jueves, 15 de enero de 2009

ANGURRIA MINERA

“Fulano es un angurriento”, la expresión la escuché en mis días de infancia en Bella Vista de Guararé. Creo que fue Isaías “Chía” Vásquez”, uno de tantos santeños laboriosos que ya abandonó este mundo, quien la usaba con frecuencia. Con ello mi paisano quería decir que zutano era un avariento, un ser insaciable que cree que toda la riqueza del mundo ha de ser para él. Porque no falta quien hago de su vida un templo a la codicia.
Esta remembranza del vocablo viene a propósito de la conducta angurrienta que observo en los mineros istmeños; y no me refiero al campesino que labora en Petaquita, Cañazas o al que soñó con ganarse unos reales en Cerro Quema. Hago alusión a aquellos “monos gordos” que no reparan en destruir bosques, ríos, animales, gentes, o cualesquiera otro “minucia” que se interponga a su aurífera voracidad.
Tal vez el término ha caído en desuso o ya no tiene el interés que antaño le dispensó el hombre interiorano, pero hay que prestarle atención a esa deleznable avaricia que se ha apoderado del país. A propósito, por allí sobreviven algunos políticos angurrientos que si los dejamos harán causa común con los mineros para desvalijar las arcas del Estado y la ecología nacional. Ante el fenómeno de marras habría que plantear algunas hipótesis para ver si explicamos tamaña deshumanización, quizás atribuible al brillo del oro o el retintín de las monedas (“Túrbalos San Jacinto”). Se me ocurre, igualmente, que acaso los efluvios del cianuro habrán alterado las neuronas cerebrales y generado una devoción por el oro que rebasa con creces la veneración al Jesús Nazareno de La Atalaya o al Cristo Negro de Portobelo.
También he desechado la hipótesis de que sea un asunto genético, porque sólo de imaginarme las implicaciones de ello se me “espeluca” el cuerpo. Esta angurria minera quiera Dios que tampoco sea una enfermedad contagiosa, porque todo ello sería catastrófico para el país. Curioso, porque al parecer este raro padecimiento es de tipo dual. Mire usted que la devoción por el oro viene acompañada de una obsesión por la tierra. En Cerro Quema, por ejemplo, quieren “explorar” algo más de 102 mil hectáreas de tierra. Algo así como la creación de un potrero gigantesco enclavado sobre la Cordillera del Canajagua; desde Las Minas al austral Distrito de Pedasí. Y ya por allí están solicitando 2 millones de hectáreas adicionales en tierras nacionales.
La angurria minera es un espanto, tal vez una maldición como la que recayó sobre La Tepesa, la vieja leyenda amazónica que aún recorre los campos nacionales. Al parecer estamos ante un maleficio que se ensaña sobre “Panamá la verde”, la misma que describiera el novelista español Don Vicente Blasco Ibáñez. Así es, como parásitos sobre el cuerpo sano de nuestro istmo, los mineros avarientos recorren a argucias semánticas para disimular sus aviesos intereses mercuriales. “No hay tal angurria”, contestarán, “estamos preocupado sobre la sostenibilidad ambiental. Donde Usted, pobre orejano, mira el brillo del oro nosotros vemos la posibilidad de generar empleo y sacar del abandono a los depauperados hombres del campo. En un país como el nuestro es inconcebible que la pobreza siga acostada sobre un lecho de auríferos resplandores.”
Yo les escucho, pero algo me dice que mienten y sigo creyendo que son unos angurrientos. Pienso que hay que encontrar algún antídoto contra estos insólitos males. Quizás con algún tipo de terapia: escuchando el murmullo del agua en un arroyuelo serrano, mirando las piruetas que realizan los morachos sobre los cascajales del río o tal vez sentados con pose de Buda minero, meditando mientras en lontananza se oculta el sol.. La verdad yo no sé, pero me preocupa este síndrome istmeño que deshumaniza y corroe el alma de la patria.
Mucho agradeceré, amigo lector, que Usted reflexione sobre la temática y trate de encontrar la alternativa para superar esta espantosa angurria minera. Es urgente, no vaya a ser que este mal, al parecer contagioso, se apodere del cuerpo social y terminemos todos en una tina de lixiviación nacional. No hay derecho, tome sus precauciones, hágale un favor al país y denuncie el menor brote de angurria minera.

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