sábado, 9 de noviembre de 2013

SI VIERAS ESTO, RUFINA…

Foto: Antonio Pinzón-Del Castillo
Te busqué, Rufina, y no te encontré. Hurgué entre los amarillentos papeles del archivo parroquial de La Villa que amaste; más ahora comprendo que esas pesquisas no importan. Mito o leyenda, carne y hueso, todo da igual cuando se siente y defiende un proyecto de nación. Importa poco cuando lo que está en juego es la identidad de nuestra gente y el morar con dignidad en la Península con nombre de colombiano santanderista que los cachacos le endilgaron a la antigua y fenecida provincia decimonónica.
Debes saber que ya no somos los mismos, no sólo porque moramos en otra época y distintos son los escenarios, sino porque la secularización ha hecho mella en nuestra gente y la modernización trastocó lo que fuimos para vendernos la máscara de la alienación que corroe los cimientos del Canajagua y El Tijera. Sí, transformamos la genética bovina del bos taurus y hasta la giba del astado luce su ferrete de In Got We Trust. ¿Aún recuerdas la elegancia musical del violín? El noble instrumento casi sucumbe ante el empuje del acordeón; esos fuelles que han sembrado de jorones y jardines la geografía, mientras el gaznate se inflama del seco que transforma tus tierras en cañaverales olorosos a mosto y etanol; sin olvidar al maíz transgénico que sobrevive a hierbas,  pero pare  mutaciones al estilo de la alianza Melo/Monsanto.
Hay muchas cosas que contarte, ahora que el Siglo XXI nos llena de smartphone, Smart tv y tablet. Si vieras esto, Rufina.. Este nuevo mundo de ruralidad ligth. Todos vivimos la  apertura turística, minera, con profusión de mall, venta de tierras, borrachera de folclor adulterado; fenómenos que camuflan la cabanga que corroe el alma campesina, mientras la congoja muestra su faz, como antifaz de diablico en Corpus Chiristi santeño. En cambio, debajo de todo ello hay un orejano, un paisano que intuye que algo no anda bien en la tierra de Belisario y Ofelia. Míralo allí, en los festivales, tratando de llenar su propuesta existencial con carnavales, embriagado con falsas semanas del campesino y conmemorando efemérides intrascendentes.
Ya sabes que los tiempos no son iguales, ni tienen que serlo, pero la nuestra es una época de oropel, hedonismo y de la pose estudiada para disimular un cosmopolitismo vacío, hueco, vano. No hay que producir, el afán es ser licenciado, magister, doctor. Debes saber que para algunos lo campesino es un estigma, la cruz buchí que nadie quiere portar porque huele a albahaca y se aleja de los refinados olores de la perfumería francesa.
La verdad, Rufina, es que nos estamos volviendo un poco fenicios y en vano intentamos sepultar los valores que les dieron prez y gloria a los abuelos. Como si nuestra idiosincrasia fuera pecado y la casa de quincha una miserable propuesta arquitectónica de manutos.
Me duelen tus cosas, Rufina. A veces pareciera que araste en el mar, como Bolívar. Sin embargo, te pienso a la sombra de Cerro El Barco y miro en lontananza tratando de otear otros horizontes,  seguro de que el 10 de Noviembre no es un sueño ni una quimera. Y quiero ser y continuar teniendo la certeza de que el campesinado de Francisco Gutiérrez, Pedro Goytía Meléndez, Ofelia Hooper Polo, Belisario Porras Barahona, Zoraida Díaz y Manuel F. Zárate no tiene que sucumbir ante tanta iniquidad. Estoy convencido que en algún punto de la segunda mitad del Siglo XX perdimos el rumbo, nos ilusionamos con las gaseosas importadas, estigmatizamos las tiendas pueblerinas y hemos ido denigrando la fonda porque ya no resulta pretty, así como la gastronomía orejana retrocede ante el empuje de pizzas y hamburguesas.
Haz de saber que aún te rindo tributo, Rufa, porque en la fecha gloriosa agarro mi camisilla blanca y me voy a ver cómo se iza la bandera santeña, mientras la veleta de la iglesia santeña mira hacia otros rumbos, como si estuviera ahíta de escuchar tanto ruido y discurso banal; promesas que se han repetido por décadas sin el más mínimo ápice de vergüenza y deseos de cumplirlas. Ya sabes que ese día eres la reina, Rufina, sólo ese día. Reinado fugaz el tuyo, como si lucieras la diadema de otra intrascendente festividad istmeña.
Ya me lo confesaste y coincido contigo, no hay que desmayar. Algún día la Villa de Los Santos ha de ser auténtica tribuna de la nacionalidad y el 10 de Noviembre la fecha propicia para hablarle y rendirle cuentas a la nación, a esa patria que más allá de Morro de Puerco, Punta Mala y Divisa, aún espera que al grito libertario no se lo lleve el viento y termine corriendo la suerte del jupío campesino entre la hondonada de los cerros.

......mpr...

2 comentarios:

Nengue Tacho dijo...

Gracias Profesor, por esta entrada. Muchas gracias!!

Aida Batista dijo...

Gracias por mantener vivo ese sentido de identidad y pertenencia. Por evocar a Rufina con tanta elegancia y fineza. Por remover y agitar nuestra alma campesina y hacernos sentir orgullosas de haber nacido en esta tierra y ser descendientes de Rufina y Belisario.Esto nos hace renovar el compromiso de seguir resistiendo a los embates de quienes acosan e intentan desaparecer nuestra identidad. Y coincidimos: No hay que desmayar! Saludos