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31 agosto 2022

LOS FALCÓN, EL MANGOTE Y EL PUENTE DE PORRAS

 



1. La carretera Dr. Belisario Porras, mejor conocida como Divisa - Las Tablas, tiene una historia poco analizada. Y menos conocemos aún sobre los caminos por donde transitaron, en la Colonia, los habitantes del actual Azuero. En realidad, las vías de comunicación modernas comenzaron al inicio del siglo XX, porque hasta tales calendas no hubo grandes avances y la conexión con la ciudad de Panamá se realizaba por veleros y, luego, por motoveleros.

Todo cambió con la administración del Caudillo Tableño, porque al inicio de los años veinte la carretera porrista rompe con el asilamiento de siglos. A propósito, en la región aún quedan algunos monolitos a la vera de los caminos, los que son testigos de aquellos primeros momentos, fecha cuando el olor a gasolina y el ruido de máquinas despertó del letargo a la rural y tradicional sociedad peninsular.

 

2. Hace algunos años, en plena realización del Festival Nacional de La Mejorana, conversaba con el doctor Carlos Falcón Bustamante, aprovechando esas pausas que permite el evento folklórico. Porque entre tambor y tambor, el baile de la reina y las delegaciones, el tópico giró sobre la carretera que construyó Porras y sobre lo que quedaba de ella. Entonces, el amigo Caito, que tal es el mote del profesional de la veterinaria, me indicó que próximo a los terrenos que la familia posee en el sector de El Cruce a Sabanagrande, todavía existe un puente de la administración del Hombre de Levita, por lo que quedamos en visitarlo. Sin embargo, debido a la pandemia y otros eventos, la excursión se pospuso hasta que un buen día, casi sin quererlo, la hicimos posible.

 

3. Y llegó el día, fue un domingo mientras desayunábamos en el restaurante que está próximo a la entrada de Guararé. Una vez terminado el ágape matutino, decidimos tomar la ruta hacia el lugar en donde yace el indicado puente de la administración Porras. Atravesamos el río Guararé y recorrimos el área de Ciénaga Larga, comunidad que debe su nombre al fangal que existía antes de la construcción de la carretera. A poco rato arribamos a las proximidades del Cruce a Sabanagrande, en la zona guarareña en donde antaño existían sitios con denominaciones cuasi mágicas: El Tiesto del Botijo, El Pavital, La Calzada, El Mangote, El Azulillo, El Espavé Mocho, La Paloma y hasta el camino antiguo de El Volador e incluso topónimos tan cargados de leyendas como cerro El Macho.

Arribamos al sitio entrando por un callejón algo lodoso, en donde, de un lado, existen potreros y huertas pletóricas de cocoteros, algunos árboles y otras plantaciones. Del otro sector, aparece una arboleda casi virgen, con árboles y lianas que compiten en la búsqueda de la luz, mientras una pequeña quebrada discurre por el acuoso sendero. No hay dudas de que la naturaleza se tomó la carretera vieja, en este pequeño vergel que se constituye en muestrario de la vegetación de antaño.

Oculto en el paraje bucólico está la edificación porrista. Al mirar con más detenimiento, el observador se percata, debido a la disposición de las cercas, que sigue trazada la ruta carretera de los años veinte del siglo pasado. El pontón está en perfectas condiciones, con dimensiones aproximadas de cuatro metros de ancho por igual medida de largo, solo carece de la placa que señalaba la autoría de la Junta Central de Camino. Por lo demás, es de construcción sólida, con bases edificadas para la posteridad, tal vez construido en el año 1923, como lo atestiguan los hitos que aún existen en otros lugares.

Debajo del puente transcurre la quebrada y sobre este ha crecido la  vegetación, en especial de musgos y líquenes. En la soledad de ese paraje maravilloso, el escenario que ha guardado la naturaleza muestra la riqueza arbórea que antaño tenía la costa peninsular.

 

4. El puente porrista, aún intacto, tiene un gran valor, no sólo histórico, sino ambiental y turístico. El entorno en que se encuentra debería ser preservado, al igual que rescatar el espacio que ocupaba la carretera de los años veinte; porque en otros lugares, en donde he visto tales construcciones, el entorno ha sido deforestado, como en el caso de los puentecitos que existen en la vía al puerto de Mensabé.

En este paraje estamos ante la posibilidad real de realizar excursiones, tanto de estudiantes como de turistas propiamente dichos, los que podrían estudiar y observar in situ lo que fue la carretera porrista. Además, con el añadido de apreciar la vegetación de la zona y tomar conciencia de la vieja ruta carretera que no necesariamente coincide con la actual. Sitio ideal para hacer docencia sobre la trascendencia de la administración del doctor Belisario Porras Barahona.

