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30 julio 2008

REFLEXIONES DESDE PARITA: LOS DESAFÍOS DE LA NACIÓN


En el marco de la conmemoración del 450 aniversario de la fundación de la poblacion de Parita (18 de agosto de 1558) reproducimos la disertación del autor como orador de fondo, el 4 de noviembre de 1996, en el acto de la celebración del Día de la Bandera.

Nuestras reflexiones tienen por orígen la colonial población de Parita y con ellas queremos rendir un tributo de admiración y respeto a la enseña patria que diseñó el santiagueño Manuel E. Amador Torrero y que confeccionó con sus manos Doña Maria Ossa de Amador, esposa Dr. Manuel Amador Guerrero, prócer que con posterioridad fue el primer presidente de la República.
En un mes de tanto significado, no pretendo realizar una prolija descripción de los hechos históricos que antecedieron al surgimiento de nuestra vida independiente. Intento, más bien, cobijarme bajo la sombra protectora del lábaro tricolor y con la dispensa de quien se cubre con el palio sagrado, robar algunos instantes de vuestro tiempo para señalar algunos desafíos contemporáneos que los istmeños deberemos asumir en el sublime acto de construir nuestro proyecto de nación soberana.
Nada más oportuno que emprender esa tarea, dado el simbolismo que revista la tierra pariteña, desde los miradores de tan antiquísmo asiento poblacional enclavado en la Península de Azuero. Porque Parita, la Tacita de Oro del siglo XIX y primeras décadas de la vigésima centuria, ofrece a los panameños una muestra nacional de resistencia a la ingerencia de culturas foráneas. Parita es la tierra de Antataura, Antatara o París y conviene no olvidar que por estos lares Gonzalo de Badajoz fue derrotado por indígenas que portaban armas de guerra tecnológicamente inferiores a las que poseían los hispánicos.
Nuestras reflexiones deben originarse en Parita, poblado en donde escontramos la única plaza anténticamente colonial que posee la República de Panamá. La misma plaza que muestra orgullosa su centenaria iglesia; en el edificio en donde reposa San Agatón, valiosa reliquia de la imaginería española que supera en edad a las cinco centurias del llamado "encuentro de dos mundos".
Aquí, en estos lares herreranos, durante la década del cincuenta del siglo XIX la apacible vida pueblerina se estremeció con las sublevaciones de campesinos que protestaban por el alza de impuestos. Las calles y casas de quincha pariteñas nos hablan -para quien desee verlo-, de los anhelos libertarios del hombre panameño y de su inclaudicable nacionalismo. También procede de Parita el vendedor de frutas de apellido Luna que se involucra en el conocido "Incidente de la Tajada de Sandía" del año 1856, hecho histórico que nos ilustra sobre la rebeldía del panameño cuando fuerzas extranjeras intenta hollar nuestra tierra con ínfulas de procónsules romanos.
En Parita también están la huellas genéticas del presidente constarricense Don Miguel Angel Calderón Guardía, quien procede de aquellas familias pariteñas que en el decimonono emigraron a Costa Rica luego de las llamadas guerras entre las familias Guardias y Goitías.
Nadie puede negar que Parita, junto a la Villa de Los Santos, son dos poblaciones azuerenses que por antonomasia representan el más sano ejemplo de nacionalismo panameño. Urge, pues, desde la "Tacita de Oro", repensar algunos temas de la patria en el Mes de la Patria. Porque ya sea que estemos parados en el atrio de la Iglesia o recostados sobre los taburetes en los amplios portales, la presencia colonial del aludido pueblo herrerano nos recuerda nuestra responsabilidad nacional.
En el llamado "Mes de la Patria", los panameños deberíamos centrar nuestra atención en los problemas axiales de la nación. Así ha de ser, porque en estos momentos nuestro país es una república que debe asumir los retos nacionales con serenidad y confianza en nuestras capacidadedes como pueblo.
Nos preocupa, por ejemplo, nuestra creciente y asfixiante pérdida de indentidad cultural. Gracias a la apatía ciudadana, la indiferencia del sistema educativo y el poco me importa gubernamental, el "ser panameño" que tan acertadamente describieron Justo Arosemena, Diego Domínguez Caballero y Ricaurte Soler, se trastoca en un ente amorfo que es el producto de la superposición de penetraciones culturales. Pienso, al respecto, en la importancia que ha adquirido entre nosotros la celebración de la Noche de Brujas (Hallowen); en una magnitud tan superlativa que supera la relevancia que tradicionalmente le hemos concedido a la celebración del Día del Niño. Con este proceder relegamos al olvido nuestra mitología interiorana de Tepesas, Señiles y entes demoníacos, como si nuestras añejas tradiciones representaran un viejo e inservible fardo cultural.

