martes, 18 de agosto de 2020

REFLEXIONES DESDE LA HISTORIA PARITEÑA

 

La colonial población de Santo Domingo de Guzmán de Parita está ubicada aproximadamente a 243 kilómetros al oeste de la ciudad de Panamá y a la vera de la carretera doctor Belisario Porras. La añeja presencia del sitio no pasa desapercibida para turistas nacionales y extranjeros; porque el estar en ella permite una mirada a la arquitectura religiosa y vernacular, a la cultura en general del Panamá que se aleja de los caprichos transitistas de la ciudad que duerme a la sombra del Ancón.

Las calles centenarias, la veleta en la torre del templo, la piedra para la molienda de la argamasa con la que se repelló el templo, inserta en la parte frontal de la edificación religiosa, nos hablan de otros tiempos y evocan cantos religiosos, trote de caballos, fiesta taurina, danzas populares, luchas intestinas y conversaciones de otra época.

Lo primero que debemos acometer en la reflexión sobre Parita se refiere a la naturaleza de su nombre, porque resulta extraño que el vocablo se pronuncie sin la tilde en la última vocal, es decir, Paritá; tal y como lo encontramos en diversas denominaciones regionales, aunque debemos reconocer que los españoles también eran dados a escribir Escoria, Usagaña, Chiracota, Canahagua, entre otros nombres de tibas o caciques. Nada extraño, porque ellos transcribían conforme le sonaba al oído la pronunciación indígena. Lo innegable, sin embargo, es que estamos ante un vocablo precolombino, con el que se tropezaron los hispánicos en el recorrido realizado entre los años 1515 a 1519; cuatrienio cuando Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinosa recorrieron las tierras que luego se denominarían Los Santos y, más tardíamente, Azuero y Herrera. Con las crónicas de los conquistadores comienza la historia escrita regional, porque la precolombina es más dilatada y apenas conocida.

Al arribar los hispánicos el área pariteña, ella era parte del señorío de París, el más grande tiba de la región sur oriental de nuestra península, guerrero nunca vencido por los españoles, aunque profanado en los ritos mortuorios por aquella tropa de conquistadores que comandaba el licenciado Gaspar de Espinosa, enviado por Pedro Arias de Ávila para apaciguar y saquear la zona que luego desempeñaría el papel de abastecedora de vituallas a Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, ciudad fundada por Pedrarias el 15 de agosto de 1519. En efecto, Parita, Santa María de Escoria y la Villa de Los Santos van a desempeñar, en el período colonial, ese rol histórico de sitios de avituallamiento de la zona de tránsito.

Una vez Gaspar de Espinosa abandonó estas tierras, conquista en la que le acompañó Francisco Pizarro, personaje que más tarde se tomaría el imperio incaico, se va a producir el asentamiento en el mismo lugar en el que ya existía lo locación indígena; ya que los españoles no fundan, sino que refundan el indígena poblado pariteño, al igual que aconteció con la vecina Natá de Los Caballeros.

Se estima que probablemente el 18 de agosto de 1558 pudo ser la fundación de Santa Helena de Parita, acción atribuida al gobernador interino Juan Ruiz de Monjaraz y con la presencia del fraile dominico Pedro de Santamaría, suceso vinculado a la supresión de la encomienda natariega, a partir de la ejecución tardía de la Real provisión de Cigales del 21 de marzo de 1551. En el mismo mes y año también son creados los pueblos indígenas de Olá, en la actual provincia de Coclé y de Santa Cruz de Cubitá, establecido en las proximidades del río del mismo nombre, el hoy llamado río La Villa. Con anterioridad a la fecha arriba indicada, existen informes ciertos de que el gobernador Juan Fernández de Rebolledo, el 2 de agosto de 1556, en el sitio que antaño fue la encomienda de Juan Fernández de Rebolledo, creó un reducto poblacional indígena al que las crónicas se refieren como el nuevo pueblo de Parita. Lo cierto es que el poblado parece ser refundado varias veces, porque aún en el año 1581 hay un repoblamiento ordenado por el doctor Diego López de Villanueva y Zapata, oidor y fiscal de la Audiencia de Panamá.

Los testimonios de la época sugieren que la fundación pariteña pudo darse, probablemente, el 18 de agosto de 1558, aunque no tenemos la total certeza histórica, no obstante que la advocación a Santa Helena coincida con el día y mes. A falta de un documento que así lo atestigüe, siempre se ha conmemorado la fecha como la más probable. Y tal hecho no es extraño para quien se dedica al estudio de los siglos XVI, XVII y XVIII, porque en los pueblos de la península de Cubitá o Azuero no se produjeron ritos fundacionales como los que acaecieron durante la creación de Panamá La Vieja y Natá de los Caballeros. Acá las fundaciones fueron más espontáneas, al punto que la creación de la Villa de Los Santos se conoce gracias al pleito establecido entre los natariegos y santeños, del que se dejó constancia escrita del hecho histórico.

