lunes, 8 de julio de 2019

AMELIA DENIS DURÁN Y SU NOCHE DE BODAS


El doctor Antonio Cacua Prada, acucioso investigador colombiano, es, sin duda, el mejor biógrafo de Amelia Denis Durán, la célebre poetisa nacida en la ciudad de Panamá el 1 de mayo de 1836 y fallecida en Managua, Nicaragua, el 16 de julio de 1911. A la compatriota la conocemos más por el celebérrimo canto “Al cerro Ancón”, poema que redactara la istmeña en León, Nicaragua, en el año 1905, cuando en su calendario se habían acumulado 69 años.
Del ilustre hombre de letras sureño ya había leído su texto “Amelia Denis Primera Poetisa Panameña, La Voz del Amor, la Libertad y la Protesta”, publicado en Bogotá en el año 2014, aporte que constituye la más completa investigación sobre nuestra laureada poetisa nacional. Pues bien, el académico me remite por intermedio de nuestro común amigo, el doctor Julio Suárez Matiz, quien hace décadas ha sentado reales en la ciudad de Chitré, la última de las publicaciones en la que rescata otro notable aporte de la istmeña en mención. El libro luce en la portada una acuarela en tono rosáceo con la estampa de doña Amelia en la plenitud de su fructífera vida.
Lo tomo en mis manos y reviso su nombre: MI NOCHE DE BODAS. Carta de una joven esposa a su amiga Leonor. Y no puede imaginar el lector lo que encontrará luego de leer las reflexiones del propio Cacua Prada, de Carlos Arboleda González (Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua) así como de Margarita Vásquez Quirós, en su momento directora de la Academia Panameña de La Lengua.
Debo confesar que la lectura me impactó, no sólo por lo sugestivo del título, sino por el hermoso abordaje del erotismo que acomete doña Amelia. El escrito data probablemente de 1854, redactado a los 18 años, cuando contrae nupcias con el panameño José Antonio Ramírez, su primer esposo. La inspiración surge a pedido de su amiga Leonor, lo que explica la naturaleza del subtítulo.
Encontramos en las estrofas a una Amelia Denis Durán que no conocíamos ni imaginábamos. Hay ternura, belleza, fogosidad y realismo en las descripciones sobre su primera experiencia en el tálamo nupcial. El manejo del idioma es impecable con estrofas pletóricas de imágenes sensoriales que hacen más vívido el instante en que se entrega a su amado. Y no hay vulgaridad en ellas, ni lascivia burda, sino una espiritualidad que ennoblece al más antiguo de los abrazos y al más noble de los sentimientos humanos: el amor.
Al terminar la lectura he valorado a la extraordinaria fémina que en ese poema presagia lo que habría de ser en las décadas siguientes; alguien capaz de vibrar con las cosas de la tierra, un espíritu que ya a mediados del siglo XIX arremete contra la mojigatería reinante y es capaz de escribir semejante canto al amor y al derecho de la mujer a ser ella misma; rescatando, valorando y cantando el goce pleno de su feminidad.
El doctor Antonio Cacua Prada y sus amigos colombianos nos obsequian otra faceta de Amelia Denis de Icaza; porque aquella mujer que es capaz de cantar al caracol, a la luminosidad de Bolívar, la que se acongoja al mirar al prisionero
Cerro Ancón, la mujer de las Hojas Secas, en fin, la panameña que en América se constituye en pionera de la poesía de protesta, también tenemos que reconocerle como ejemplo latinoamericano de la poesía que supera – y nada menos que a mediados del siglo XIX- al puritanismo que aún quiere ocultar con hojas de parra lo hermoso de nuestra sexualidad.
……mpr…


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