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02 junio 2024

“O QUIZÁS SIMPLEMENTE…”

 

Cumplo años y me abraza la nostalgia, y no estoy triste, sino con el pecho abierto a las vibraciones del mundo, que es diferente, porque la cabanga siempre tiene un sabor agridulce, aunque no sea un postre, sino un sentimiento. Y, en verdad, me tomó desprevenido el que alguien me remitiera la canción de Leonardo Favio: “O quizás simplemente le regale una rosa”. Esa melodía que es todo sentimiento humano del amor en pareja, de la ternura cuando ella viene envuelta en la fragancia de juventud, la época en la que nos enamoramos no de otro, sino del amor.

Miro hacia atrás y puedo decir con Neruda: “Dónde estará la Guillermina”. Porque siempre hay algo en el pasado que brota como rosa del rosal, como chorro del manantial de los recuerdos. Muy humano todo ello, sin duda, porque la vida no es perfecta ni el amor se goza a plenitud, tan escurridizo como el éxito de alguien a quien la experiencia ha marcado surcos.

Confieso, igual que el vate chileno, que he vivido y también he sido afortunado. En el balance de mi biografía terrenal hay pocos sinsabores, acaso porque he admirado las piñuelas y me he apartado de las punzantes espinas. Aprendí a ver el piñolar y a centrarme en los conejos que dormitan en él o a saborear los brotes, los tiernos e inofensivos retoños que no son culpables de que en su adultez le crezcan aguijones.

Yo nací en una aldea marinera, muy cerca del mar, con ese Pacífico que incita a soñar, mientras se camina por la arena con la vista puesta en el horizonte y con la certeza de que más allá hay algo, que es necesario explorar el mundo para vivir, así como para apreciar las almejas y los nerviosos cangrejos que corren presurosos a ocultarse en sus madrigueras marinas, cuando la ola amenaza con borrarlos de la arena.

Por eso soy mar y tierra. Tengo alma de campesino que ha visto florecer el maizal, que disfruta el canto de los pájaros y el olor a marismas, a cosa marina, a destajo con blanca sal. En mi infancia vi los corrales de piedras que construyeron los indígenas para capturar peces. Y al deambular sobre la arena iba pensando en ellos, mientras me distraían los pescadores bellavisteños y eneeños, que con sus cercas alambradas perseguían el mismo propósito del hombre precolombino.

Yo no me quejo, no está en mi forma de vida el ser quejumbroso. Comprendo que nací, como montado a caballo, en una época cuando moría la sociedad tradicional y se asomaba la modernidad, con su olor a gasolina y las gaseosas que reemplazan las chichas por otros contenidos calóricos.

Me agrada sentirme ciudadano de la cultura occidental, así como estoy satisfecho con mi mestizaje. Disfruto el ser soñador y admirar a Porras y Zárate, Ofelia y Bibiana. Nada perturba mi espíritu e impide que justiprecie la cultura en donde nací. Sin ser regionalista, siento vibrar la zona desde la cumbre del Canajagua, así como la tierra peninsular y nuestras tradiciones de antaño. Nada disfruto tanto como el Festival de La Mejorana, esa cita con lo que somos, mientras la Virgen de Las Mercedes bendice al gentío que se arremolina en el ágora del pueblo guarareño, la antigua plaza en la que se posa el Parque Bibiana Pérez.

Pasó el tiempo y miro hacia atrás, hacia esa época que ahora me parece mítica, de donde emergen las figuras de Mercedes y Alejando, en la vieja tienda de Bella Vista. Y están allí Chía y Tite, Rosario y Ezequiel que conversan sentados en las bancas del local comercial sobre tópicos de la vida. Junto a ellos, y más tarde, un muchacho osará viajar a la tierra de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Antonio y Manuel Machado, para descubrir, al retornar,  que nada será igual.

Mire usted lo que provoca mi cumpleaños, lo que despierta en el alma dormida la añeja canción de mis tiempos juveniles. Y digo para mis adentros, emulando al cantante argentino: “O quizás simplemente me regale una rosa”.

…….mpr…

9/V/2024

 

 

 

 

 

 

 

 


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