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26 mayo 2022

SOBRE TOPÓNIMOS REGIONALES

 

 

Como ya sabemos, los pueblos y los accidentes geográficos tienen nombres y la disciplina que los estudia se llama toponimia, de allí que se hable de topónimos para referirnos a los mismos.

El caso peninsular no escapa a ello. Y como no podía ser de otra forma, recoge la presencia de la cultura hispánica, indígena y del negro colonial. Sin duda fue Belisario Porras Barahona -qué casualidad- quien primero pone en negrita su preocupación por temas lingüísticos regionales. Lo vemos en su ensayo El Orejano con sus comentarios sobre el castellano peninsular y el habla campesina.

En el análisis de la temática los archivos parroquiales son de gran ayuda, porque en ellos los curas escriben los nombres de pueblos y accidentes geográficos. Revisando el archivo guarareño, por ejemplo, me encuentro con denominaciones, con topónimos, algunos de los cuales pasaron a mejor vida y con otros que aún se mantienen.

Así, el presbítero anota que el niño bautizado proviene de Canajagua, Berbesí, El Chumajal, El Potrero, El Paso del Morito, La Guaca, La Enea, Cucula, El Zape, Perales, El Montero, El Jobo, El Rodeo, El Galapaguero, Los Botoncillos, Llano Abajo, Las Lagunitas, El Nanzal, Llano Largo, Peña Rodá, Quebrada El Espino, La Pita, Nalú, El Pueblo (Guararé cabecera), El Espinal, La Peña, Quebrada Grande, La Calzada, Tierras Blancas, Las Lajitas, El Girón, Los Calabacitos, El Hato, La Loma, Ciénagalarga, El Lagartillo, La Albina Grande, Guararé Arriba, Las Tetillas, El Caracucho, etc.

Un punto interesante en este tópico se refiere a la denominación de los árboles. Existe uno que conocemos como espavé, cuyo nombre proviene de las esposas de los tibas o caciques, que así se denominaban a las concubinas, en plural, porque no eran pocas. No menos llamativo resulta el origen del sitio llamado Mogollón; porque mogollones eran los negros que huían a los montes y que eran vueltos a capturar. A propósito de este término, en España hace alusión a gran cantidad de algo (” Te quiero un mogollón”), aunque también significa jaleo, bulla u holgazán. Luego, se comprende por qué Mogollón está en el Canajagua, sitio que durante el período colonial era inaccesible y lleno de selvas. Y, en verdad, la pieza homónima es un verdadero alboroto musical.

En el extremo sur de la península está punta Morro de Puerco, tal vez porque emule la faz del chancho, en especial si se le divisa desde un barco fondeado en la mar océano. Y los hay hasta sugestivos, como en Chupá Arriba y Chupá Abajo. Están los que recuerdan la profusión de vacunos, El Hato; la abundancia de rocas, Llano de Piedra; El Hueco de La Yegua, el sitio en donde murió el animal; El Sesteadero, lugar en donde sestean las vacas y Juana Prieta, tal vez porque en el sitio moró alguna negra colonial. Así como cerro La Teta, el actual Santo Domingo de Las Tablas o El Quemao, el San José tableño.

Hay topónimos y topónimos, para todos los gustos y de las más diversas modalidades: rurales, selváticos, urbanos y hasta incómodos. Por eso afirmo que la toponimia nuestra es hermosa y la disfruto al recorrer la región y leer sobre el terreno el abanico de vocablos que son el registro del encuentro y la fusión cultural. El Picacho, Berbesí, Llano Arriba, El Ejido, Guararé, Mensabé, Ocú, Chitré, Parita, Guararé de Los Espino, entre otros. Ellos son como el eco sonoro del pasado, la historia compendiada en un nombre, la expresión viviente del ayer.