En el Mes de la Patria surge inquietante el interrogante: ¿ En qué ha quedado el proyecto de república que con tanto esfuerzo impulsaron los forjadores del Estado Nación en las primeras décadas de la presente centuria ?. Causa asombro sólo el pensar cómo podremos acceder responsablemente al próximo milenio cuando olvidamos a Justo Arosemena Quesada, Belisario Porras Barahona, Eusebio A. Morales, Pablo Arosemena Alba, Octavio Méndez Pereira, Jeptha B. Duncan, entre otros preclaros panameños. ¿Puede concebirse una nación que olvida a sus más representativos forjadores y suspira ante el último cantante de rock extranjero?.
Los istmeños debemos volver a leer y descubrir los mensajes patrióticos del Dr. Belisario Porras Barahona en "Reflexiones Canaleras o La Venta del Istmo", Octavio Méndez Pereira en "Panamá, País y Nación de Tránsito", Eusebio A. Morales en "¿ Somos una nación?'", Pablo Arosemena Alba en "La secesión de Panamá y sus causas", José Dolores Moscote en "Necesidad de un idearium nacional" y Justo Arosemena con su clásico ensayo de "El Estado Federal de Panamá".
El amor a la patria que profesamos no podrá ser suficientemente diáfano y convincente si el niño que estamos forjando en los centros educativos no crece en el marco de una sociedad que se inclina reverente ante el altar de la patria y su afán no es el de perfeccionar la obra siempre inconclusa de construir el país. Por ello, la historia nacional debe ser revisada en sus cimientos y en sus personajes protagónicos; para que el pueblo, que siempre ha sido el artífice, se reconozca en su protagonismo histórico.
Ya es hora de que tomemos conciencia de que Panamá no es una finca personal, ni posee una historia que se agota en los nombres de cuatro apellidos nacidos en cuna de oro. El quién soy como panameño, sólo tiene sentido si todos comprendemos que la nación es un proyecto colectivo y no el feudo de un partido político, cualesquiera que éste sea. En verdad, de nada nos servirán las computadoras, la Internet, la calidad total, la reingeniería y la globalización si como pueblo no hemos establecido y fijado nuestra propio derrotero nacional.
En el Panamá que anhelamos, la bandera es un símbolo que todos debemos venerar, emblema que debe hacerse carne en la calidad de vida del panameño. Porque el homenaje a la bandera no se agota en el acto de recordación a ella, en el simple protocolo de cómo izarla o de cómo colocarla sobre el balcón. El verdadero emblema nacional está en los ngöbe-buglé que reclaman su comarca, en lo educadores que avisoran la jubilación por una cuantía pírrica, flamea disgustada en el 50% de los panameños que viven en la pobreza y en el campesino que se mira desprotegido por las políticas económicas de gobiernos de ayer y de hoy. La bandera está en el hombre de la calle que no tiene empleo o en el niño limpiabotas que debería estar leyendo un libro en la paz de su hogar.
Nuestro proceder en el "Día de la Bandera" no debe reducirse a un rito. Al mirar la enseña tricolor debemos pensar en Mateo Iturralde, Victoriano Lorenzo, Pedro Prestán y en los campesinos interioranos para quienes la patria es su machete curvo, el plato de frijoles y su roza sembrada de maiz. Son los mismos orejanos a quienes se les habla de globalización y de que deben ser "competitivos" con churucas, coas, cutarras y biombos. Globalización que intereses nacionales y extranjeros están descubriendo en nuestros días, olvidando que hace siglos aquélla ya viajaba en los barcos de Marco Polo y Cristóbal Colón.
Tenemos los istmeños otro gran desafío. Hemos estado durante todo el siglo XX reclamando nuestro franja canalera. Generaciones de panameños han protestado con vehemencia para que la enseña patria flamee en todo el territorio nacional. Pero acontece que en las postrimerías del siglo, los mercantilistas de ayer y de hoy, ahora nos abruman con todo tipo de argumentos para que ello no sea realidad. Según ellos, hay que privatizarlo todo, hasta nuestra lucha generacional. Si nos descuidamos, los panameños de hoy y de manaña terminaremos como pacíficos peones de los consorcios hoteleros e industriales que se proyectan en la ribera del canal. Por ello, cuando viajo a la ciudad de Panamá y avisoró la bandera en el cerro al que cantara Amelia Denis de Icasa, con insistencia acude a mi mente un interrogante: ¿Qué pensará de los istmeños nuestra enseña tricolor cuando nos observa con mirada escrutadora desde la cima del Cerro Ancón ?.
Los panameños, como pleitesía real a la bandera, debemos proponermos dignificar las luchas y organismos con los que nos disputamos el poder político. Verdaderos programas, ideologías, proyectos y filosofías deben inspirar a los partidos políticos nacionales. Lamentablemente éstos distan mucho de ser lo que deseamos y el grueso de la población ha terminado por pensar que la política es el arte de lo indecoroso. Nada más alejado de la verdad. Hay que apoyar a las agrupaciones nacionales que entienden que la democracia no es un término hueco y que ella no se agota en el ejercicio del voto, sino que se materializa en la democracia económica. Es decir, en la democracia que distribuye la riqueza que todos contribuimos a crear.

Pienso que el más grande desafió que deberemos enfrentar los panameños consiste en recobrar nuestra confianza, la autoestima colectiva. Porque no es cierto que somos una nación que sólo toma en serio los carnavales, las reinas de belleza y los campeones de boxeo. Lo asombroso de nuestro país, no obstante los desengaños, las mentiras y los fracasos, es que la mayoría de los istmeños laboramos día a día y nos preocupa la suerte de la nación.
Como en el pasado, el rescate nacional ha de venir de aquellas zonas en donde la gente sienta en su pecho el fervor patriótico. En lugares en donde el hombre vibre con la copla, la décima, la chaquira, la balsería, el zaracundé y el arroz con coco.
Hay un hermoso y simbólico hecho en el momento mismo cuando surgió nuestra hermosa bandera nacional. Cuentan los historiadores que cuando el francés Bunau Varilla presentó un proyecto de bandera nacional, éste fue unánimemente desechado por los conjurados que en 1903 nos legaron una república. Tal pareciera que ese proceder está cargado de premoniciones y que con el se nos recuerda que somos los nacionales quienes debemos decidir sobre las cosas que nos atañen.
Al finalizar el siglo XX y entrar a un nuevo milenio, pienso que los panameños debemos cobijarnos bajo nuestra enseña tricolor. Porque la verdad es que sólo aceptando los desafíos de hoy, edificaremos el Panamá de mañana. Y en ese momento, y sólo entonces, podremos declamar orgullosos "Patria", de Ricardo Miró; "La bandera panameña", de Nacho Valdés; "Marcha Panamá", de Eduardo Maduro y "El canto a la bandera de Gaspar Octavio Hernández".








26 julio 2008

DE LA GUAJIRA AL CANAJAGUA

Hace poco viajé a la Ciudad de Las Tablas. De paso aproveché la ocasión para visitar a mi hermana Mirna. Ella al verme me dijo: “¿Sabes quién vino?, Andrés”. Decidí pasar a La Guaca, villorrio guarareño en donde nació mi madre. Mis tíos Andrés y Pacífico estaban a punto de salir de la casa de quincha. Entré al ánfora de recuerdos que representa la residencia de los abuelos. Conversamos, y como era de esperar, el tema recurrente lo representaron las vivencias de aquellas raíces familiares. Miré la añeja foto del casamiento de mi tía Tina, que pende de la pared, y recorrí la vieja cocina donde en tiempos idos mi abuelo Dolores mantenía la despensa y el clásico tanque de miel. Regresé a la sala y divisé el viejo baúl y la antigua maleta que aún duerme la siesta en la esquina de la sala, junto al viejo horcón. Pacífico la abrió y allí estaban, como reliquias del ayer, algunos vestidos de mis abuelos. Extrañamente, y luego de varias décadas, en el bolsillo del traje de la abuela Juliana yacía dormida una hoja de albahaca, de esas con la que ella gustaba perfumar sus atuendos. ¡Olor a albahaca!, pensé, cuántas cosas esconde ese perfume de planta silvestre domesticada por la mano generosa del hombre. Aroma del pretérito, alejado del perfume francés que pregona con su fragancia el exotismo cultural de países lejanos.
Ya en el auto, sentí que ese olor impregnaba mi entorno para que lograra comprender cómo la existencia colectiva de las sociedades puede engarzarse con otras culturas que parecen distantes. Pensé en Aracataca, la olvidada población del Departamento del Magdalena, próxima a la Sierra Nevada de Santa Marta; macizo que le separa de las tierras de la Península de la Guajira, allá en el Caribe colombiano.
García Márquez en Vivir para contarla -primer tomo de sus memorias-, no escatima imágenes para describir esa y otras regiones e introducirnos en ese mundo rural y mágico al mismo tiempo que nos hace participe, acá en nuestra istmeña Península de Azuero, de un escenario similar. Ese universo casi mítico de Riohacha, Valledupar, La Ciénaga y otros lugares que nosotros podríamos reemplazar por Guararé, La Villa, Tonosí, Las Minas, Chitré u Ocú.
No sólo se trata de Azuero (apellido colombiano que no ha tenido continuidad en los genes istmeños), sino de la ciudad bogotana que desde el altiplano de Cundinamarca le son indiferentes los pueblos del Caribe en donde creció el Nóbel de Literatura. De la misma manera, la zona de tránsito istmeña ha vivido mirando hacia afuera, muchas veces sorda al pálpito de la patria que late en la Península del Canajagua; que es como en propiedad deberíamos denominar al accidente geográfico que hemos llamado Azuero.
Leyendo el texto, en paralelo y sin quererlo, voy reconstruyendo la vida, glorias y triunfos de nuestro pueblo, que como en Aracataca, supo de la Guerra de Los Mil Días, la Tonosí Fruit Company, circos ocasionales y aguaceros interminables. Lluvia torrencial del mes de mayo y del octubre que pregona desde las charcas cercanas, con su concierto de sapos, el subdesarrollo del campo. Invierno antiguo que en mi infancia era imposible separarlo del capote y las botas de hule. Hay tanto en común, que no asombran las similitudes del calor insoportable de marzo o del protagonismo del acordeón y de los nombres de pueblos, que como en el caso de Ciénaga Larga, rememora ese otro villorrio colombiano (La Ciénaga) al que hemos hecho referencia. ¡Y que más da que digamos Escalona, Dorindo, Gelo o Francisco El Hombre!.

