viernes, 30 de octubre de 2015

NOVIEMBRE EN LA RAZÓN Y EL SENTIMIENTO



1. PATRIA,  PAÍS, NACIÓN. Se ha repetido hasta el cansancio que “Noviembre es el mes de la patria”  y en no menos ocasiones los poetas y escritores nacionales han hecho del vocablo el objeto de sus poemas y ensayos. El diccionario de la Real Academia de la Lengua, esa que pregona que fija y da esplendor al idioma del Manco de Lepanto y Gabriel García Márquez, dice, cito: “Tierra natal o adoptiva, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. La misma casa de académicos de la lengua afirma que país proviene de un vocablo francés y equivale a “nación, región, provincia o territorio”. En cambio, la nación es, según ellos, “conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno” y en una segunda acepción sostiene que la nación es el “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”.
Patria, país, nación. He aquí  tres vocablos que parecen resumir, como en un canto sublime, la razón y el sentimiento del grupo humano que puebla un espacio geográfico. Si a tales vocablos le añadimos gobierno, entonces estamos ante la figura, relativamente moderna, que conocemos como Estado, porque al final éste último no es otra cosa que el poder hegemónico, la nación en términos políticos.
Sin embargo, la patria es mucho más.  No sólo es aquella a quien cantara el bate Ricardo Miró (“…la patria son los  viejos senderos retorcidos que el  pie, desde la infancia, sin tregua recorrió”), sino la misma que filósofos como Moisés Chong Marín, a través del poema de Miró, descubre para nosotros. Interesa, digo, no sólo quedarnos en la descripción gélida y formal del diccionario, sino avanzar hacia la visión sociológica que ella entraña, para que noviembre no siga siendo sólo repicar de tambores, eco de cornetas y discursos huecos durante el décimo primer mes del año.
2. NACIÓN Y DEMOCRACIA. Panamá es una nación multiétnica, porque aquí coexisten varias naciones en una sola; grupos heterogéneos que al darse un abrazo, unidos por el  Estado, dan cuerpo a eso que llamamos panameñidad. La tierra de los ngäbe-buglé, embera- wounan, afropanameños y orejanos de Azuero, entre otros. Todos somos Panamá, no sólo porque así lo pregonan los íconos más representativos (escudo, himno y bandera), sino porque contamos con una comunidad nacional cuya labor colectiva genera una riqueza que se estima en 46 mil millones de balboas anuales. Y conste que nada más somos 4 millones de personas ubicadas sobre una geografía que no llega a los 80 mil  kilómetros cuadrados. El mismo país en donde sólo el canal aporta al fisco una suma que supera los 1,000 millones de balboas anuales, sin contar las contribuciones del turismo y otros rubros nacionales.
Si la patria es sentimiento, también es razón. Y aquí como en otros temas, el éxito sólo se logra si la primera no someta a la segunda; porque cuando la patria es únicamente emoción, corremos el riesgo de caer en la pose sensiblera, mucho amor pero pocas luces. Por eso pregonamos la necesidad de un balance adecuado entre ambos. Sí, hay que amar a Panamá, pero también decirle al oído los proyectos que han quedado inconclusos y que necesitan ser enrumbados.
La nación de don Justo Arosemena y la del Dr. Belisario Porras Barahona Cavero De León, el nieto de Mime (Francisca De León Moscoso) necesita respirar nuevos aires, renovarse como la sierpe que se muda de piel cuando ya no la necesita. Hay que decirlo, la mayor tragedia del Istmo es haberse quedado sin proyecto de nación. En su andar como república hay quien habla de democracia política, olvidando que ésta no sólo es el ejercicio del voto, sino el árbol pródigo que debe distribuir entre sus hijos el fruto de su parición.
Que hay malos panameños, no lo dudo; que la mayoría se levanta con los rayos de la aurora para edificar la casa común, esa es otra verdad; la  que a veces se intenta ocultar bajo la vocinglería matutina de quienes, profesionales del doble discurso, dicen una cosa y hacen otra. Esos panameños, los menos, son la antipatria, el muladar de la nación. Pero en fin, no perdamos el tiempo ocupándome de ellos porque el progreso y la  esperanza nacional siempre brillarán; como el Lucero del Sur, que en nuestra tierra invariablemente asoma su rostro matutino sobre las feraces tierras de la austral Pedasí. Estoy convencido que la democracia, la libertad y la justicia son más que una entelequia, más que un escurridizo tipo ideal. Sin duda constituyen la saloma libertaria de la nación, el Panamá por construir y la chicha de junta de la decencia y la nobleza de espíritu.
