05 febrero 2021

EN EL POSTRER ADIÓS DE UN AMIGO

 



Enero, febrero y marzo son brisa, sol y mar. En esta época la naturaleza canta su alegría mientras se viste de madroños, espinos amarillos, campanillas veraneras y el amarillo intenso del guayacán montañero. A lo lejos el Canajagua es peinado por el viento, mientras algunas nubes blancas coronan la vieja testa milenaria. Por los caminos de Guararé hacia la sierra, hay un rosario de pueblos, los que quedan de la conquista de los siglos, desde que nuestros antepasados caminaron la sabana para hacerla hacienda y cultura campesina.

No pocas son las aldehuelas que rodean al cerro desde Las Tablas, Macaracas y Guararé. Y aún queda pendiente la historia no escrita de tales hombres laboriosos. El archivo parroquial los describe como los Jaén, Vargas, Iturralde, rodríguez, De León, Saavedra, Domínguez y Velásquez, por mencionar solo unas cuantas de las familias que conquistaron el Canajagua. Gente campesina que con el tiempo se hizo profesional, agricultores y ganaderos, así como mujeres hermosas, diosas de los campos con olor a margarita, mirtos y rosas.

De uno de tales vientres nació en la provincia santeña un párvulo con deseos de explorar nuevos horizontes y romper el enclaustramiento de la tradición. El niño frisaba los 10 años cuando acompaña a su tía para vivir en la ciudad de Panamá. Cambia el tapón y la perdiz por el ruido de los buses y la estridencia de los pitos de los autos. Se va del campo, pero la congoja invade su alma infantil. En Panamá vivirá otra vida, aunque alberga en su pecho la imagen de la perdiz de llano, la cascá en la rama del mango, el olor a tierra mojada y maizal espigado, más el sonido agudo del azulejo palmero. Muy adentro presiente que ha de volver, retornar a la tierra que ama y que le hace guiños porque es parte integral del útero social y cultural al que pertenece.

El campesino Gumercindo Domínguez Velásquez no sabe qué le espera, ni imagina cuánto repercutirán en su vida las calles de San Felipe y Santa Ana. En la urbe de los años cincuenta y sesenta del siglo XX construirá sobre su coraza silvestre el brillo de la ciudad que duerme a la orilla del canal. Trabaja, estudia, lee y crece. Hace de todo, realiza los oficios más disímiles, porque el trabajo en honra y no estigma; herencia aprendida en La Pasera, junto a los padres que también hacen honor al santeñismo que abre surcos de desarrollo y de dignidad nacional.

Época dura la que le tocó y país convulso en el que asesinan generales, persiguen el disenso, con estudiantes que se inmolan en las riberas del canal. Nada será igual para él, para el santeño que mira en San Miguelito el reducto en que moran los que emigran a la capital. Sin embargo, ahora ejerce el periodismo radial y escrito y publica en los diarios de la ciudad de Panamá. Observa al mundo de otra manera y es capaz de ver más allá de las apariencias. En el fondo comprende las razones sociales que explican el mundo que le tocó vivir. Por eso radicaliza su pensamiento y se convierte en defensor de la justicia social y de la democracia. Le espera una amarga experiencia con los militares populistas que se toman el poder y someten al país en la negra noche de la antidemocracia. Paga con la cárcel la osadía de tener sueños, de amar el país y de desear mejores días para los suyos.

Y un buen día, regresa a su tierra hasta que pace la negra noche del militarismo. Una vez superado el escollo social retorna a lo suyo, a lo que en realidad ama, ejercer como periodista. En la capital tableña crea su revista radial en Ondas del Canajagua y Radio Mensabé. La rica experiencia adquirida da frutos y Hoy con el pueblo se convierte en programa dominical de credibilidad, que sabe alternar con Radio Mensabé informa y Comenta. Desde entonces las revistas radiales de comentarios no volvieron a ser iguales en Los Santos, porque ante el micrófono está un individuo de profundas convicciones éticas que se gana el respeto de la audiencia peninsular y nacional. Sí, la del panameño ya entrado en años que se vuelve crítico, pero que en el fondo sigue teniendo el alma del niño que se creció en La Pasera y que un día partió con la tía a la capital de la república.

Luego de más de treinta años de hacer radio en la península y con más de siete décadas en su espalda fallece el 3 de febrero de 2021. Muere Gumercindo luego de concluir el programa matutino; transita del micrófono al hospital y del nosocomio a la casa de descanso eterno, para que se cumpla lo que siempre aspiró, despedirse, dar el postrer adiós desde la cabina de una emisora de radio.

Yo no voy hablar aquí del legado de Gume, porque es evidente que su vida no fue en vano, ni sus afanes el humo que deshace el viento. Yace aquí un santeño cuya pasión fue ser periodista, a su estilo y manera: serio, sobrio, directo y sin temores. Un proyecto de vida que rebasa el propio periodismo que fue para él un medio y no un fin en sí mismo, herramienta para la información y la liberación, para el profesional y para el campesino, para la mujer intelectual y ama de casa.

Desde este lugar de los adioses y a una distancia no muy lejana, se yergue el Canajagua y sobre su cúspide la antena radial de Gumercindo Domínguez Velásquez mira en lontananza. Está allí en pleno corazón de la provincia, enclavada sobre la tierra que es ícono del santeñismo, pletórica de historia y cultura peninsular. En esta hora quiero pensar que, en su soledad, junto a este viento de febrero que despide a Gumercindo, ella mira y saluda al amigo ausente. Al aliado que a lo mejor desearía verlo inhumado a la sombra de su térrea base.

A esta hora se cumple lo que el destino manda, la transición entre la carne perecedera y el alma que divaga sobre el espacio sideral. Porque ha llegado el tiempo de comprender las lecciones terrenales de un hombre como Gumercindo, sencillo, jovial y seguro de su trayectoria de vida. Como santeño descuella el compromiso con los suyos, con nuestra identidad cultural; como panameño, honra la defensa de la patria mancillada, los derechos del hombre y la calidad de vida.

Debemos comprender que morir es otra forma de vivir, de mudar de ropa y mostrar a los amigos el tesoro de la vida, que no fenece, sino que se transforma, que se hace flor silvestre, recuerdo de los senderos por los que se transitó con olor a carate recién cortado. Por esos caminos de la vida peregrinó Gumersindo, el amigo, el periodista y el patriota de la tierra de Belisario, Manuel, Sergio, Zoraida, Bibiana y Rufina.

Vive tu jardín de paz, Gumercindo, renace en los virulíes y lanza tu saloma silente entre los cerros, descansa del ajetreo matinal para que otros también puedan decir que hoy están con el pueblo en cada poro de su mundo existencial. Percátate que no araste en el mar, Gume, descansa Gume, descansa, ya cumpliste con los tuyos y con la patria.

.......mpr...

En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 5 de febrero de 2021.


1 comentario:

  1. Muyexplicito su homenaje al luchador por las causas y las inquietudes de pueblo y solo pueblo santeño.

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