La naturaleza nos ha hecho el gran favor de ocultar el puente de la cultura destructora que existe en el país; y el próximo año se cumplirá el primer centenario de estar allí, construido gracias a la visión progresista de un verdadero estadista de tuerca y tornillo.

Y nunca faltan panameños que comprenden lo que tienen y ven, como los hermanos: Manuel, Carlos Javier y Omar Ernesto Falcón Bustamante, gracias a los cuales he tenido el privilegio de visitar un lugar de tanta relevancia para los istmeños, allí en el sitio de El Mangote, en donde se respira y flotan efluvios de panameñidad.

31/VIII/2022

…….mpr…

 

 

 

19 agosto 2022

TRAGEDIA AMBIENTAL EN CERRO QUEMA

 

Con una altitud que ronda los 959 metros sobre el nivel del mar, el promontorio de cerro Quema está próximo a cerro Canajagua, que se eleva a 830 metros. Es decir, el primero tiene 129 metros más que el segundo y ambos ocupan una posición casi central en la península de Azuero. Los mineros ven en cerro Quema oro, cobre y otros metales, mientras que para quienes habitan la zona son símbolos de identidad cultural, emblemas tectónicos del santeñismo. Están allí desde el inicio de la era Cenozoica, en la sierra del Canajagua, hace 60 millones de años, aproximadamente. Ante cerro Quema hay dos miradas distintas, una centrada en las moneditas de oro y, la otra, ligada a la cultura mestiza de más de medio milenio de existencia. El cerro se siente distinto, dependiendo de si le miramos desde la cartera o el corazón.

Los santeños han venido demostrando las inconveniencias del proyecto minero de cerro Quemo. Y en ese andar llevan más de dos décadas de denuncias y luchas; mientras los gobiernos miran hacia otro lado y parecen agentes de la empresa minera, antes que defensores del ambiente y la calidad de vida del azuerense. En esa veintena de años el proyecto ha pasado de unas manos a otras, aunque el dinero sigue fluyendo para quienes se benefician de los derechos de exploración y explotación, no importa el nombre que tenga el proyecto, porque así es de leonina la legislación minera nacional, la que hace posible semejante atraco al erario nacional.

El estudio de la región demuestra el estado calamitoso de la ecología regional, situación que clama por medidas y políticas de Estado para contener la destrucción de los bosques, la fauna, la contaminación de los ríos y el creciente exterminio de los productos marinos. Sin embargo, la empresa y el gobierno hablan de protección a la inversión extranjera, la generación de empleo y otras argucias semánticas, como en el caso del llamado desarrollo sostenible.

Por donde se analice el proyecto minero resulta insostenible. Ya sea en el orden económico, ambiental o político, construir la mina a cielo abierto es un despropósito en una zona con los problemas ambientales que ya padece. Devengar un 2% de la ganancia bruta es un atraco al fisco, en un país cuya fortaleza no radica en los minerales, sino en su posición geográfica, la biodiversidad, el comercio y el estímulo al mejor activo que tiene la nación: su gente.

En otro momento he sostenido que la explotación de la mina de cerro Quema es una puñalada trapera al corazón de la península de Azuero. Es un acto ruin y deleznable para una sociedad que no merece, de parte de la empresa y del gobierno, un proceder tan sádico. Así lo afirmo, porque no existe desconocimiento de los graves problemas ambientales de la región, y aún así se insiste en la minería, para instalar la cloaca ambiental en el área en donde nacen los principales ríos, corrientes fluviales de las que depende la economía y la vida de la región.

La empresa intenta acallar las conciencias acercándose a los políticos, regalando migajas (pomposamente llamadas regalías); obsequiando a hospitales, deportistas y otros grupos sociales cuyas necesidades les doblega y les hace extender la mano pedigüeña, bajando la cabeza como el mendigo ante su obsequioso donador. Y el engaño es tan deleznable, como para ocultar a la población que tales regalos salen de la misma mina que le pertenece a los istmeños. Los dueños -que no saben que lo son- les agradecen a los que se apropian del mineral con el que pagan las “donaciones” que entregan a los incautos.

El hermoso cerro Quema, emblema peninsular, está en la mira de los mineros, la angurria y la miseria humana. Transitando en la carretera hacia Tonosí, le miro y pienso en la tragedia que representa, porque no se trata sólo de detener la depredadora y desalmada minería, sino de las secuelas para la sociedad, la cultura, el ambiente y el futuro de la región. De la empresa y el gobierno no espero nada, mucho del hombre peninsular, de su altivez, orgullo y decencia ciudadana.

18/VIII/2022