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28 enero 2009

EL MAESTRO PANCHO

Plaza de Guararé a inicios del Siglo XX
Recuerdo como si fuera ayer algunos pasajes de mi niñez. Por la propia naturaleza en que se desarrolló mi infancia, como hijo de un comerciante en la población de Bella Vista de Guararé, muchas de las cosas que acontecían en el villorrio y en el distrito, eran motivo de conversación entre los parroquianos que acudían al negocio. Esta situación que dispensa una tienda, la de ser sitio de encuentro de lugareños, hacía que algunos nombres de guarareños notables, así como de personajes de extracción popular, me fueran familiares. En aquella época mis padres sabían mantener ese vínculo de solidaridad humana y uno iba lentamente aprendiendo que la vida social es vital para el desarrollo ciudadano.
Así llegué a conocer a mucha gente de Guararé cabecera, La Guaca, La Enea, El Jobo, La Pacheca, algunos de oídas y a la distancia, y a otros en carne y hueso, como se dice ahora. Entre esos personajes descolló uno a quien mi padre llamaba “el maestro Pancho” y mi tío Diomedes Pinzón Jaén distinguía como “mi compadre Pancho”. A éste último, a Don Pancho, le recuerdo como un hombre de mediana estatura, delgado, de hablar inteligente y modales que reflejaban una esmerada educación basada en valores. Con el correr del tiempo llegué a conocer a su domadora, expresión que los miembros del Club de Leones utilizan para designar a la esposa. Aleja Espino de Castillero, que así se llama, siempre me pareció la mujer adecuada para un hombre como Don Pancho. Ella, discreta y delicada, dispensaba un apoyo fiel a las luchas comunitarias de Francisco Castillero Carrión. Es más, osaría afirmar que el tributo que se rinde al educador, para ser justos, esconde en lo más profundo de si el reconocimiento a su compañera de toda la vida. Consigno, pues, un caluroso saludo a la silenciosa labor de la mujer guarareña que ella encarna.
Aclaremos que el maestro Castillero Carrión pertenece a una hornada de docentes que fueron producto de una política educativa que tuvo su expresión más notoria gracias a la visión de liberales como el Dr. Belisario Porras Barahona, Eusebio A. Morales, Jeptha B. Duncan e incluso de conservadores de la talla de un Nicolás Vitoria Jaén. Egresado del Instituto Nacional, el 5 de febrero de 1927, Don Pancho laboró en el ramo educativo hasta su jubilación mediante la Resolución # 3303-65 V del año 1965. Son veintiocho años de vida laboral que al guarareño le permitieron sembrar la simiente de la educación en Las Guías de Antón, Antón Cabecera, Río Hato, el Colegio Artes y Oficio en la ciudad capital, Monagrillo, Guararé, Soná, Chitré y Las Tablas. Dejamos constancia que ese empeño lo ve coronado desde su desempeño como maestro en Las Guías de Antón, pasando por el ejercicio de labores como Sub-Inspector (Veraguas, Herrera y Los Santos) hasta Inspector Provincial de Educación en las provincias de Herrera y Los Santos.
Tómese en consideración que Castillero Carrión ejerce su apostolado durante el período que podemos considerar como el más difícil de la historia educativa nacional. Me refiero a esa etapa que transcurre desde los años veinte a la década del sesenta del Siglo XX. Lapso histórico de grandes sinsabores, pero que también me atrevería a denominar como Época de Oro de la Educación Panameña. Todos sabemos que el educador de aquellas calendas hacía gala de una mística que iba mucho más allá de las funciones a él encomendadas. En honor a la verdad debo decir que a la mayoría de esos colegas aún no se les ha hecho justicia. Conducta que a veces se origina no sólo en cierta mezquindad contemporánea, sino en el desconocimiento de los esfuerzos de gentes que como Don Pancho llevaron su humildad y ejecutorias al extremo de no hacer ostentación de ellas. Y ni qué hablar de ejemplares maestros de principios del Siglo XX (pienso en José de La Rosa Poveda y Liberato Trujillo), zapadores de la educación regional, totalmente relegados al olvido.
Hermoso legado el de esos instructores que entendían que la educación es una actividad que no se puede reducir al claustro escolar. Por eso, cuando repaso la vida del hombre cuyo nombre llevará el Colegio Secundario de Guararé, comienzan a aparecer algunas otras facetas que en su hoja de vida el homenajeado cataloga como de civismo y acción social. Esto es comprensible, porque Castillero Carrión entendió que moraba en un entorno muy suyo; ambiente que intentó transformar formando parte de organizaciones comunales, a las que dedicó esfuerzos antes y después de su jubilación.