24 julio 2008

LA MUJER AZUERENSE


Ofelia Hooper Polo 


Han pasado más de ochenta años desde que la chiricana Clara Gon­zález escribiera, en el año 1922, su tesis titulada La Mujer ante el derecho panameño; trabajo que sustentó en lo que por aquellas calendas se conoció como la Escuela Nacional de Derecho. Por este y otros motivos, que hablan de su inquebran­table voluntad de lucha en pro de la mujer panameña, a la Sra. González se le con­sidera como zapadora del movimiento feminista panameño.
En la actualidad muchas de las luchas de mujeres como la que indicamos, apenas si son conocidas. Es más, las raíces de las discriminación contra la mujer panameña sólo han variado de forma; cierto que se ha avanzado, pero no lo suficiente como para que los obstáculos estructurales hayan sido superados.
Poco conocemos, porque poco se ha escrito sobre la contribución de la mujer panameña al desarrollo nacional. Sin duda ese silencio no se compagina con el no despreciable legado del sexo femenino en nuestro país. Sólo de pensar en el trabajo hogareño de la mujer campesina, ya es como para sacar a muchos de las visiones en la que viven sumidos.
Al escribir estas líneas pienso en la mujer azuerense -como podría decir chiricana o darienita-, porque en verdad lo que ella ha hecho apenas se conoce. De la mujer indígena que habitó nuestra región todo está por explorar y pocas cosas podemos avizorar a través de las crónicas de la Conquista. Constatamos que en nuestra flora regional ha sobrevivido uno de los términos empleados por los indígenas para referirse a una dama de alcur­nia: espavé. Vocablo que hoy designa a uno de nuestros más hermosos árboles nacionales. La espavé era la esposa de un cabra (guerrero destacado) o de un tiba (cacique prin­cipal).
Aún hoy, quinientos años después, la contribución indígena sobrevive mezclada con los rasgos culturales de la negra y de la mujer blanca. Y no se trata sólo de la cuestión culinaria (tamal, bollo, sancocho, etc.); sino de las transmisión de formas de pensar, modismos en el habla, estilos de bailes, aprendizaje del afecto y una larga lista de eventos que implican la socialización, enten­dida ésta como la transmisión de la cultura. Una tarea de tamaña envergadura, realizada con amor y abnegación, debió disponer de un mayor apoyo de tipo institucional.
Me refiero a que durante largos siglos la mujer azuerense asumió estas actividades como algo que le era consustancial a ella, como un producto de lo que la sociedad le enseñaba como sus "deberes de esposa". Deberes que muchas veces se entendían como el ser sumisa, como el no pensar y convertirse en una sombra de su consorte.
Acaso lo acontecido con la instrucción en Azuero sea una ventana que nos permita vislumbrar el papel que dicha sociedad rural -de estrechos y fuertes vínculos familiares-, tenía asig­nado al sexo femenino y, de paso, nos ayude a adentrarnos en ese mundo de los siglos pasados. Al respecto, tal vez lo más llamativo que hemos en­contrado sea el siguiente testimonio de Antonio Baraya, gobernador de la extinta provincia de Azuero, fechado el 15 de septiembre de 1852. Cito:
"También debeis hacer los mayores esfuerzos por establecer un colegio o escuela provincial de niñas. La mujer, esta preciosa mitad del género humano, destinada por la naturaleza a influir en el destino del hombre, i en la suerte de la naciones, segun su mayor o menor intelijencia, crece en estos pueblos como la planta silvestre, sin mas educación que la que le legara a su madre o abuela el siglo XVI, i sin otro porvenir que el de ser máquina humana de reproduc­ción".
En efecto, en el área es vieja la tendencia a creer que la educación más esmerada la deben tener los hijos varones. Tanto, que todavía en las primeras décadas del Siglo XX existían escuelas para niñas y escuelas para varones. Sin duda, en este punto la mujer azuerense no escapa a la misma suerte de sus colegas en el resto de la república. Estado en el cual la coeducación no se implantó hasta el año 1919. Una rápida mirada a los con­tenidos de las asignaturas que recibían las niñas corro­bora la vigencia de la vieja concepción de que nos hablara el gobernador azuerense del decimonono panameño.
No cabe duda que en Azuero, como en el resto del país, la revolución educativa de principios de siglo representó un significativo avance en la búsqueda de mejores días para la mujer de la península. Esto sin desconocer lo polémico que podría significar, en lo atinente al papel de la mujer moderna, la discusión de los contenidos programáticos de los centros escolares.
Actualmente esa misma mujer supuestamente dispone de numerosas escuelas primarias, colegios secundarios y centros univer­sitarios. Pero, en honor a la verdad, ello no es suficiente. Nuestra mujer necesita y tiene el derecho de acceder, en igualdad de condiciones, a las diferen­tes instancias del poder.
Según el último Censo de Población la mujer azuerense representa el 49.28% de la población de la provincia de Herrera y el 48.91% en la provincia de Los Santos. Esto significa que ella constituye algo así como el 50% de la población. Un contingente poblacional de tal naturaleza bien podría mul­tiplicar su contribución al desarrollo nacional, si no se le subestima y se erradican las estructuras económicas y políticas que le permitieron a un Antonio Baraya en 1852 hablar de "un porvenir de máquina humana de reproducción".