En el estudio del período al que me refiero, Parita y Villa de Los Santos, aparecen como los poblados más relevantes de la época colonial, incluso avanzado el siglo XIX. La existencia de la plaza y el templo, incluidos dentro del diseño hipodámico, de damero o tablero de ajedrez, ilustra sobre la relevancia de Santo Domingo de Guzmán de Parita. Todo parece indicar que el trazado urbano de Parita, como en el resto de asentamientos humanos nacionales, fue un proceso lento, larvario que tiene en los siglos XVII y XVIII la verdadera fecha de despegue urbano.

La verdad sea dicha, si nos atenemos a la existencia de grupos dominantes, trazado urbano, poder económico y religioso, Parita reunía los méritos para ser la capital provincial de Herrera, dada la prestancia de las familias asentada en ella y una historia escrita que arranca desde el siglo XVI. Además, los testimonios existentes en los archivos parroquiales hablan de alianzas matrimoniales, que como en el caso de las familias hegemónicas, son testimonio de intereses económicos, políticos y religiosos. Cuando se escriba con mayor precisión la historia pariteña veremos los nexos establecidos entre Santa María de Escoria, Ocú, la ermita de Pesé y la colonial Villa de Los Santos. Porque no es cierto que la evolución de tales comunidades fue un proceso aislado, autárquico, sino de alianzas de las que dan testimonio los añejos y deteriorados pergaminos que celosamente guarda el templo de Santo Domingo de Guzmán de Parita.

Nada más hay que avecinarse al poblado para valorar lo que Parita representa con su diseño urbano hipodámico, como ya indicamos, la exquisita plaza colonial, la maravilla arquitectónica del templo, el arte religioso colonial, con retablos que son la ventana para comprender el sano orgullo del pariteño y el legado histórico y cultural que representa la también llamada “Tacita de Oro”.

Hablando de Parita es obligatoria consignar el fruto y legado de uno de sus hijos más meritorio y menos conocido. Me refiero a Pedro Goytía Meléndez, nacido en esta población el 2 de agosto de 1826 y sepultado en Santiago de Veraguas el 3 de octubre de 1898. Hijo legítimo de Evarista Meléndez y José María Goitía, siendo su padre, el istmeño que introduce la imprenta en Panamá. Este personaje pariteño, cubierto con el velo del olvido, podemos considerarlo el promotor de las ideas liberales en la región de Azuero, hecho nada despreciable, porque él es portador de las ideas de cambio social y cultural que fueron moneda corriente en el siglo XX. El general Pedro Goytía Meléndez, además de dirigente de los sectores campesinos en los años cincuenta del siglo XIX, fue gobernador, diputado, presidente del Estado Soberano de Panamá y es, qué duda cabe, el Padre del Liberalismo Azuerense. Y una gloria pariteña como esta no puede echarse en saco roto, porque representa una de las cumbres del pensamiento progresista del siglo XIX azuerense.

En Parita, para quien desee verlo y sepa apreciarlo, la historia está a la vuelta de cada esquina y el poblado tiene ese aire de localidad añeja que no es debilidad, sino fortaleza. Ella y la Villa de Los Santos son hermanas en esto de resumir una época, porque sus nexos han quedado escritos en los viejos folios de sus respectivos archivos parroquiales. En ellos puede constatarse los vínculos familiares bendecidos por el sacro vínculo matrimonial y hasta en la existencia de los templos católicos más emblemáticos de nuestra región peninsular.

La modernidad del siglo XIX y lo que transcurre de la presente centuria le han aportado a la tierra de Goytía Meléndez algunas transformaciones, pero ninguna comparable a su relevancia histórica, a los aportes a la cultura orejana y al tesón de sus pobladores. Pienso que es necesario consignarlo, porque la región y el país están en deuda con el poblado que fue el asiento de ideologías conservadoras, pero también el germen del liberalismo peninsular.

Hay que continuar valorando a Parita, no solo como un recuerdo nostálgico del ayer, como el relato de su génesis, sino como el renovado pensamiento que se interroga por las tareas que aún están inclusas y que deben ser acometidas con premura. Pienso que así ha de ser, allí radica el gran desafío pariteño del siglo XXI, en el conocimiento de su historia maravillosa, el fortalecimiento de su rica cultura, la valoración de su entorno ambiental y la certeza de que la socialización de las nuevas generaciones sea posible con un sistema educativo robusto y liberador.

Y mientras ello acontece, y en el camino no pocas veces flaqueamos en nuestro empeño, cosa por demás comprensible, aprendamos la lección viviente del templo a Santo Domingo de Guzmán, porque la nave religiosa aún está allí gracias a sus cimientos, a que hubo unos pariteños que creyeron en ellos y construyeron para la eternidad. Que esa veleta de la torre sea nuestro guía ejemplar, aprendiendo a vivir en la procelosa época contemporánea y buscando siempre el norte del desarrollo y del pariteño que ama su tierra y lucha por ella.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de cerro El Barco, a 17 de agosto de 2020.


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