¡Qué más le puedo decir!, que gozo un “mogollón” todo esto, ni más ni menos, porque esa toponimia habla de lo que somos y cambiarla es un acto cuasi sacrílego, un atentado a nuestra identidad cultural y una prueba fehaciente de la creatividad de nuestra gente.

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25/V/2022.


24 mayo 2022

¡CANTA, PAISANO, CANTA!

 


Necesito que cantes junto al rumor de las aguas del río, paisano. Es urgente hacerlo, con el amor con que besan las olas las riberas peninsulares, mientras se quedan quietas, como amante esperando al amado que tarda en llegar. Con la misma congoja hecha canción de Los Sentimientos del Alma y XV Festival en Guararé. Con la fuerza del Adiós a Las Tablas, o con el embrujo religioso de Santa Librada y el zapateo de los manitos ocueños.

¡Canta, paisano, canta!

No olvides a Pedro, el Goytía pariteño; a Manuel, el guarareño universal, ni a la Rufina mítica, la que se hizo poesía en la pluma de Zoraida, adolorida y feminista, como Ofelia, Elida o Bibiana. Sí, tienes que mirar hacia atrás, para poder ver lo que viviste y queda por hacer.

Allí tienes a la orejana estoica, la que parió a Belisario, compañera del hogar construido con abrojos, el dulce olor del maíz en la tarde que agoniza, porque los cambios no esperan y la changa ya no huele a maíz tierno, sino a jorones de otros lares.

¡Canta, paisano, canta!

No enmudezcas, porque el silencio es complicidad disimulada y los tuyos nunca construyeron cuevas para vampiros temerosos de la luz. Lo tuyo es la voz en alto, la mirada al frente, el sombrero a la pedrada, la pollera al viento y la cantalante en la tuna; prendidas las velas, mientras la caja y el tambor resuenan en las oquedades de tu corazón.

Tienes por qué luchar. Mira la casa de quincha, el pueblo como damero, la campana en la torre y la veleta jugando con el viento. Huele a incienso en el templo y el agua sacra moja la crisma en el santuario que contiene la genealogía de los tuyos, en los viejos pergaminos en los que el cura trazó con la pluma de ganso el momento sacro de tus natales.

¡Canta, paisano, canta!

Canta y baila, pero no abuses. La saturación de fiestas puede convertirte en ser superficial y hedonista. Eres el cuenco del ayer, de la cultura que duele porque deja de serlo. Ábrete al mundo sin dejar de ser lo que fuiste y eres. No olvides que el que emula, estancado en la superficialidad de lo transitorio, termina nadando en el mar contaminado de excrecencias. Nunca nadie avanzó copiando a otro, sino forjando su personalidad, individual y colectiva

Tienes mucho para sentirte orgulloso, sano y sin falsas vanaglorias. Mira, los íconos abundan: Porras, Zárate, el Canajagua, Ofelia, Rufina, el Grito Santeño, la gastronomía aromática con su fonda, el Corpus Christi, vestidos y cantos, la casa de quincha y el machete curvo que un día forjó el herrero. Sabes a miel, guarapo, changa, café humeante, chicharrón, chicha de guate y concolón del fogón de la abuela.

¡Canta, paisano, canta!

Nada te hará tan libre como la semilla de la Juana Vernaza, la Modelo Presidente Porras y la Tomás Herrera. Lo que tenemos de redención ha venido por allí, por la ruta del Manuel María Tejada Roca y el José Daniel Crespo, el INA y el IAM, Rafael Moreno y Francisco Castillero Carrión, la cátedra universitaria y la sapiencia acumulada de los que nunca tuvieron escuela, pero heredaron la visión de la cultura occidental.

A veces me preocupas. Te veo enredado entre los avatares de la era moderna, dando tumbos por aquí y por allá. Asume tu proyecto de vida, individual y colectiva, porque el modelo no está afuera -no es exógeno-, asoma en la palma enhiesta, el regocijo taurino, la plaza que se hizo parque, la décima y la mejorana, el violín y el acordeón.