23 julio 2008

TRAPISONDA POLÍTICA INTERIORANA

El perfil de la política y los políticos orejanos no es difícil de establecer, porque a grandes rasgos se corresponde con el prototipo nacional. Ambos dejan mucho qué desear, pero sus rasgos salen a flote con mucha facilidad, de manera tan natural como el sol matutino cuando ilumina la testa del Canajagua.
Los antecedentes de tales personajes se remontan al Siglo XIX, pero su génesis temprana comienza durante el Siglo XVI y guarda estrecha relación con la particular estructura agraria regional, así como con los sistemas de poderes centrados en la posesión de la tierra, las vacas e incluso la hegemonía de la Iglesia Católica. A la anterior trilogía del poder, debemos añadirle el aparato burocrático, organización que siempre fue el espacio político en disputa. Muy por debajo de este andamiaje se encuentra la base campesina que pulula por los campos y que se constituye en el medio para el logro de los fines político-partidista del gamonal de aldea.
Se sabe que hasta mediados del Siglo XX el campesinado se caracterizó por su escasa formación intelectual. Desde inicio de tal centuria ha mejorado substancialmente la instrucción pública, pero el interiorano aún carece de una adecuada comprensión de los procesos político-partidistas. Lo curioso es que no pocos de los descendientes de los antiguos campesinos cuelgan títulos universitarios en sus residencias, pero han copiado del gamonal de antaño las mismas prácticas de manipulación social. Todo esto en un contexto en donde el eje de poder que antiguamente sólo encontrábamos en las capitales de distritos, desde los años setenta del Siglo XX el torrijismo lo trasladó al corregimiento. En pocas palabras, se cerró y perfeccionó el círculo de dominación.
Luego de un siglo de elecciones, podemos afirmar que la telaraña de control político (en contra de lo popular) no ha mejorado para el hombre del campo; muy por el contrario, generalmente el representante de corregimiento actúa como agente de las principales figuras provinciales del partido político. Como si se tratara de un corral vacuno, es de lo más común escuchar frases de este calibre: “Yo controlo 90 votos”. Y con ese “capital” cautivo el “repre” negocia su cuota de poder, a espaldas de la gente que lo elige.
La comprensión de la política orejana pasa necesariamente por el papel relevante de los “clanes familiares”. Como en la contienda no existe un debate ideológico y mucho menos una selección basada en el perfil de los candidatos, el voto responde a los nexos familiares, al amiguismo político y al compadrazgo. En consecuencia, el candidato puede ser un don nadie y, sin embargo, resultar electo.
En las áreas interioranas casi nada ha cambiado desde la segunda mitad del Siglo XIX y durante el Siglo XX. La política ha variado de forma, más no de contenido. Ni tan siquiera el discurso de los candidatos tiene el nivel que podría esperarse. Al contrario, antes se regalaban machetes y cutarras, ahora se obsequian becas y se prometen “casitas” pagadas por el erario público. La trapisonda, la zancadilla y las promesas huecas pululan como los insectos que acuden al poste de la luz, después que caen los primeros aguaceros de mayo.
En este mundo político no sólo el votante campesino está preso dentro de la antedicha estructura de dominación rural, también la experimentan los partidos políticos que se mueven atrapados dentro de sus propias contradicciones internas, enredados con la cultura política que ellos contribuyeron a forjar. Por ejemplo, están de moda las elecciones primarias, pero al final la cultura política de la alienación termina por sofocar el ejercicio democrático, al imponerse el dedo, los “clanes familiares” y la famosa “línea” de las cúpulas en el poder.
¿Y cuándo cambiará todo ello? Seguramente cuando la gente más lúcida deje de llorar sobre la leche derramada. El día cuando los letrados hijos de campesinos dejen de tener mentalidad de gamonal y renuncien a las mismas prácticas políticas que los mantuvieron a ellos sumidos en siglos de dominación. Hay un triste espectáculo en toda esta situación que describimos, porque no falta quien, apertrechado de títulos, acepte ser suplente de la estupidez y la estulticia, cuando no del apellido y el compadrazgo.
En pleno Siglo XXI es casi inconcebible que la política interiorana aún transite por los viejos y trillados senderos de los dos últimos siglos. Razón tuvo el Dr. Francisco Samaniego (1911 – 1962), prominente galeno representativo de la Federación de Sociedades Santeñas, al afirmar, a mediados de la vigésima centuria: “Tenemos que despertar una nueva conciencia interiorana”.

Fuente: ÁGORA Y TOTUMA # 247, 17/VII/2008

MITOS ECOLÓGICOS...o al perro más flaco se le pegan las pulgas


En la acepción que nos interesa, un mito es visto como una representa­ción y explicación del mundo. Explicación que, indepen­dientemente de su certeza, es asumida como válida; constituyén­dose en una verdad que termina por ser aceptada por el sentido común y asumida como un modelo de conducta social. Por su parte, la ecología ha sido definida como una ciencia preocu­pa­da por la interacción de los seres vivos con la naturale­za.

Siendo así, podemos hablar de la existencia de una mitología ecológica, es decir, un conjunto de creencias que se dan como ciertas y que pretenden dilucidar lo que acontece en nuestro medio, como producto de la interac­ción entre el hombre y la naturaleza. Señalemos algunas de ellas y procedamos a su desmiti­ficación.

I mito: El campesino carece de conciencia conser­vacio­nista.

Según esta versión nuestro hombre de campo es un arboricida. Transita por esos caminos de Dios con un hacha al hombro y una cajetilla de fósforos en el bolsillo de su "cotona". Los males que adolece nuestro entorno ecológico se los debemos a las satánicas actividades del hombre interiorano y, en especial, a los santeños, herreranos y chiricanos. Al parecer nuestros orejanos padecen de una extraña enfermedad que únicamente puede ser calmada con el zumbido del hacha y el deleite piroma­niático de la candela en el rastrojo.

II mito: La escasez de lluvia es un castigo de Dios.

Los dioses son seres iracundos. Están hechos para castigar al hombre por sus pecados terrenales. A este último -pobre e infeliz mortal-, sólo le queda conformarse con lo que tiene en este "valle de lágrimas". Si escasean las lluvias, es porque algo maléfico han realizado los descendientes de Adán y Eva. En consecuencia, se imponen los "rogativas" y las procesiones a San Isidro.

III mito: Los ganaderos son los culpables de la defo­restación.

Junto a los campesinos los ganaderos han sido catalogados como el segundo estrato social que depreda los bosques. Quienes así piensan, parecie­ran aceptar que las vacas y sus propietarios provienen de alguna extraña constela­ción ubicada más allá de Alfa Centauri. Viven los cuadrúpedos en el limbo y sin vínculos económicos con los grupos hegemónicos. Aunque es de creer que quien dice res, vaca o cuadrúpedo está pensando exclusivamente en los rumian­tes que tienen por dueños a campesinos pequeño-propietarios, los que para subsistir tienen que alternar sus actividades agrícolas con las ganade­ras.

IV mito ecológico: En Panamá tenemos la mejor agua del mundo

¡Hombre!,no hay que preocuparse, siempre tendremos agua en abundancia. Si hoy, en el Interior como en la capital de la república nos quedamos sin el apreciado líquido, la culpa la tiene el IDAAN. Nosotros seguiremos saltando en los culecos, enjabonándo­nos mientras dejamos el grifo abierto. Total, decimos, no es mi problema y...no tengo medidor.

V mito ecológico: El asfixiante calor que sentimos antecede a los terremo­tos

Esta es una vieja creencia. El problema no es la destrucción de nuestro hábitat natural. En la sabiduría popular, el problema del cada vez más sofocan­tes calor que todos experimentamos, apenas si se vincula con la defores­tación de alrededor de 100,000 hectáreas anuales. Que existan pueblos sin bosques y ciudades con parques de concreto, poco tiene que ver con las altas temperatu­ras. Y ni qué decir sobre las baladíes consecuencias de la destruc­ción de la capa de ozono.

