a otras latitudes nacionales nuestra tradición de reinas.
La Reina, destacado personaje de nuestra cultura popular, debería merecer una mayor atención de la que hasta ahora le hemos profesado. Desde miradores estrictamente sociológicos, el hecho es en extremo interesante y preocupante. En nuestro entorno encontramos todo tipo de reinados; eventos que en lo más profundo de sí parecen reproducir la estratificación social imperante. Están las grandes reinas de belleza "internacionales" que la televisión vende como la expresión más excelsa de la perfección; señoritas que los televidentes observan con un embelesa­miento casi mágico y sacro. Luego, en la pirámide social de las soberanas, aparecen las reinas de los carnavales; éstas son una especie de clase media de los reinados. Finalmente, en la base social del jolgorio, lucen sus diademas las pueblerinas reinas de instituciones y centros de enseñanza.
No cabe duda que en nuestra cultura interiorana el reinado es toda una institución social, y, se supone, que como tal ha de satisfacer alguna imperiosa necesidad colecti­va. Se me ocurre plantear, aunque resulte evidente, que en dichos eventos sociales el pueblo se divierte y exterioriza sus insatisfacciones colectivas. Sin embargo, me luce que ese es el aspecto aparencial del fenómeno y que el mismo oculta en lo más profundo de sí manifestaciones mucho más sutiles.
¿Cómo llegó nuestra gente a los reinados y qué representan  éstos?. ¿ Son acaso una extraña simbiosis de reyes hispánicos, caciques indígenas y líderes tribales africanos, en donde la cultura dominante hispánica fue el ingrediente de mayor peso específico?. Sobre este tópico, quizás en algún momento podría ser muy provechoso emprender un estudio de mucho más largo aliento; ensayo en donde se analizaría la evolución de tan singular fenómeno de la cultura popular.
Sin embargo, lo que por ahora podemos indicar es que la tradición de realizar reinados ha logrado sus mayores cimas en un grupo humano como el azuerense. Me pregunto, ¿ ha tenido que ver algo en ello la idealización de los títulos nobiliarios en una sociedad rural y depauperada como la nuestra, formación social que siempre careció de tales abolengos, y que por lo mismo se le antojaban apetecibles ?. Por el contrario, ¿ son los reinados una especie de burla popular a un distante sistema monárquico que poca relación parecía guardar con una región en donde la tierra y el rumiar de las vacas se constituían en la medida del hombre y su sistema social?.
En el caso santeño y herrerano, los reinados han terminado por adherirse al sistema social de tal forma que ya parece una inútil empresa el pretender una reorientación de sus actuales tendencias. Este hecho social está tan arraigado en la Península, que de un inicial e inofensivo fenómeno popular, se ha trocado en la época contemporánea en una prioritaria empresa del fenómeno de socialización de nuestro hombre del campo y la ciudad. Hoy, no se trata de un evento más, sino de una lamentable distorsión  sociológica de los objetivos prioritarios de las diversas instituciones sociales. La familia, el grupo de amigos, los medios de comunicación de masas y los centros educativos fomentan en nuestras mujeres el ideal social de ser reina y, en nuestros varones, el obsecuente papel de edecán.
En efecto, no deja de ser inquietante que nuestras principales instituciones sociales se empeñen en presentar a las nuevas generaciones un ideal social tan baladí. Este asunto de ceñir una corona -en una época en donde el sistema monárquico es un mal recuerdo-, debería de quitarle el sueño a más de cuatro. Baladí, porque estamos ante un evento en extremo intrascendente, pero que demanda de sus fanáticos un innecesario derroche de recursos económicos y de energías mentales que podrían correr mejor suerte.
Debería preocuparnos que estemos morando en una sociedad que malgasta su tiempo insuflando en el espíritu juvenil, no el ideal de un Bolívar, Sarmiento, Martí, Porras, Andreve, Méndez Pereira, Crespo y Duncan; o, en todo caso, el constructivo proceder de una Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Rufina Alfaro, Ofelia Hooper, Otilia Arosemena de Tejeira o Clara González de Berlinguer. Por el contrario, nuestra prioridad social es que la chica luzca su diadema y se dé el "lujo" de ser reina.
En este punto conviene destacar como uno de los ejemplos más notorios, el comportamiento que al respecto asumen los centros de enseñanza. La escuela, institución de la que deberíamos esperar un liderazgo sano, asume la vanguardia en la socialización de la cultura del reinado. Reinas en pre-kinder, kinder, escuelas primarias, primeros ciclos, colegios secundarios y hasta en la Casa de Méndez Pereira. Párvulos, docentes, administrativos y padres de familia que abarrotan los centros de enseñanza para rendir pleitesía a su majestad, cuando esos mismos colegios exhiben raquíticas bibliotecas y carecen de equipos audiovisuales para la enseñanza.
Ante este estado de cosas, no cabe duda que se impone el retorno a conductas colectivas mucho más cuerdas, sensatas y constructivas. Porque no se trata de descartar de nuestra cultura un evento que goza de tanto aprecio popular, pero sí de promover su regulación y de impedir que nuestra juventud siga pensando que el país se construye con reinados y confetis. El costo de morar en una sociedad en donde la cultura del reinado no es la excepción sino la regla, ya lo estamos pagando. Frente a la existencia de preocupantes y axiales problemas nacionales, no pocos contestan a coro: ¡Que viva su majestad!

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