¡Canta, paisano, canta!

Ábrete al mundo y cuida lo tuyo, lo que heredaste. Siembra y cosecha, pero preserva el monte, los ríos y la fauna. No dejes que la cascocha, el azulejo y la prechiamarilla se conviertan en especies exóticas. El venado y la iguana, la ardilla y el conejo, el jaguar y el zorro sabanero son parte de tu vida, como el ganado vacuno y el caballo que relincha en el potrero. Con ellos has hecho la vida y a ellos también se la debes. Moras en la misma casa, son tu familia.

Fija el rumbo paisano, eres diamante aún sin pulir, conviértete en joyero de ti mismo. Un proyecto de vida es lo que necesitas, levantarte con él en la testa, para que otros no hagan de nosotros un calco alienante.

Ama tu tierra y defiéndala, recorre el mundo, pero regresa al nido, porque allí están las querencias, el mango maduro, el café caliente, el buñuelo, la tortilla y el queso blanco, los frijoles y el arroz, así como la casa de quincha que grita su soledad.

¡Canta, paisano, canta!

Esta es tu canción y esta es tu tonada, el alegre carnaval de tu cultura e historia. No eres nada sin él -canta, paisano, canta-, no dejes de cantar.

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22/mayo/2022

 

 

 


21 mayo 2022

EL PENINSULAR NEGRO COLONIAL

 



La presencia del negro colonial tiene no menos de 400 años en la zona peninsular y, aún hoy, mestizado, asoma en el rostro de las personas, música y danzas. Hablo del colonial y no del de ascendencia antillana que arriba a Panamá 300 años después del nuestro, procedente de algunas islas del Caribe, en donde ya residía por el mismo período de tiempo, lo que hace suponer que también vivía bajo el influjo del mestizaje colonial. Sin duda ha de ser así, porque ningún grupo puede vivir siglos desconectado de la cultura hegemónica. Siempre hay en la sociedad un reflujo, un ir y venir, no excento de préstamos culturales.
Lo anterior explica, en lo referente al peninsular negro colonial, el por qué éste ha sido asimilado a la orejana cultura azuerense y su visión de mundo occidental se corresponde con su experiencia histórica, al margen de que la negritud aflore en algunas expresiones culturales, como queda dicho.
Por ejemplo, en Azuero no hay rastro de un vestido que el negro colonial pueda reconocer como propio, porque se produjo una fusión con lo hispánico e indígena y en su estructura mental se percibe como otro campesino de la sabana peninsular. Algunos bailes son prueba fehaciente, tanto como los instrumentos de grupos musicales, los que forman parte de un componente integral y armónico.
De lo dicho se colige que el recordar la presencia del negro en la zona no puede mirarse bajo un mismo racero. La historia y la evolución cultural así lo demuestra, porque se puede hablar de un lejano ancestro común, pero no del mismo hombre cultural que evolucionó hacia otros estadios de desarrollo. Ni más ni menos que lo aconteció, también, con el campesino hispánico-indígena.
Así las cosas, enseñemos a las juventudes peninsulares la historia real, aquella de las cuales debemos sentirnos orgullosos -con herencia hispano-negro-indígena- y evitemos las celebraciones por las celebraciones mismas, reconociendo lo que verdaderamente somos: una nación multiétnica, la patria de Bayano, Urracá y Porras.
21/V/2022.

19 mayo 2022

NATÁ DE LOS CABALLEROS Y LA VILLA DE LOS SANTOS

 


El 20 de mayo de 1522 los conquistadores hispánicos fundan Natá de Los Caballeros, lo hacen tres años después de establecer, el 15 de agosto de 1519, Nuestra Señora de La Asunción de Panamá. Tres décadas mas adelante, hacia 1558, se registra la existencia de los reductos indígenas de Parita y Cubitá o Cubita, ambas en las márgenes de los respectivos ríos; En ese andar fundacional la Villa de Los Santos asoma su rostro casi medio siglo desde la fundación de Natá, suceso acaecido el 1 de noviembre de 1569. Es decir, 47 años luego de establecida la población que duerme a la vera del río Chico y 50 de creada Panamá La Vieja.