Aproximación a una desmitificación

No es cierto que el problema ecológico sea exclusivamente un asunto de falta de conciencia y de la necesidad de sembrar uno que otro arbolito. Las semanas ecológicas, como las del libro y el idioma, pasan como tantas otras y hasta nos acostumbramos a celebrarlas... y nada más.

Siendo así, se impone para la correcta comprensión de la problemática indicada, superar las visiones románticas y las explicaciones alegres; compe­netrarnos de las esen­cias y no de las apariencias. Me sumo a los que conside­ran que es imperio­so destacar las causas estructu­rales. Una de ellas, a mi juicio la más importan­te, radica en comprender que moramos dentro de un sistema socioeconó­mico que posee una racionalidad centrada en las utilidades económicas y no en el bienestar del hombre. ¿Qué importa talar un bosque más si al final crecerá mi cuenta bancaria ? ¿A quién le importan los cocodri­los, si las carteras del reptil anfibio están bien cotizadas en París y Washington? Si la existen­cia de las titibúas de Santa Ana de Los Santos tienen su vida sujeta a los caprichos de los Caballerors de la Orden de Malta, entonces, ¿en dónde está la justicia?

Bien dice el adagio popular que "al perro más flaco se le pegan las pulgas". En una sociedad con el sistema de estratificación característico de nuestro ístmico país, un problema tan complejo como el ecológico pretenden reducirlo a la falta de conciencia de nuestros agricultores y pequeños ganaderos. Se les recomienda a éstos no talar, no deforestar, no quemar y proteger la fauna. Mientras, los grandes consorcios madereros continúan haciendo de las suyas y pueblos como el de Santa María son fumigados con agroquímicos.

Con un modelo de desarrollo como el nuestro (plutocrático y excluyente), casi que resulta un insulto a la inteligencia el pedirle a nuestra gente que abandone un estilo de vida de cinco centurias a cambio de...nada. Si en verdad nos interesa resolver el problema ecológico, debemos superar el romanticismo y encaminar nuestros pasos en la búsqueda de acciones que apunten a modifi­car un modelo tan depredador como el que tenemos y en el que las áreas interiora­nas son solamen­te un ente folklórico.

Los mitos ecológicos sólo serán verdaderamente erradicados cuando al mismo tiempo que se implementa un modelo de desarrollo centrado en el hombre y la naturaleza, las instituciones de socialización acompañan a este mismo modelo indicándole a todos los sectores sociales qué hacer para conservar su hábitat.


Tomado de ÁGORA Y TOTUMA # 35, Mayo de 1999.

21 julio 2008

CARTA A MI HIJO ANTONIO

Dicen que en nuestra cultura machista no se acostumbra celebrar los quince años a los hijos varones. Así piensan quienes ven el tópico en función de la falda o el pantalón. Yo no comparto esa visión, porque el asunto no es de género, sino de sentimientos y de solidaridad para quienes amamos. Tú eres mi hijo, cumples quince años y ese sólo hecho es más importante que los convencionalismos sociales. Has llegado a una etapa importante de la vida y conviene que te exprese algunas inquietudes que la madurez permite que afloren a flor de piel. Dialogar contigo no será tarea difícil, porque, afortunadamente, eres un muchacho ingenioso y con una extraordinaria capacidad de compresión y de deseos de saber. Debo decirte que en secreto admiro la voracidad con la que revisas, desde textos de poca monta, hasta temas de mayor profundidad analítica; sin olvidar las biografías y la magia que derivas al conocer otras sociedades y culturas. Todo esto es positivo, y quiera Dios que sea un hábito que te acompañe siempre.
Presta atención al término que acabo de utilizar, porque es trascendental. Hablo de magia, pero no de aquella que pretende sacar el conejo del sombrero, sino de la que encontramos a diario por la vida. Con ello intento decirte que no debes perder la capacidad de asombro ante el mundo, porque la modorra y la incapacidad para ver más allá de lo circunstancial forman a seres enclenques y desprovistos de propósitos. El mundo es mágico, si sabemos abrirnos a sus hechizos. Por allí malviven los que aún no se han enterado que subsisten como autómatas, observando la creación con las anteojeras que les prestaron, temerosos de mirar el sol e incluso indecisos a la hora de experimentar el gozo que supone ser testigo del rocío matinal. Tacaños con su vida, el gorjeo del ruiseñor no les dice nada.
Si cierras tu alma al mundo no podrás ver más allá de tus ojos. Ábrete a él. También debes comprender el medio en que moras. Esa apertura supone darse cuenta que nuestra biografía personal está condicionada por el entorno. Esto ya lo dijo maravillosamente un filósofo del siglo pasado, al afirmar que una persona se forja con su ser y sus circunstancias. Y no se trata de aferrarse a una excusa para aceptar la sociedad tal como lo encontramos al nacer, siendo pusilánime y no teniendo el coraje para transformarla. Al contrario, el deber del ciudadano consiste en legar a los que vendrán un mundo mejor que el que le tocó en suerte. Verbigracia, tus abuelos se levantaron desde su cuna humilde para darle a tu padre una oportunidad que ellos no tuvieron. A mi me ha correspondido otro tanto, pero ya sabrás juzgarme cuando llegue el momento.
Ya es hora que comiences a transitar el abrupto sendero de la vida. Lo que hagas en ese camino dependerá en gran parte de ti. Lucha, porque la existencia no tiene sentido sin el combate que ennoblece. Los fracasos que puedas tener, míralos como perlas en el camino. Nadie, habitando un mundo idílico, ha logrado fortalecer su personalidad. Recuerda que todo depende del enfoque que tengas de las cosas. El carbón mancha cuando lo tomas, pero al rato puede ser la hoguera en que se cuecen los alimentos. Hay en todo un elemento fundamental. Ten presente que no obstante tus cualidades personales, la humildad debe iluminar tu proyecto de vida. Porque ser humilde es reconocerse como una estrella de la creación, que titila feliz entre los millones de constelaciones. En todo hay enseñanzas, como en la fábula que escribí hace unos meses. Hela aquí:
“Cuentan que un gallinazo o gallote vivía en la cumbre de Cerro El Barco y en las tardes se posaba sobre la rama de un escuálido guácimo que había en la cima del promontorio. Desde allí, mirando en lontananza, recordaba las piruetas que hacía sobre la cumbre de Cerro Quema y del Canajagua. Pensaba en los insignificantes mortales que habitan en los parajes sabaneros. “He allí la perdiz minúscula, la culebra rastrera, las ratas de rastrojo y los becerros azotados por la brisa salobre del mar”, decía. De vez en cuando extendía sus alas al viento, las miraba de reojo y entonces sonreía para sus adentros. “No hay nadie como yo”, meditaba. “El plumaje negro y esa capacidad que tengo para ver la presa a cientos de metros. Da gusto ser gallote y tener el control de los cielos. Sin duda, cuando Dios hizo el mundo pensó en mí como la suma de la creación”. Pero pasó el tiempo y un día, extraviado de las alturas andinas, apareció un cóndor majestuoso y casualmente vino a posarse sobre la rama predilecta del gallinazo. Revoloteaba el zopilote sobre las alturas y sus ojos no podían creer que existiera un pájaro así. Entonces pensó: “Dios, cómo eres, menos mal que se trata de mi propia sombra reflejada por el sol”. Y se alejó indiferente a posarse sobre otro árbol de la sabana.”
Así son algunos. Ahora suma la pedantería a todo lo anterior; tendrás la postura de quien sucumbe a la gran tentación de nuestra época, el intentar ser “alguien”, aunque para su propósito tenga que pisotear al prójimo. Hay quien se cree divino, sin llegar a ser polvo cósmico. Si has de llegar a la cima, hazlo basado en méritos propios. Escala peldaño a peldaño, aunque otros se apresuren e incluso pretendan atropellarte en el tropel por ascender. Déjalos, y compréndelos, porque los rumiantes también se atropellan en el corral. Ten mucha calma, que nada te perturbe, más adelante los encontrarás cansados y sudorosos. Lo importante no es llegar, sino poner miras en un ideal. Si te es posible, duerme con los libros de Rodó, Martí e Ingenieros bajo tu almohada. Aprende del Canajagua que está allí hace millones de años e indiferente mira pasar los penachos de nubes. Nadie recordará esos fugaces nubarrones, pero todo santeño quisiera tener una pizca de la inmortalidad del promontorio. Casi eterno, jamás ha dado un solo paso, porque su fortaleza no radica en correr, sino en saberse bien plantado.
Comprende que las cosas cambian, no te quedes anclado en el pasado, pero tampoco desprecies la sabiduría que encierra su añeja existencia. Siempre debes estar del lado de la justicia y la democracia. Un mundo mejor es posible únicamente si lo deseas con vehemencia y metes el hombro para cambiarlo. No hay nada más censurable que esa gente que se queja de todo, pero no hace nada. Tu proyecto de vida debe coincidir con el proyecto de la nación y del mundo. El individualismo es tan peligroso como el colectivismo sin horizontes claros.
En la vida poco a poco irás comprendiendo que el amor es la fuerza que mueve el universo. El saber que acumules es importante, pero no tanto como el cariño que acunes en tu pecho. Se puede vivir con conocimientos básicos, pero nunca sin amor. Quien practica el desamor se cosifica, se vuelve cosa, un ser hedonista y materialista. Más adelante coincidirás conmigo en que adorando la creación en el fondo te estás rindiendo tributo a ti mismo. El Maestro lo dijo hace más de dos mil años: “Dando es como se recibe”.
Aprende de los errores de tu padre, así como tus hijos aprenderán de los tuyos. Perdona siempre, porque el rencor es la hierba que podría crecer entre las flores de tu jardín espiritual. Recuerda que el aroma que exhala tu corazón te acompañará toda la vida. Si llevas a él encono y envidia, tales lianas le aprisionarán y sus latidos perderán naturalidad, entonces llegará la zozobra a tu proyecto existencial. Todo el mundo tiene el derecho a equivocarse, pero no a arrastrarte en su torbellino de necedades. Acepta a tus amigos como son, con sus grandezas y miserias humanas; aunque a veces deberás alejarte de quienes te hacen daño, porque su perspectiva no coincide con la tuya.
En fin, hay otros temas de los que podríamos charlar, pero los mejores de ellos los aprenderás en el camino. Sin desoír los consejos de tus padres, sé tu mismo. Nadie hará por ti lo que te corresponde. Al construir tu proyecto de vida, tendrás problemas. Supéralos. Nada es gratis en la vida, los hombres enteros siempre fueron sometidos a los más grandes desafíos y por ello fueron víctimas de la incomprensión y hasta del escarnio popular. Recuerda que la mayoría de las veces liberan a Barrabás, aunque su victoria sea pírrica. Piensa que la vida es un reto permanente, en el que escalas una cima para comenzar a subir otra.
Finalmente, debo decirte que confío en tus capacidades y en tu entereza de carácter. Creo que tienes dotes para alcanzar tus ideales, pero eso depende de ti. Ya sabes que eres el arquitecto de tu mundo; sin embargo, si la carga te agobia, cuenta conmigo.