Una faceta poco conocida de Don Pancho es aquella propia del hombre que explora con avidez los parajes de la naturaleza. Como ejemplo veamos su empeño de llegar hasta las faldas del Canajagua, entonces en alguna casa guarareña el viejo Almanaque Bristol marcaba el 4 de julio de 1939. En un documento de gran valor sociológico, Castillero Carrión describe y da testimonio de la llegada del primer carro a esas ubérrimas serranías, antiguamente pletórica de cafetos y hoy corroída por la faragua. Pero dejemos que el mismo Don Pancho narre sus peripecias. Dice textualmente:
“La llovizna que cayó puso la loma resbalosa( se refiere a La Loma de El Gallo) y el carro no podía subir, cortamos la soga y la amarramos en las ruedas al no tener cadenas y así con el empuje de los hombres logramos subir el "Colorao", así llamamos al carro por su color. Subida la loma encontramos otro obstáculo, una enorme piedra como de media tonelada, ésta la movimos con la palanca que llevamos. Luego pasamos el caserío “El Gallo” que hoy se llama Santa Isabel. Esta población pequeña se ha distinguido por su cultura religiosa en el Cristianismo Católico al extremo que no permiten que en este lugar instalen cantinas. Seguimos hacia Las Trancas, pasamos el caserío del “El Codicioso”, seguimos a Las Trancas, pasamos la quebrada del mismo nombre y llegamos al caserío de Las Trancas sin tropiezos”.
Así era el hijo de Francisco A. Castillero y Adela María Carrión. Conociendo sus ejecutorias no causa extrañeza ver al docente laborando en lo que antiguamente se conocía como Fomento Agrícola de Los Santos, una dependencia estatal que asumió en la década del cuarenta del Siglo XX el desafío de transformar al agro provincial con la introducción de los baños garrapaticidas, rastras y toda una tecnología novedosa para la época. De aquel período data la expresión popular de “pollos de fomento”, para referirse a las nuevas variedades de gallináceas que llegaron a nuestra tierra para no irse jamás.
Trayendo a la memoria tales retazos de historia, que atesoramos en algún oculto nicho de la corteza cerebral, y que acontecimientos como el que nos congrega logran convocar, retengo la imagen de Don Pancho como miembro del Club de Leones de Guararé. Podemos entonces comprender el sano orgullo con que Francisco I. Castillero Carrión lucía sus medallas de león de toda la vida. No era esa postura suya una muestra de ostentación, ese hábito se comprende como una expresión clara de alguien a quien le satisfacía su labor como miembro de la aludida agrupación de guarareños. A propósito, alguna vez se tendrán que reconocer los años de dedicación, desvelos y de un inclaudicable amor al terruño de que han hecho gala por tanto años los que se reúnen en la Cueva de Los Leones. ¡ Y quién en Guararé no trae a la memoria las navidades que ellos hicieron posible!.
Sobre el tópico hay mucha tela que cortar, allí está Castillero Carrión con sus compañeros distribuyendo juguetes en tiempos de adviento. Es como para escudriñar por la ventana de la historia y escuchar a los niños guarareños, que una vez llegado diciembre, preguntaban ansiosos por el día y hora en que los juguetes serían distribuidos. Hermoso gesto el de ofrecer un presente navideño a los infantes, porque por muy humilde que pudiera ser el mismo, lo importante radica en percatarse que detrás de la muñeca y el carrito latía un humanismo que con los años ha ido perdiendo su esplendor. Se ha marchitado como nuestros bosques o como el alma y la sensibilidad de aquellos a quienes no les dice nada el viejo guayacán que florece a la vera del camino.
¡ Ay, cuántos hombres con tronco y alma de guayacán no necesita el Istmo con urgencia!. Creo que Don Pancho fue uno de esos guayacanes que ya se nos fue, pero que continuará en nuestro colegio encendiendo de amarillo intenso el alma de nuestra juventud. Recordándolo no puedo dejar de plasmar algunas vivencias de la trayectoria ciudadana del esposo de la Sra. Aleja y dejo testimonio de una que pocos han valorado. Me refiero a ese empeño de Don Pancho de dejar registrado en blanco y negro su visión del mundo. En este aspecto él es un típico profesor de tiempos de antaño. Cualidad que también era propia de algunos médicos del ayer, profesionales que recogieron en hermosos apuntes las vivencias que ahora nos permiten recomponer la historia de nuestra región del Canajagua y El Tijeras. En efecto, tengo presente que en los años ochenta acudí en diversos momentos a su casa habitación, y luego de los protocolares saludos, me solazaba escuchándole hablar del Guararé de sus mocedades. Entonces entendí que ese educador que tenía ante mí no sólo poseía excelentes dotes de conversador; había en él la semilla de un escritor que en otro contexto quizás pudo adquirir mayor vuelo.
