01 noviembre 2021

CAVILACIONES SOBRE EL BICENTENARIO

Doscientos años han transcurrido desde que Panamá, el 10 y 28 de noviembre de 1821, decidió emprender el camino republicano. Desde entonces la nación ha venido perfeccionado su sistema democrático, unas veces con aciertos, en otras con retroceso y en variadas ocasiones con estancamientos incomprensibles y dignos de estudio de quienes hacen de nuestra hamaca ístmica el objeto de investigación.

La actual coyuntura no es época para reproches, pero tampoco para loas de quienes miran en nuestro acontecer un remanso de aguas mansas y nunca turbias. Dos siglos no son poca cosa y no deberían pasar solo como fiesta de cornetas y tambores, reinados y voladores o de discursos elaborados para salir del paso.

Lo cierto es que sabemos poco de la tierra de Justo Arosemena Quesada, Belisario Porras Barahona, Ofelia Hooper Polo y tantos otros personajes que integran la pléyade de la nacionalidad. Prohombres istmeños que muchas veces parecen sombras al lado de boxeadores y cantantes, dicho sin ánimo de demeritar glorias ajenas.

A lo mejor deberíamos comenzar con ser respetuosos de la efeméride que conmemoramos, el Bicentenario de la Independencia de Panamá de España, porque debemos confesar que no siempre la hemos pensado en sus causas reales y muchas veces  nos contentamos con celebrar los gritos independentistas como salomas aisladas, como eventos que se reducen a la exaltación de los próceres, como si ellos en una buena mañana, al mirar por la ventana, hubiesen tenido la iniciativa de aspirar a ser libres e incluso como seres que henchidos de patriotismo decidieron, como afirma la cansona cantaleta, “romper con el yugo español”.

Nuestro proceso independentista es más complejo de lo que parece, al reunir en el tiempo histórico la confluencia de factores exógenos y endógenos sin los cuales la separación de Panamá de España queda narrada, más como una novela, que lo que realmente representa. Debemos comprender que lo acaecido en Panamá es el fruto de acontecimientos como la Revolución Francesa de 1789, la invasión napoleónica de 1808, la decadencia del imperio español, el ascenso vertiginoso del imperio inglés, la lucha española por recobrar la soberanía mancillada por el corso francés, la vergüenza ibérica de la batalla de Trafalgar, la constitución gaditana de 1812, para mencionar algunos sucesos que acaecen en la Europa de los siglos XVIII y XIX.

Por su parte, en tierra americana, resulta imprescindible recordar la revolución estadounidense de 1776, las luchas libertarias de Simón Bolívar, la presencia inglesa en Jamaica y otras zonas del Caribe, las disputa por el comercio en los puertos del Pacífico y Atlántico, sin olvidar el influjo de la independencia de Haití, hecho acaecido en 1804.

La visión romántica de que Panamá logra su independencia por el proceder de un grupo de patriotas es parcialmente cierta, si es que de verdad podemos hablar de la existencia de verdades a medias. Nadie niega el valor y la entereza de carácter de los personajes proceros; lo que debemos rescatar es el contexto socioeconómico y político en que acaece, las causas estructurales que le condicionan y que lo hicieron posible.

En efecto, la historia demuestra que Panamá siempre estuvo globalizada, acaso el país más globalizado de América Latina, porque siempre vivimos como paso de riquezas y como juguetes de imperios deseosos de controlar nuestra cintura ístmica, como si fuéramos la señorita hermosa cuyo talle es apetecido por varones de mirada lasciva. El vaivén de ese rol es capital para valorar los sucesos del 10 y 28 de noviembre de 1821, porque el Istmo venía de una prosperidad comercial con Inglaterra, por la vía de Jamaica, que trunca la riqueza comercial debido a la disputa de los procesos de independencia bolivarianos que obstaculiza la fluidez comercial, sumados a los conflictos bélicos de España.

Debemos tener presente que Panamá siempre fue realista, devota del rey y su monarquía. Nosotros éramos una de las joyas de la corona española en América, la ruta del oro y la plata, la zona por la que atravesaba la riqueza aurífera que iba a llenar los baúles del imperio. Por ese motivo la independencia panameña es tardía con respecto a otros países latinoamericanos; como en los casos de Ecuador (1809), México (1810), Colombia (1810), Venezuela (1811) y Chile (1818). Desde este punto de vista se comprende que fuera temerario proclamar la emancipación en el país que era paso de tropas realistas, visitado por virreyes y con la existencia de una clase dominante que vivía del tránsito de mercancías. Nación que también dependía del situado que aportaba la corona española para subsidiar el pago a militares y grupos burocráticos, subsidio económico que también se esfumó.

El año 1821 es la época cuando se acumulan todo este malestar colectivo, que no solo afectaba a la oligarquía transitista, sino al mismo pueblo que veía mermado sus ingresos y que, para colmo de males, era víctima de la leva; es decir, los ciudadanos eran obligados a participar en la guerra de independencia. Contribución que no solo se daba en hombres, como queda dicho, sino en metálico, porque la nación se veía obligada a respaldar a la Corona española en sus gastos bélicos. Y, además de todo ello, los militares españoles y nativos no recibían la paga por sus servicios profesionales.

