Su nombre científico es Crescentia cujete, pero
es más conocido como calabazo o totumo. Estamos ante un vocablo que retrotrae a
la vida campesina, al fruto de cáscara sólida que sirvió para elaborar útiles utensilios
en los campos peninsulares; cucharas, vasos y hasta soporte para decoraciones
de tipo artesanal. En otro momento fue brebaje campesino para calmar variados
males y hasta bebida para parturientes, sin olvidar su papel como laxante.
Siempre hubo, antaño, un árbol de calabazo
próximo a la casa. Y no fueron pocas las ocasiones en las que las gallinas durmieron
en sus ramas, luego de subirse por la escalera que a propósito era colocada por
el dueño de las gallináceas. Por eso el totumo es más que un árbol, forma parte
de la cultura nuestra; evoca el agua fresca de la tinaja, calmante de la sed en
la “totumá” de chicha, así como medida: “¿Cuántas son?, peguntó el abuelo. ”
Son tres totumás”, respondió la abuela.
Nadie que haya nacido en el campo puede pasar
indiferente ante el calabazo, porque solo de mirarle algo misterioso se
despierta en algún recodo del alma. Porque plantado allí en el patio, recuerda
a los progenitores y abuelos para quienes el calabazo fue un retazo de su vida
campesina.
¡Ah, el calabazo! Ícono cultural, emblema de
nuestra tierra interiorana.

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