El maestro Castillero Carrión nos legó una publicación, que le editó en el año 1985 la Universidad Popular de Azuero, y que denominó Recuerdos Históricos de Guararé. Por mi parte, y gracias a la gentileza de su yerno, el Profesor David Solís, pude publicar en una modesta hoja de comentarios (Ágora y Totuma), dos opúsculos de su autoría y que Don Pancho intituló Guarareños estudian vía que facilite construir carretera al Cerro Canajagua por el Distrito de Guararé y, el otro, Discurso pronunciado por el maestro Francisco I. Castillero el 1 de diciembre de 1942 con motivo de la colocación del nombre de Juana Vernaza a la Escuela Primaria de Guararé. El primer escrito data del año 1939, de la misma manera que el segundo recoge su disertación en la fecha cuando oficialmente se asigna nombre a la Escuela Primaria de Guararé.
Así las cosas, creo que el Colegio Francisco Castillero Carrión tiene ahora un primer desafío institucional, recoger en un texto los escritos que en vida publicó Don Pancho y que han de estar dispersos en revistas y boletines. Realizar ese esfuerzo de recopilación ya no sólo es un acto de justicia ciudadana y de amor al terruño, representa un imperativo de tipo institucional.
Pienso que en el contexto anterior debemos recibir la nueva denominación del colegio; porque mientras reconocemos los méritos al educador y guarareño raizal, simultáneamente estamos enviando un mensaje claro a nuestros jóvenes, les señalamos que tiene sentido luchar por un ideal, afirmamos que los valores sociales no son letra muerte, dejamos claro que en Panamá son más los que construyen que los destructores de sueños y ciframos nuestra esperanza en que la cultura de la vida se impondrá sobre la cultura de la muerte. Dialéctica de la luz y la sombra que los istmeños deberíamos entender y practicar.
En el año 1942, con motivo de la asignación del nombre a la Escuela Primaria de Guararé, cuando contaba con treinta y ocho años, escribió lo siguiente el guarareño nacido el 15 de diciembre de 1904:
“Porque señores, hay seres predestinados, que guiados por una intuición divina, que inspirados por un sentido claro y lógico de las necesidades sociales, que están convencidos que su misión como parte integrante de la masa social, al pasar por esta corta y generosa vida terrena, dejan huellas imborrables, como cinceladas en mármol, dejan una estela luminosa que sirva de norte en el tortuoso, áspero y difícil camino de la existencia. Que sus acciones perduran y sirven como hermoso ejemplo de bondad, de cultura y de civismo.
Dichosos los pueblos que han sentido la influencia bienhechora de entes eminentemente sociales. Doña Juana Vernaza fue uno de estos seres. Mujer de un espíritu dinámico, de privilegiada inteligencia, de admirable tacto para las acciones sociales, de refinada cultura y delicadeza manifiesta de bondad extremada, de excepcional habilidad para las artes manuales, de preparación académica adquirida mediante el estudio, hicieron de doña Juana maestra por vocación y por excelencia sin marcado interés utilitario. Esto lo prueban las innumerables dificultades con que tropezó en su misión educadora, presentándosele la situación de dejar de pagarle sus míseros sueldos por muchos meses debido a las dificultades fiscales del Gobierno de esa época o la mala organización del Ramo. Pero nada arrendó su espíritu magnánimo, continuó impertérrita su obra educativa con la fe en el triunfo y la mirada en el porvenir de un pueblo que hoy se levanta arrogante y se siente orgulloso de sus hijos que tienen como lema el progreso, la honradez y el trabajo”.
Releyendo esta meditación de Francisco Castillero Carrión, ahora que han pasado sesenta y cuatro años desde que se redactó, en la soledad de mi casa he cavilado que ese texto bien podría aplicarse al mismo autor que con ímpetu lo leía en la década del cuarenta del Siglo XX. Además, en este año 2004, cuando por feliz coincidencia se celebra el primer centenario del natalicio de Francisco Castillero Carrión, simultáneamente conmemoramos la fecha asignándole su nombre al Colegio Secundario de Guararé. Preservar la memoria de un guarareño virtuoso habla bien alto de un pueblo que comprende que el reconocimiento a sus mejores hijos es una forma de incentivar las vocaciones ciudadanas y de conservar su propia memoria histórica.