Natá forma parte de una visión hispánica que primero establece Portobelo y Nombre de Dios en el Atlántico y luego la ciudad de Panamá en el Pacífico, porque hay que conectar el océano Pacífico con el Atlántico y a este con los puertos de España. En este proyecto hispánico la ciudad coclesana no surge al azar y desempeña su rol de avituallamiento de la ciudad de Panamá y de punto de lanza de la conquista del oeste del Istmo. Las nuestras son tierras de sabanas fértiles que habitaron los indígenas, los que fueron diezmados para establecer una nueva organización de los espacios geográficos basado en el diseño de la ciudad europeo; con el famoso damero, tablero de ajedrez o hipodámico. Allí la plaza, el templo, la alcaldía y las diversas familias que ocupan el resto de los solares según su relevancia social, racial y económica.

La región que se ubica en la sección suroeste de Nata, es decir, los actuales asentamientos peninsulares deben mucho a Natá. Ese nexo está en los orígenes y conquista de la región, aunque Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinosa estuvieran antes recorriendo Herrera y Los Santos sin fundar ciudades. Los españoles radicados en Natá descubren nuestras sabanas y en ese proceder radica el origen del minifundio y, en general, toda la estructura agraria peninsular. También es cierto que la Villa de Los Santos desplaza a Nata, tan temprano como finales del siglo XVI y transcurso del XVII y se convierte en la sede del poder político, económico, social y religioso.

Sin embargo, Natá seguirá siendo relevante. El propio Grito Santeño (10 de noviembre de 1821) demuestra que esos nexos se mantuvieron, porque ambas poblaciones forman parte del eje agrario (Natá-Villa de Los Santos) que se antepone al transitismo (Nombre de Dios-Portobelo-Panamá), para reclamar en 1821 la cuota de poder económico y político a que tenían derecho.

La Villa y Nata son poblaciones coloniales que terminaron desplazadas por el mercantilismo de la zona de tránsito. Hoy, eso tienen en común, rememorar los lauros de antaño; situadas próximas a la costa, con ríos que han visto pasar el tiempo, acosadas por piratas de antaño y hogaño, burócratas y políticos con piel de lagarto. Están íngrimas, escuchando el golpe del badajo, que en la torre del templo llama a la oración mientras su eco sonoro se disipa en la llanería que alguna vez hollaron indígenas, españoles y negros coloniales. Quiero creer que habrán de redescubrir su fuerza, su mancomunidad histórica, aunque en 2022 ya hayan pasado 500 años de la fundación de Natá y 453 de la capital histórica de Azuero.

Medio milenio después, un campesino peninsular piensa en Natá, en el pueblo pletórico de historia. Y al hacerlo se siente parte de los natariegos, de sus alegrías al conmemorar la fundación de la villa en donde vivió Francisco Gómez Miró, ciudad añeja que tantos panameños ilustres ha aportado a la nación. Sí, Natá es nuestra hermana de lazos históricos, genealógicos, económicos, culturales y políticos; así ha de ser, porque mientras llegan tiempos de redención, comprendo que en el cumpleaños de un familiar siempre hay que estar presente.

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19/V/2022

 

 

                                                                                                                                                                        


17 mayo 2022

SOBRE CONMEMORACIONES Y GRUPOS CULTURALES

 

En el país hay tantas conmemoraciones que ya las mismas han perdido su fuerza original, si es que alguna vez la tuvieron. Los panameños celebramos casi todo, sin importar la relevancia del acontecimiento; lo experimentamos con las fiestas patrias, en el mes de…, en el día de…, y con los pretendidos festivales folklóricos, por ejemplo. Sí, con la churuca en la carreta, el festival de la concha de playa y tantas otras nimiedades que terminan en bailes y en libación de licores. Ya no sabemos lo que celebramos, solo que hay asueto, fiesta, y que en ella debemos lucir el vestido tradicional, la más de las veces adulterado y convertido en remedo de lo que fue vernáculo.