Así las cosas, no debe extrañarnos el Grito de Independencia de la Villa de Los Santos del 10 de noviembre de 1821, en una zona que dependía económicamente del suministro de vituallas que ella dispensaba a la zona de tránsito y cuyo modelo social se sustentaba en la ruralidad, en actividades agropecuarias que vivían su peor momento, sujetos al esquilmar y atropello de los españoles. Como bien señala el acta independentista santeña, “…atentando cada español, por ridículo que sea, principalmente si tiene mando y es militar, hasta con lo más sagrado, que se halla en todo ciudadano que es un individuo…”

Lo anterior implica que tenemos que hacer posible la revisión de la historia que hasta ahora nos han contado. Y, a propósito del Grito Santeño, conviene aclarar el aporte de una mujer istmeña, me refiero a Rufina Alfaro, porque la verdad histórica debe resplandecer y debemos separar la verdad fáctica de las leyendas y mitos. Hay que decir que Rufina no es un personaje histórico, como si lo fueron el coronel Segundo de Villarreal, Francisco Gómez Miró, Julián Chávez y el sacerdote José María Correoso y Catalán, entre otros, incluyendo el resto de los firmantes del acta de independencia de la Villa de Los Santos. Lo afirmo porque en el imaginario popular la fémina santeña ha cobrado un protagonismo que obnubila la visión de lo que realmente aconteció en la Ciudad Heroica, al punto que opaca el aporte de los verdaderos protagonistas.

De lo dicho se colige que Rufina Alfaro es el personaje predilecto del pueblo panameño, nadie lo duda. Y se comprende, porque la leyenda es atractiva, sugerente y hace de ella una figura novelesca y fácil de asimilar, muy lejos de las razones estructurales que arriba he señalado, tan alejadas del ajetreo diario del istmeño. Sin embargo, a la hora de estudiar a La Heroína debemos hacerlo responsablemente, porque no se trata de destruir la leyenda, de erradicarla, cual si se tratase de mala hierba del jardín de la historia. Rufina es una figura ligada al 10 de noviembre, gústenos o no, tan real en la conciencia de la gente como para generar conflictos interpersonales y regionales. Lo que se impone es comenzar a mirarla como lo que es, la representación de la libertad, la leyenda que la gente conoce e idolatra, el emblema de una efeméride interiorana. Pienso que en esa dirección debe caminar la comprensión de los sucesos, separando lo mítico de lo real. Porque también hay que decir en defensa de ella, que muy pocas figuras nacionales han aportado tanto al concepto de patria como la figura de esa supuesta campesina nacida en La Peña, mito, leyenda o realidad.

Pecaríamos de ingenuo y de faltos de visión, si en este bicentenario, nos quedáramos solo en el relato histórico, en el recuento de lo acontecido, importante, sin duda, pero insuficiente para conmemorar la fecha. Ahora corresponde reflexionar, cogitar sobre lo que ha quedado en Panamá luego de dos siglos de la independencia de Panamá de España. ¿Qué se hicieron, por ejemplo, las promesas de libertad, igualdad y fraternidad que fueron la base ideológica del liberalismo del siglo XIX? Esas ideas propias del Iluminismo europeo y que se convirtieron en la argamasa ideológica de las repúblicas americanas.

Mirando en retrospectiva faltaríamos a la verdad si planteáramos que no hemos avanzado en dos siglos de existencia. Lo que tampoco puede negarse es que ha sido insuficiente, que pudimos existir con mayor calidad de vida, con menos inequidad y mayor justicia social. En especial, en una república rica, con gentes pobres que es Panamá. Luego de doscientos años quedan pendientes muchos retos, cambios profundos casi en todos los órdenes de la vida social, que los panameños, sin excepción, debemos asumir con entusiasmo y responsabilidad ciudadana.

El bicentenario tiene que trascender su conmemoración histórica, debemos mirar al pasado, pero con los ideales puestos en el presente y en el futuro. Se lo debemos a mucha gente, a los que hicieron posible el 10 y 28 de noviembre de 1821, pero también a los continuadores de ese legado. A un Justo Arosemena Quesada, figura cumbre del siglo XIX, a Belisario Porras Barahona estadista por antonomasia, a Octavio Méndez Pereira, forjador de Juventudes, a Ofelia Hooper Polo, nacida en Las Minas de Herrera y artífice del cooperativismo regional. Sin olvidar a Manuel de Las Mercedes Zárate y a Dora Pérez de Zárate, sin desconocer a personajes populares como La Reina María, Ñiqui Ñaque, la Chigarra y Claudinita, los que a su manera también encarnan el rostro de la patria adolorida.

El Panamá del bicentenario debe aspirar a ser más incluyente, en un país que no solo debe vivir de redes sociales, teléfonos inteligentes, ordenadores, poses de artistas de cine y fiestas en demasía. A mí, en lo personal, en esta hora me duele la región, la nación de Francisco Gutiérrez, Segundo de Villareal, Pedro Goitía Meléndez, Francisco Samaniego, Porras y Zárate, la que sabe a changa, chicha de nance y buñuelos de maíz nuevo.

Nada sería tan importante como el volver sobre nuestras raíces, sin desconocer los avances modernos, lograr el rescate de nuestra música, que se ha vuelto vulgar y ramplona, como si fuéramos, al decir de El Hombre de La Levita, “individuos de meollo endurecido”.

En esta hora de la patria, en la que nos encontramos en la encrucijada de los caminos, conmemoremos la efeméride recordando el ayer, analizando el presente y actuando en pro de la nación que nos legaron los antepasados.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 21 de octubre de 2021. Leído el 1 de noviembre de 2021 en la sede herrerana del Ministerio Público.


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