(Disertación del autor con motivo de la asignación del nombre de Francisco Castillero Carrión al Colegio Secundario de Guararé, acto realizado el 5 de marzo de 2004)

15 enero 2009

ANGURRIA MINERA

“Fulano es un angurriento”, la expresión la escuché en mis días de infancia en Bella Vista de Guararé. Creo que fue Isaías “Chía” Vásquez”, uno de tantos santeños laboriosos que ya abandonó este mundo, quien la usaba con frecuencia. Con ello mi paisano quería decir que zutano era un avariento, un ser insaciable que cree que toda la riqueza del mundo ha de ser para él. Porque no falta quien hago de su vida un templo a la codicia.
Esta remembranza del vocablo viene a propósito de la conducta angurrienta que observo en los mineros istmeños; y no me refiero al campesino que labora en Petaquita, Cañazas o al que soñó con ganarse unos reales en Cerro Quema. Hago alusión a aquellos “monos gordos” que no reparan en destruir bosques, ríos, animales, gentes, o cualesquiera otro “minucia” que se interponga a su aurífera voracidad.
Tal vez el término ha caído en desuso o ya no tiene el interés que antaño le dispensó el hombre interiorano, pero hay que prestarle atención a esa deleznable avaricia que se ha apoderado del país. A propósito, por allí sobreviven algunos políticos angurrientos que si los dejamos harán causa común con los mineros para desvalijar las arcas del Estado y la ecología nacional. Ante el fenómeno de marras habría que plantear algunas hipótesis para ver si explicamos tamaña deshumanización, quizás atribuible al brillo del oro o el retintín de las monedas (“Túrbalos San Jacinto”). Se me ocurre, igualmente, que acaso los efluvios del cianuro habrán alterado las neuronas cerebrales y generado una devoción por el oro que rebasa con creces la veneración al Jesús Nazareno de La Atalaya o al Cristo Negro de Portobelo.
También he desechado la hipótesis de que sea un asunto genético, porque sólo de imaginarme las implicaciones de ello se me “espeluca” el cuerpo. Esta angurria minera quiera Dios que tampoco sea una enfermedad contagiosa, porque todo ello sería catastrófico para el país. Curioso, porque al parecer este raro padecimiento es de tipo dual. Mire usted que la devoción por el oro viene acompañada de una obsesión por la tierra. En Cerro Quema, por ejemplo, quieren “explorar” algo más de 102 mil hectáreas de tierra. Algo así como la creación de un potrero gigantesco enclavado sobre la Cordillera del Canajagua; desde Las Minas al austral Distrito de Pedasí. Y ya por allí están solicitando 2 millones de hectáreas adicionales en tierras nacionales.
La angurria minera es un espanto, tal vez una maldición como la que recayó sobre La Tepesa, la vieja leyenda amazónica que aún recorre los campos nacionales. Al parecer estamos ante un maleficio que se ensaña sobre “Panamá la verde”, la misma que describiera el novelista español Don Vicente Blasco Ibáñez. Así es, como parásitos sobre el cuerpo sano de nuestro istmo, los mineros avarientos recorren a argucias semánticas para disimular sus aviesos intereses mercuriales. “No hay tal angurria”, contestarán, “estamos preocupado sobre la sostenibilidad ambiental. Donde Usted, pobre orejano, mira el brillo del oro nosotros vemos la posibilidad de generar empleo y sacar del abandono a los depauperados hombres del campo. En un país como el nuestro es inconcebible que la pobreza siga acostada sobre un lecho de auríferos resplandores.”
Yo les escucho, pero algo me dice que mienten y sigo creyendo que son unos angurrientos. Pienso que hay que encontrar algún antídoto contra estos insólitos males. Quizás con algún tipo de terapia: escuchando el murmullo del agua en un arroyuelo serrano, mirando las piruetas que realizan los morachos sobre los cascajales del río o tal vez sentados con pose de Buda minero, meditando mientras en lontananza se oculta el sol.. La verdad yo no sé, pero me preocupa este síndrome istmeño que deshumaniza y corroe el alma de la patria.
Mucho agradeceré, amigo lector, que Usted reflexione sobre la temática y trate de encontrar la alternativa para superar esta espantosa angurria minera. Es urgente, no vaya a ser que este mal, al parecer contagioso, se apodere del cuerpo social y terminemos todos en una tina de lixiviación nacional. No hay derecho, tome sus precauciones, hágale un favor al país y denuncie el menor brote de angurria minera.