Lo que alguna vez los esposos Pérez y Zárate enarbolaron como la bandera de la identidad nacional, se ha convertido en jarana, en comparsas culturales en donde cada grupo se disputa su relevancia y pregona su pretendida originalidad sociocultural. Blancos y negros, amarillos y cobrizos están empeñados en desenterrar ancestros, en mostrar a los demás las llagas de su desgracia; como en un concurso para reclamar al que habitó primero las tierras istmeñas, olvidando que el hombre que mora en la Tierra es un ser híbrido, mestizo, simple terrícola lleno de humanidad.

Parece dolernos el ayer y nos invade la nostalgia sobre aquel ser que hace medio milenio alguna vez se fusionó en Panamá. Tratamos de sacar fuerza del color de la piel y hacer de la genealogía una búsqueda del mítico panameño. Y para ello concebimos la nación como un conjunto de grupos humanos adoloridos de su pasado, de la exclusión que alguna vez sufrieron, en una especie de grito desesperado para mostrar nuestra propia valía y reafirmar la autoestima.

Lo que hace setenta años atrás estudiaron los filósofos panameños, aún está vigente. En el fondo el interrogante, hoy como ayer, continúa sin contestar: ¿qué es ser panameño? Respuesta difícil en un espacio geográfico como el nuestro, en donde se acrisolan diversos tipos de culturas y el individuo nunca termina de concretizarse. Lo que nos define, al parecer, es la indefinición.

Debiera preocuparnos esta búsqueda incesante de la personalidad colectiva, en este archipiélago de islas inconexas; porque cada ínsula étnica anda en búsqueda de su Quijote. Preocupante aún más, porque la globalización arroja sobre la nación a otras culturas en un encuentro inevitable y fusionante. Al parecer no estamos valorando las implicaciones de estas celebraciones sobre el ser colectivo, el que no necesariamente tiene que ser homogéneo, pero tampoco tan marcadamente heterogéneo.

El abuso en la conmemoración del grupo cultural -porque no me defino como ser humano por lo que soy, sino por la diferencia que tengo con el otro- obstaculiza la socialización liberadora y nos conduce al lugar en donde nos encontramos; con la creación de leyes para cohesionar, mediante la norma, a la colectividad que de otro modo creemos disgregarse. Y hay en ello un gran riesgo político, social y cultural, el de anteponer al ser humano intereses fragmentarios, en donde cada abeja está pendiente de su celda y cree poseer la mejor miel. De cierta manera hay mucho de aldeano en este proceder -cuando exageramos -como en nuestro caso istmeño-, porque el homínido al recorrer el mundo, en su relación con el entorno y otros seres humanos, fue adquiriendo rasgos propios, pero no por ello dejó de ser el bípedo peludo, el humano en la plena acepción del vocablo.

En un planeta necesariamente interconectado el encuentro cultural genera reacciones de erizo, nos llenamos de espinas para colocar el anuncio de: “no pase perro bravo”, “usted no es mosca de este congo” Y uno comprende o pretende comprender estos fenómenos sociológicos en tiempos de mundialización, de seres íngrimos entre multitudes anónimas.

Lo preocupante, en esta fenética carrera por la valoración grupal, es la defensa del ser humano en cuanto tal, más allá de diferencias étnicas, biológicas o sociales. Tengo la impresión de que, en la fase evolutiva en la que nos encontramos, hemos perdido el enfoque integral, y al conmemorar múltiples eventos, ensalzamos las olas, pero olvidamos el mar.