¡Feliz cumpleaños, hijo!.

Milcíades Pinzón Rodríguez
Villa de Los Santos
En las faldas de Cerro El Barco, a 4 de marzo de 2006

16 julio 2008

SANTA LIBERATA DE LAS TABLAS



















1. La ciencia y la religión siguen siendo, no obstante las transfor­maciones de la Era Moderna, temas que concitan en el hombre hondas controversias y acercamientos inimaginables. Los ejemplos abundan. En el plano académico con sólo mencionar el nombre de Pierre Theilard de Chardin, muchas inquietudes acuden a nuestra mente. Estamos ante un pensador francés, fallecido en 1955, que intentó fusionar el cristianismo con la mente científica del hombre contemporáneo. Otro tanto podemos decir del historiador de las religiones, me refiero a Mircea Eliade, que con su copiosa produc­ción intelectual nos hace viajar por el mundo de las religiones y de los mitos edificados por las sociedades ágrafas de los puntos más dispares de nuestro Planeta Azul. Allí está la rica bibliogra­fía de Lo sagrado y lo profano, El mito del eterno retorno y Mito y realidad que son apenas tres ejemplos de su incursión por ese mundo insondable que intenta contestar los enigmas indescifra­bles de todos los tiempos: ¿ Quién soy?, ¿De dónde vengo? y ¿ Quién construyó el cosmos y la vida que lo puebla ?.
Hoy el hombre viaja al espacio sideral, explora los planetas del Sistema Solar, pero en la Tierra deja a una familia que eleva por ellos una plegaria. Así, en el año 1969 y en el mes de la Patrona Santa Liberata, dos terrícolas colocaron sus pies sobre la Luna. En aquella ocasión dijo Neil Amstrong: " Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad". Casi veinticinco años después de aquel suceso, he leído los relatos de dos astronautas: Michell Collins (El Portador del Fuego) y James B. Irwin (Un astronauta...y la lumbrera de la noche). El primero circunvoló la Luna mientras sus compañeros recorrían la superficie selenita y, el otro, en el año 1971 pone sus pies sobre nuestro única satélite en el Apolo 15.
Hay en esas narraciones mucho de ciencia, importantes descrip­cio­nes de naves espaciales y de detalles técnicos, pero oculto entre el mundo científico salta a cada rato el gusanillo de la religiosi­dad. Un hombre que muestra su asombro ante la magnificen­cia de la creación y que se mira dentro de ella como una partícula cósmica.
Leyendo sobre todos estos temas nos quedamos embelesados del prodigio que se produjo en los seres humanos. Somos entes hacedores de cultura y permanentemente preocupados por nuestro avance científico y tecnológico. Sin embargo, no todo es risas y avances en nuestro andar por el mundo. Acaso uno de nuestras mayores limitaciones contemporáneas sea la ausencia de espiritualidad. La dura lucha por la subsistencia nos crea una coraza e insensiblemen­te vemos en nuestros juguetes electrónicos la carencia de ideales y un mundo lleno de antivalores. A veces, los homínidos podemos sentir que algo no anda bien en nuestro mundo interior, y ese puede ser un primer llamado de atención que no podemos desoír.