01 enero 2009

APUNTES HISTÓRICOS Y POBLACIONALES SOBRE GUARARÉ

En el siglo XVI la historia de la Alcaldía Mayor de Natá es la historia de Coclé y el actual Azuero. Para Guararé la conquista significó las incursiones de Gonzalo de Badajoz (1515) y el Lic. Gaspar de Espinosa (1517). Ellos, y en especial el segundo, inician el casi total exterminio de la población indígena.
A propósito, una de las primeras referencias históricas en torno a la región guarareña la debemos al relato que nos legara el Lic. Gaspar de Espinosa en torno a sus andanzas en busca del cacique París. Dice el español:
"Pues llegada la dicha gente, envié al dicho capitán Jerónimo de Valenzuela con hasta ochenta hombres a la provincia que se dice de Guararí, que está junto a la costa de la Mar del Sur, dos jornadas de nuestro Real, porque tuve noticia que estaba allí el dicho cacique de París y para que allí se buscasen árboles para hacer canoas; y asimismo envié al capitán Pedro de Games en la provincia que se dice de Quente."(Araúz, Reina Torres de. Natá Prehispánico Pág. 109). El mismo Espinosa añade más adelante en su relación, que una vez regresado el capitán Pedro de Games él ya se había ido a la provincia de Guararí. Afirma:
"...y cuando volvió yo ya era ido a la provincia de Guararí, porque el dicho capitán Jerónimo de Valenzuela me envió a decir, que había hallado muy buenos árboles para hacer canoas; para hacerlas y para dar orden como se hiciesen muy presto, yo me había partido para allá". (Ibid)
El historiador panameño Rubén D. Carles Oberto dice, por su parte, en su libro Cuándo Fueron Fundados los Pueblos y Ciudades del Istmo de Panamá, que Guararé "en donde se construyeron las primeras barcazas capaces de transportar los sesenta hombres con que Diego de Hurtado recorrió las costas de Montijo y Chiriquí, no alcanzó a tener formato de pueblo sino a mediados del siglo XIX", aunque "está ubicado en el mapa de Tierra Firme correspondiente al año 1785 que fue confeccionado por el cartógrafo Juan López".
De la misma manera, el Dr. Omar Jaén Suárez plantea el surgimien¬to de Guararé en el siglo XVIII, como producto de una política de poblamiento que consistía en agrupar en torno a ermitas a familias dispersas por la geografía rural. Según este estudioso panameño, a raíz de ello surgen Pocrí de Los Santos, Las Lajas, Pesé, Ocú, Las Tablas, Santa María y Antón en el año 1692. Más tarde, en el siglo XVIII, otras cinco aldeas se crean de la misma manera. Esta vez se trata de los casos de Macaracas, Guararé y Calobre en 1757; Pocrí de Aguadulce en 1756 y San Carlos en 1775. (Ver La Población del Istmo de Panamá...Pág. 65)
