sábado, 26 de julio de 2008

DE LA GUAJIRA AL CANAJAGUA

Hace poco viajé a la Ciudad de Las Tablas. De paso aproveché la ocasión para visitar a mi hermana Mirna. Ella al verme me dijo: “¿Sabes quién vino?, Andrés”. Decidí pasar a La Guaca, villorrio guarareño en donde nació mi madre. Mis tíos Andrés y Pacífico estaban a punto de salir de la casa de quincha. Entré al ánfora de recuerdos que representa la residencia de los abuelos. Conversamos, y como era de esperar, el tema recurrente lo representaron las vivencias de aquellas raíces familiares. Miré la añeja foto del casamiento de mi tía Tina, que pende de la pared, y recorrí la vieja cocina donde en tiempos idos mi abuelo Dolores mantenía la despensa y el clásico tanque de miel. Regresé a la sala y divisé el viejo baúl y la antigua maleta que aún duerme la siesta en la esquina de la sala, junto al viejo horcón. Pacífico la abrió y allí estaban, como reliquias del ayer, algunos vestidos de mis abuelos. Extrañamente, y luego de varias décadas, en el bolsillo del traje de la abuela Juliana yacía dormida una hoja de albahaca, de esas con la que ella gustaba perfumar sus atuendos. ¡Olor a albahaca!, pensé, cuántas cosas esconde ese perfume de planta silvestre domesticada por la mano generosa del hombre. Aroma del pretérito, alejado del perfume francés que pregona con su fragancia el exotismo cultural de países lejanos.
Ya en el auto, sentí que ese olor impregnaba mi entorno para que lograra comprender cómo la existencia colectiva de las sociedades puede engarzarse con otras culturas que parecen distantes. Pensé en Aracataca, la olvidada población del Departamento del Magdalena, próxima a la Sierra Nevada de Santa Marta; macizo que le separa de las tierras de la Península de la Guajira, allá en el Caribe colombiano.
García Márquez en Vivir para contarla -primer tomo de sus memorias-, no escatima imágenes para describir esa y otras regiones e introducirnos en ese mundo rural y mágico al mismo tiempo que nos hace participe, acá en nuestra istmeña Península de Azuero, de un escenario similar. Ese universo casi mítico de Riohacha, Valledupar, La Ciénaga y otros lugares que nosotros podríamos reemplazar por Guararé, La Villa, Tonosí, Las Minas, Chitré u Ocú.
No sólo se trata de Azuero (apellido colombiano que no ha tenido continuidad en los genes istmeños), sino de la ciudad bogotana que desde el altiplano de Cundinamarca le son indiferentes los pueblos del Caribe en donde creció el Nóbel de Literatura. De la misma manera, la zona de tránsito istmeña ha vivido mirando hacia afuera, muchas veces sorda al pálpito de la patria que late en la Península del Canajagua; que es como en propiedad deberíamos denominar al accidente geográfico que hemos llamado Azuero.
Leyendo el texto, en paralelo y sin quererlo, voy reconstruyendo la vida, glorias y triunfos de nuestro pueblo, que como en Aracataca, supo de la Guerra de Los Mil Días, la Tonosí Fruit Company, circos ocasionales y aguaceros interminables. Lluvia torrencial del mes de mayo y del octubre que pregona desde las charcas cercanas, con su concierto de sapos, el subdesarrollo del campo. Invierno antiguo que en mi infancia era imposible separarlo del capote y las botas de hule. Hay tanto en común, que no asombran las similitudes del calor insoportable de marzo o del protagonismo del acordeón y de los nombres de pueblos, que como en el caso de Ciénaga Larga, rememora ese otro villorrio colombiano (La Ciénaga) al que hemos hecho referencia. ¡Y que más da que digamos Escalona, Dorindo, Gelo o Francisco El Hombre!.

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