2. Si el hombre hace cultura, dentro de ese mundo un papel relevante corresponde a sus creencias religiosas. Se comprende, por ello, que cada sociedad posea su particular cosmovisión impregnada de rica religio­sidad. En nuestra América el hecho religioso está sazonado con ingredientes disímiles, pero a su vez armoniosamente entrelazados. Si los españoles nos traen su idioma y su poderío militar, con ellos también arriban sus valores culturales y sus creencias religiosas. Hermosas tradiciones que se visten de africanidad e indigenis­mo. Por ello, cuando llegamos al siglo XVIII, la fuerza del hecho religioso toma cuerpo en los retablos coloniales con sus rostros de angelitos trigueños y sus gajos de uvas. En cambio, las creencias de los esclavos africanos adquieren carta de ciudadanía en el vudú y en fenómenos como El familiar, que tan amenamente narraron nuestros abuelos.
En el caso de Azuero la religión católica siempre ha sido un importante componente de nuestra sociedad orejana. No podemos comprender nuestra cultura sin considerar este poderoso factor de poder y socialización. La casa de Dios siempre estuvo allí, en el pueblo, en el sitio por antonomasia de la dominación colonial. Toda un mundo se entrelazó en su tejido social y al igual que sucedió en Grecia, Roma, El Antigua Egipto y la cultura mesopotámi­ca, el hombre mezcló lo sagrado y lo profano, la religiosidad y el jolgorio. Es frecuente encontrar en las centurias anteriores a obispos que con frecuencia se quejan, en sus informes escritos en los archivos parroquiales, de que nuestra gente usa los santos "como pretexto para hacer fiestas". Este catolicismo indiferente, como le llamó Hernán Porras, aún se proyecta sobre la sabana antropógena azuereña.
Habitando una región en donde prosperó el minifundio, en llanuras irrigadas por ríos y de suaves colinas acariciadas por el viento, el hombre no sólo sembró maíz y domesticó animales, sino que erigió ermitas en las que colocó una imagen religiosa. Una encrucijada de camino, el encanto de una fuente de agua entre los bosques, el asesinato de un cristiano, tales fueron algunos de los motivos que condujeron a recordar con el símbolo de la cruz un hecho trascen­dental para esos antepasados nuestros que retaban a la naturaleza mientras clamaban al cielo por mejores días.
El establecimiento de poblados en torno a ermitas es una constante en los países latinoamericanos. Por ello no es de extrañar que una mezcla de historia, leyendas y religiosidad se haya forjado en torno al surgimiento de una de los pueblos más alegres y trabaja­dores del Istmo: el Pueblo de Santa Liberata de Las Tablas, según la denominación del poblado hasta bien entrado el siglo XIX.

3. Hay cuatro componentes, que desde los miradores de finales del siglo XX, están ligados indisolublemente a la ciudad de Las Tablas. Me refiero al Canajagua, el carnaval, Belisario Porras y Santa Librada. Todos ellos forman, sumados a otros factores culturales que sería largo enumerar, lo que podríamos denominar, utilizando una expresión de Jorge Conte Porras, la tableñidad.
Nada simboliza más su tierra para el tableño raizal que la Patrona Virgen y Mártir Gallega. Santa Librada o Santa Liberata es un estandarte de identidad cultural para el tableño. Le acompaña a todos los lados y en todos los momentos. Estampas, medallas, oraciones, décimas, interpretaciones musicales, "mandas", caminatas y hasta los acordeones gritan a los cuatro vientos la devoción.
El hombre nuestro la ha hecho suya en algo más de tres siglos de adoración. Todo escritor santeño le ha dedicado en algún momento algunas páginas de su producción. Desde Belisario Porras hasta Oscar Velarde Batista, pasando por Lisandro Espino, Sergio González Ruiz, Claudio Vásquez, así como muchos otros intelectuales y cultores del folclore.
Librada es el nombre que llevan algunas mujeres santeñas y ¡cuántas Abarroterías Santa Librada no existen diseminadas por el país!. Santa Librada es el nombre de una barriada, denominación de pensiones, el nombre de un transporte colectivo; a Santa Librada se le ofrece desde un par de moños hasta una prenda de oro. Sin olvidar una misa o una larga caminata en romería desde un pueblo lejano.
El tableño siente como algo tan suyo a su virgen, que con esa informalidad que distingue a los pueblos de nuestra América Morena, la identifica con un apodo. Le llama, por ejemplo, La Moñona y La Chola. Y esto que para algunos podría significar una irreve­rencia no lo es. Porque nosotros, como los andaluces, somos muy dados a dejar a un lado los patronímicos y decir Juan el de Petra, El Poste de Macano Negro o Rabo de Micho. Y es que esto sólo lo hacemos con aquellas cosas que amamos, que tenemos cerca y que hemos acogido dentro de nuestra intimidad.