Por nuestra parte, hurgando en los Archivos Parroquiales de Guararé -que contienen informaciones a partir del año 1869- encontramos los límites jurisdiccionales de dicha parroquia que en el siglo XIX quedaron trazados así:
"...por el Norte, la playa del mar. Por el Este, la boca de la quebrada de Juan Díaz, aguas arriba hasta cerro de piedra; de allí línea recta, al Hatillo de Marchena; de allí línea recta, al asiento de María Isidra; de allí línea recta, a tomar la Quebrada de Las Tablas; de allí aguas arriba a tomar el Cerro de la Cerrezuela i de allí, línea recta a tomar la Quebrada del Rosario, aguas abajo al río Perales, i de este aguas abajo a las juntas del río Guararé. Por el Sur, aguas arriba del mismo río Guararé hasta los límites con Macaracas. Por el Oeste, la boca de la Quebrada llamada La Honda, i de allí aguas arriba en línea recta hasta peña prieta".
Las primeras informaciones sobre la población guarareña datan de 1872 cuando aparecieron regis-
tradas 1472 personas. Precisamente en esta decimonónica centuria, 1880 para ser más exactos, surge Guararé como distrito. Desde entonces el crecimiento poblacio¬nal de Guararé ha sido lento. En 1911 existían 3648 habitantes, en 1950 un total de 7008 personas, 8527 en 1900 y según el censo de población del año 2000 residen en ese municipio 9,485 habitantes. Es decir, en los últimos cincuenta años Guararé ha tenido un crecimiento poblacional lento. Cifra que habla bien alto de carencias de políticas de desarrollo y de intensas corrientes emigrato¬rias.
La tierra del Festival de la Mejorana, luego de más de un siglo de existir como distrito y de aproximadamente dos centurias de haber sido fundada, es un municipio que no supera los 10,000 habitantes y que aún espera, de cara a su desarrollo, profundas transformaciones estructurales.
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REFRANES DE POR ALLÁ
Si no me loj comprai
no me loj ejcapullei
Muchacha, linda zagala,
que vienes de Guararé
con tu canasta en el brazo:
¿qué has traído de vender ?
¡Son huevos!...¡ Qué lindos son!
Nivosos como tu tez,
redondos como tus pechos
y tersos como tu piel.
En capullos de mazorcas
te los dieron a envolver,
muchacha linda zagala,
que vienes de Guararé.

Apóyate de mi brazo
y vámonos a vender,
en capullos de ilusiones,
la alegría del querer.
Hay luz en tus claros ojos
y en tus labios rica miel
y en tus manos tersas flores
y en tus mejillas...no sé...
Dame la miel de tus labios,
que me la quiero beber...
Los botones de tus pechos
deben rebosar de miel...,
muchacha, linda zagala,
que vienes de Guararé.

Vámonos los dos del brazo
por las sendas del querer,
muchacha, linda zagala,
que vienes de Guararé...

Tanta palabra la dije
por lograrla convencer,
tanta palabra la dije...
más su respuesta así fue:
“Jumm! Si no me loj comprai
no me loj ejcapullei!”
1939. Moisés Castillo