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12 diciembre 2023

EL CENTENARIO DE ENEIDA CEDEÑO

 

La voz de Eneida Cedeño (1923-2006), la recordada Morenita de Purio, marcó la historia musical de Panamá. Nacida el 13 de diciembre de 1923, vivió sus primeros años en Purio, comunidad de la austral y santeña población de Pedasí. Ella fue otra campesina que tuvo el coraje de asumir como propia una profesión que no era bien valorada por aquellas calendas. Porque al decir de los comprovincianos, no estaba bien que una mujer estuviera cantando en conjuntos musicales por diversos pueblos.

Sin embargo, la visión de Eneida era otra, porque desde siempre sintió el llamado de Euterpe, la diosa de la música que le traía en los vientos alisios los sonidos lejanos de un mundo por explorar. Y el llamado parece que era cuestión de familia, porque en esa misma aldea habitaba un familiar que haría historia: Francisco “Chico Purio” Ramírez.

Las condiciones sociales y culturales estaban dadas para que descollara una personalidad como la de ella. El violín estaba en su mejor época y el acordeón se abría paso con fuerza y terminaría dejando en segundo plano al primero de los instrumentos. Todo haría eclosión en la década del cuarenta, porque por esos años se abren paso figuras como Abraham Vergara, José de La Rosa Cedeño, Clímaco Batista, Artemio Córdoba y otros miembros de la pléyade de ejecutantes del aristocrático violín. Y como si ello fuera poco,  se crea, en el año 1949, el emblemático Festival Nacional de La Mejorana, evento que recogería en su seno la cultura popular.

La amistosa disputa musical se resolverá, como queda dicho, con los decisivos aportes de Rogelio “Gelo” Córdoba y Daniel Dorindo Cárdenas, como figuras cimeras del instrumento de pitos y fuelles. Por eso, Eneida, casi sin proponérselo, pasa de acompañar al violín a cantante del hegemónico instrumento de origen teutónico.

Podríamos decir que la Morenita de Purio supo leer los signos de los tiempos, o al menos no opuso resistencia a ellos, porque la saloma de los campos pasó de la ruralidad a un plano mayor para convertirse en identidad cultural istmeña. Ella realiza en la música lo que ejecuta Ofelia Hooper Polo con las cooperativas, dando el paso de la junta campesina a otra forma institucional y empresarial. En la misma medida que lo que observamos en la literatura con las sagas mitológicos o en los relatos de eso otro paisano suyo, Antonio Moscoso Barrera, con su Buchí del valle del Oria.

El legado musical de Eneida es tan impactante que aún las cantantes de conjuntos que acompañan al acordeón lo hacen al estilo de la pedasieña, olvidando que el estilo de su cantar no obedece a una moda, sino al registro vocal de una soprano. Sí, es tan valioso su aporte que el mismo puede analizarse desde diversos ángulos, no solo desde una perspectiva de género, sino como propio de alguien que de manera temprana promueve rupturas sociales desde el fondo de su garganta, como si se tratará del heraldo de la orejanidad.

La vida de Eneida Cedeño debiera ser conocida y valorada por las nuevas y viejas generaciones. En este centenario de su natalicio debemos recordarla, porque hasta los vientos alisios de la temporada permiten que su memoria renazca, para saludarla y agradecerle el don de haber nacido en la tierra del Canajagua.

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12/XII/2023

 


LA REBELIÓN ISTMEÑA

 


Durante décadas se veía venir la rebelión del pueblo panameño, la misma se había pronosticado al observar el deterioro de la cuestión socioeconómica y política, porque los indicadores parecían confirmarlo. En efecto, a raíz de ello una marea humana ha estado en las calles, algunas veces sin cabeza visible y aguijoneada por una furia incontenible.

El detonante ha sido el contrato minero, la forma antipatriota y cínica con la que se ejecutó, como si los políticos creyeran que esta tierra istmeña es su finca personal, como si los panameños fuéramos siervos de la Edad Media o estuviéramos obligados a pagarles el camarico de la época colonial.

La nuestra ha sido una protesta heterogénea con educadores, obreros, campesinos, trabajadores de la salud y otros sectores sociales. Hay una abigarrada multitud que se mueve al compás de tamboritos, consignas, marchas, discursos, banderas y una dolencia colectiva que no cesa; dolor de patria que se alimenta de redes sociales y del cinismo del presidente, ministros, diputados, dirigentes políticos y el silencio cómplice de quienes están llamados a defender la nación de la angurria minera y de la destrucción de bosques, fuentes de agua, fauna y todo lo que es parte integral de “Panamá la verde”, postal ambiental a la que hiciera alusión el poeta español Vicente Blasco Ibáñez  (1867-1928), en los años veinte de la pasada centuria, y que ha renacido, sin darse cuenta, en los cánticos de la protesta.

Lo que se observa es una profunda crisis institucional, un gobierno debilitado y en total descrédito, así como una población que cuestiona y reta a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. En ese contexto los partidos políticos son organizaciones que igualmente están desacreditados, porque al decir de la voz popular “Aquí no hay donde colgar una chácara”.

Sin embargo, lo relevante estriba en comprender si la rebelión social logrará mantenerse en el tiempo, si podrá traducirse en un sistema organizado que sea capaz de atacar los problemas de la nación: corrupción, pobreza, es decir, enfrentar las asimetrías del desarrollo del Panamá campesino, indígena, profesional y de distribución inequitativa de la riqueza nacional.

Todas esas incógnitas comenzarán a despejarse en el próximo torneo electoral. Allí veremos realmente si toda esta explosión de descontento ha encontrado el cause que nos permita aseverar que, entre los meses de octubre y noviembre, se ha refundado la nación. Descubriremos si el panameño al fin se ha empoderado y ha decidido dejar de ser pasivo y renegar del poema de Demetrio Herrera Sevillano (“Panameño tú siempre responde sí”). O para decirlo en palabras del habla del panameño: “Esto no es más que llamarada de capullo”.

Pero cualesquiera sea la situación que viviremos, la experiencia gravitará en el inconsciente colectivo, como lo fue en los años sesenta del pasado siglo, la jornada libertaria de los estudiantes de aquellas calendas. Y como aconteció en esos tiempos, no lo olvidemos, el aprendizaje no sólo fue para el hombre llano, sino, también, para el grupo dominante que recompone su  hegemonía.

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