3. LA NACIÓN DE LOS OREJANOS. Si la patria es de todos y para todos, como pregona el conocido axioma nacional, entonces los que habitamos la Península de Azuero tenemos derecho a mejor calidad de vida, porque de lo contrario, parece que alguien se está quedando con la tajada del desarrollo que nos corresponde.
Los peninsulares, aquellos que moramos en este cuadrilátero terrestre que se interna al Océano Pacífico, somos tan panameños como los demás. En la República de Panamá tenemos un espacio ganado a lo largo de quinientos años de construcción cultural y social.
Sin embargo, en la patria chica de 200 mil personas que habitan las provincias de  Herrera y Los Santos, hay algunas carencias que es preciso tener presentes. En efecto, desde el Siglo XX son notables los avances en educación, salud y vivienda, aunque no logramos perfeccionar nuestro desarrollo. Sí, hemos de amar la tierra natal de Francisco Gutiérrez, Rufina Alfaro, Pedro Goytía Meléndez, Belisario Porras Barahona, Bibiana Pérez, Manuel F. Zárate, Sergio González Ruiz, Zoraida Díaz Chamizo, Francisco Samaniego y Ofelia Hooper Polo.
Pero como acontece con la república, ese sentimiento por la tierra raizal tiene que conducirnos a cantar nuestros lauros de gloria e introducirnos en los fastos de zona istmeña que reconoce sus carencias. En efecto, preocupa en estos lares el incremento de la depredación ambiental y cultural que vivimos. Dimos un salto cualitativo durante el Siglo XX, centuria cuando la apertura regional se hizo más evidente, pero sin planificación alguna. Y al hacernos más ciudadanos del mundo descuidamos la herencia histórica y cultural de nuestros ancestros, porque nos deslumbró el brillo efímero de la modernidad. Deseosos de vivir otros mundos, algunos confundieron el perfume francés con el aroma de la flor de cabanga. Ese es un lastre que arrastramos durante el Siglo XXI y que se ha traducido en la mercantilización de nuestras expresiones más vernáculas. El folclor adulterado se ha convertido en una máquina para hacer dinero, esa es una de nuestras trgedias contemporáneas.
La otra destrucción que corroe la zona la constituye la depredación ambiental que ha reducido los bosques peninsulares al 6% del territorio. Flora y fauna que languidecen mientras los manglares desaparecen, la minería depredadora muestra sus colmillos y los ríos se convierten en cloacas inmundas.
4. NOVIEMBRE. Los tiempos cambian y deseamos para la patria de Buenaventura Correoso una nueva manera de hacer las cosas, un país dichoso e inspirado en la magia que se respira en la región azuerense durante el décimo primer mes del año. Hablo del encanto peninsular que representa la profusión de campanillas veraneras, madroños blancos y guayacanes de amarillo intenso, como si Natura fuera toda ella el espino amarillo de la fraternidad. Amemos la savia vivificadora de la patria con esos vientos alisios que pregonan el estío y anuncian que el Redentor nacerá otra vez en el pesebre. Henchido de la magia novembrina, así debiera avizorar el panameño el mundo para sí y para los demás, porque los istmeños creemos en la comunión de los espíritus, el respeto por el entorno y la calidad de vida para cada uno de sus hijos.
Si noviembre nos ha de ser útil, es para pensar la patria, para que el accionar de quienes transitan los senderos de la vida no traicione el legado de los que yacen en los camposantos. De Punta Burica, en Chiriquí,  a Palo de Las Letras, en Darién; y de la costa atlántica a la pacífica, urge creer en la panameñidad, tener fe en nuestras potencialidades como nación, en suma, fortalecer nuestra autoestima colectiva.
Emulemos a la pareja de campesinos interioranos que se levantan temprano, mucho antes de que nazca el sol, porque comprenden que laborando es como se construye la nación. No hay pose estudiada en ellos, ni hacen gala de símbolos de estatus porque reconocen su propia valía de orejanos por los campos de la patria. Menos teoría y más práctica. Allí está la verdadera visión de patria, la argamasa histórica y cultural con la se construye la nación. Y eso es precisamente lo que conmemoramos en noviembre: el triunfo de la fortaleza, el legado de los ancestros y la certeza de que los panameños viviremos por siempre mientras comprendamos que la patria no se puede amar de mentiras y que ella reclama de nosotros el mejor de nuestros esfuerzos individuales y colectivos.

......mpr...

Disertación en el Ministerio Púbico de Las Tablas, 30 de octubre de 2015.