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06 mayo 2022

HATO GANADERO, CULTURA Y AMBIENTE

 


El Instituto Nacional de Estadística y Censo confirma que la región de Azuero tenía, en el año 2018, un hato ganadero de 303,800 cabezas. De ellas, 87 mil 900 corresponden a la provincia de Herrera y 215 mil 900 a la provincia de Los Santos. Mientras tanto, en el 2019 moraban en la provincia de Los Santos un estimado de 95 mil 540 personas, teniendo la provincia de Herrera 118 mil 865 habitantes, lo que arroja un gran total regional de 214 mil 405 habitantes. De lo dicho se colige que en la región peninsular existe más ganado vacuno que habitantes, es decir, las vacas superan a las personas en 88 mil 975 rumiantes.

Las cifras son preocupantes, ya que al final de la década del noventa del siglo pasado, 1998, el hato ganadero regional era de 375 mil 100 reses. Sin embargo, lo que aquí importa destacar -antes que los motivos de ese descenso numérico- es el impacto que la ganadería tiene sobre el entorno ambiental de la zona. En el día de hoy la península ronda el 6% de bosques, porque lo demás ha sido fruto de la característica sabana de la zona y, además, consecuencia de la cultura depredadora del desmonte.

La ganadería en la península de Azuero es tan antigua como el inicio de la conquista de la tierra, que data del siglo XVI, cuando los españoles no solo introducen el ganado, sino que reproducen la cultura típica del sur de España, destructora y depredadora. Desde entonces la ecuación es sencilla, más ganado menos bosques, avance del frente ganadero y reducción de la floresta. Y menos bosques, de paso, significa destrucción de la fauna.

Desde el siglo XIX, con mayor énfasis, y aún antes, la creación del mercado en la zona de tránsito incrementó la demanda de ganado, así como el estímulo a algunos rubros de la tierra; entre los cuales está la siembra de caña, no sólo para la miel campesina, sino para la elaboración de alcoholes y la reducción de la capa boscosa.

En el siglo XX la ganadería y la siembra de caña de azúcar, así como los monocultivos de arroz y maíz, son factores que desplazan a la típica agricultura minifundista, la reducen a expresiones ínfimas, porque el ganado y demás rubros ocupan los espacios agrícolas, con cercados con púas que delimitan lo privado de lo público. Y no se trata aquí de plantear una visión mefistofélica, diabólica, del ganadero, sino que éste ha tenido que emprender su bregar sin políticas de Estado, insuficiente asesoría técnica y carencia de planificación del desarrollo. Así, en el siglo vigésimo, así como en el actual, se produjo lo inevitable, la destrucción del entorno ambiental en una región que vive de espaldas a la conservación de los ecosistemas.

El tema es complejo, porque en el mismo encontramos entrelazados aspectos internos y externos, estructurales y coyunturales. Como no puedo entrar, por economía de espacio, a analizarlos en su totalidad, abordaré someramente el de tipo cultural. En efecto, no hemos logrado percatarnos que la tala de bosques ha creado las condiciones para deforestar la cultura -si se me permite la expresión-, ya que el hombre típicamente agrícola, en parte responsable de la cultura campesina, de repente se ve expulsado de la zona y su estilo de vida lesionado en sus raíces campesinas, las que evolucionaron desde la colonia y en menos de una centuria han sido adulteradas. Desde entonces el folklore refleja la eterna nostalgia del ayer, congoja que sale a relucir en las décimas, poesías, novelas y demás expresiones culturales, vernaculares o de otra naturaleza.

En la época actual esta temática continúa casi incólume, con cambios de forma, más no de fondo. Y esta situación también es típica del resto de las provincias interioranas. Muy poco se plantea y poco se hace por parte de los grupos organizados, así como de los gobiernos de turno. Mientras tanto, vemos a la flora, fauna y expresiones culturales al borde de la destrucción, así como a una población que sufre, en su calidad de vida, las secuelas de una relación poco amigable con su entorno.

5/V/2022.