4. Por todas las razones arriba expuestas, para mí ha sido en extremo placentero que la Licenciada Aída María Díaz Domínguez me llamara para que presente su libro Santa Liberata de Las Tablas. Este es un texto en el que se realiza una importante compilación sobre los escritos de autores nacionales y extranjeros que guardan alguna relación con la Patrona de Las Tablas.
Cuando alguien me llama para un tipo de evento como el indicado, trato siempre de participar y sacar tiempo de donde no existe, por­que comprendo a plenitud lo que un libro como el que hoy presenta­mos representa para nuestra orejanidad, es decir, para nuestra especificidad de cultura regional.
Nada nos regocija más que ver nacer otro libro que se refiera al hombre que mora desde Divisa hasta Morro de Puerco y Punta Mala. Tanto más si se hace bajo los aleros protectores de una casa de estudios superiores, como en este caso del Centro Regional Universi­tario de Los Santos; aún más si la responsable del texto es una eficiente y consagrada funcionaria administrativa. Demás está decir que sucesos culturales como este son los que siempre hemos soñado para los Centros Regionales Universitarios. Casa de la cultura que sean la sede y la vanguardia de las cosas de la inteligencia del hombre panameño.
Publicaciones como la aludida resultan en extremo oportunas. Asoman su faz a la luz pública cuando nuestro pueblo más lo necesita. En tiempos de neoliberalismo, globalización, calidad total, reingeniería, Internet, computadoras y otras novedades que nos hablan de modernización. Cambios inevitables pero que debemos introducir con cierta dosis de precaución. Medio milenio de historia escrita, sin contar los milenios antes de Cristo y los mil quinientos años antes de la llegada de los españoles, no son algo que nosotros podamos echar por la borda sólo porque a los países hegemónicos se les ocurre que debemos "modernizarnos", es decir, entrar a la "civilización", según ellos.
Pues bien, la publicación en referencia se presenta en cinco partes que la autora denomina "Publicaciones en honor a Santa Librada", "Celebra­ción de las Fiestas Patronales de Santa Librada", "Relatos Inéditos", "Antología" y una última sección que recoge biografías y detalles de la adoración de Santa Librada en España. Largo y prolijo sería el entrar a detallar el contenido de cada uno de los escritos que encontramos en el libro de la Lic. Díaz Domínguez, empresa que no acometeré. Nos bastará con señalar algunos nombres de autores que transpiran orejanidad y tableñismo: Juanita Espino Díaz, Claudio Vásquez, Sergio González Ruiz, Domingo Díaz Domínguez, Guillermo Espino Díaz, Manuel de Jesús Ortiz, Abigail López, Alcides Medina, Edelmira López Broce, Sergio Pérez y Vásquez y Eyda Gisela Espino Díaz.
Llama la atención que los autores compilados pertenecen a diversas generaciones. Pero todos ellos, sin confesarlo, responden al mismo hilo conductor: el embrujo de Santa Liberata, Santa Librada, La Moñona o La Chola.
En el libro de la Lic. Díaz Domínguez se combinan los más diversos estilos, la dulce ingenuidad de las leyendas, cantos religiosos, el rescate de viejas tradiciones, los cantores de la espinela o décima y los intentos por ofrecer una sustentación mucho más científica de acontecimientos históricos de la ciudad de Las Tablas.
Los que hemos estado ligados al estudio de nuestra península de emigrantes, sólo podemos regocijarnos y aplaudir este nuevo aporte al conocimiento de nuestro pueblo. Creo que hay en él un embrión de un proyecto que siempre hemos acariciado: publicar antologías que hablen alto del aporte que hemos hecho, los que habitamos esta sección del país, a la identidad cultural del panameño.
Frente a los desafíos de los nuevos tiempos el libro es nuestra arma más valiosa. La Lic. Aída Díaz Domínguez coloca hoy en nuestras manos, otro instrumento que nos permitirá responder a la angustiante y ontológica pregunta de: ¿Quienes somos nosotros?. En lo que a mi concierne, no abrigo la menor duda de que en el próximo milenio, cuando el primer astronauta tableño viaje al espacio sideral, muy junto a su corazón colgará una medallita de "La Moñona", "La Chola", Santa Liberata o Santa Librada de Las Tablas.

Tomado de ÁGORA Y TOTUMA # 151, 15/X/2000

14 julio 2008

MARÍA CRISTOBALINA OJO: LA REINA MARÍA

Hasta donde conocemos, María Cristobalina Ojo, mejor conocida como la Reina María, nació en los primeros años del Siglo XX en El Nanzal, población del distrito de Las Minas. Murió en el año 1982, en un asilo para ancianos de la capital de la provincia veragüense. Sola, olvidada, quizás con nostalgia de su tierra del Ñuco, de donde debió emigrar para radicarse en la costa azuerense.
Le conocí hace muchos años, cuando orgullosa mostraba su diadema de reina en uno de los jardines del Guararé de mis años juveniles. "Es la Reina María", me dijo alguien, y ella bailaba incansablemente agitando sus brazos y distribuyendo besos como correspondería a una digna descendiente de la monarquía.
Desde entonces, siempre he pensado que la Reina María era portadora de una vida que ejemplifica la suerte de muchos campesinos nacidos en las áreas "montañosas" de nuestra península, los que, víctimas de una estructura agraria de expulsión, vienen a radicarse en "el pueblo". Podemos decir Reina María, pero, igualmente, "La Chigarra", "Ñiqui Ñaque" y tantos otros personajes que reflejan en sus vidas grises la suerte del Azuero que pocos se dignan conocer.
Debemos percatarnos que muchos de los apodos que reciben los emigrantes en la costa, lejos de ser un simple mote jocoso, de alguna manera reflejan una especie de actitud discriminadora para con aquellos coterráneos nuestros que residen en las improductivas tierras, en donde, hace quinientos años, tuvieron que refugiarse los indígenas para no ser exterminados por las ballestas, arcabuces y canes de los españoles.
Fallece en un asilo, como ya dijimos, la Reina María. A falta de un diagnóstico médico diremos que murió de melancolía; añorando sus bailes de acordeones. En esto, en mucho se parece a nuestros emigrantes peninsulares, los que residiendo en el Darién histórico, añoran al Canajagua, Cerro Quema y El Tijeras.
En la fiestas María bailaba acompañada por un invisible acompañante; en otras, escoltada por algún tunante empeñado en divertirse a costa de la inocencia de nuestra representante de la monarquía pueblerina. Porque así era la Reina María: menuda, con una "pollera" corroída por el tiempo y una ingenuidad de niña senil.
No cabe duda que la vida de nuestra Reina no fue inútil. Supo mostrar, al que lo quiso ver, su orgullo de mujer de pueblo. De alguna manera sus surrealistas recorridos por las pistas bailables de Azuero -luciendo su diadema-, fueron una no premeditada chanza a los que todavía siguen creyendo en manifestaciones monárquicas que hace largo rato caducaron. Dentro de sus actitudes mentales de mujer poco cuerda, María supo ser la alienante encarnación burlesca de nuestra imagen colectiva de pueblo excesivamente apasionado por las fiestas y los reinados.
Al cumplirse varias décadas de la muerte de la Reina María, elevo una plegaria por esta mujer del Nanzal de Las Minas, la que, desde las profundidades de su mundo de orate, supo emerger para mostrarnos el otro rostro de nuestra sociedad peninsular.

09 julio 2008

VIDA DE CHANGO



El chango anda vestido de negro, como si la naturaleza le obligara a expiar alguna culpa de sus emplumados congéneres. Le conozco a fuerza de verlo en las mañanas cuando con ansiedad se posa sobre el auto. Llegado este momento, el pájaro se transforma y sus ojos se convierten en tizones rojos con los que pretende agredir a su imaginario enemigo. Lo busca con ansiedad y luego lo encuentra invariablemente en el espejo retrovisor de la puerta del auto. Y ahora es cuando arde Troya, porque comienza a emitir una variedad de aguerridos graznidos para desterrar de aquel sitio al intruso que en las mañanas intenta disputarle su espacio vital. Su ira llega a tal extremo que expele sus blancos excrementos como señal de que “aquí mando yo”. En este punto acudo para espantarlo y el chango se retira para acudir puntualmente la próxima mañana.
Mirando este espectáculo matutino, me he convencido que el ave siente un odio incontrolable hacia aquel extraño visitante que no se cansa de retarlo día tras día. Allí está, idéntico a él, siempre negro y corroído por la ira interior. Así, el emplumado ser arma en su belicoso rito la inútil lucha contra la propia imagen reflejada en el espejo. Supongo que alguna vez se despertará en la alta noche y posado sobre la rama de algún corotú, esperará el amanecer para volver a pelear consigo mismo. Probablemente así será hasta que su vida se extinga, a menos que otro plumífero amigo lo saque de su estéril porfía.
¡ Qué interesante la vida de este chango!. Su vida está llena de sublimes mensajes para el hombre contemporáneo que agoniza víctima de las presiones de su fugaz existencia. Pienso en los millones de seres humanos que en este instante andamos por el mundo sin percatarnos que llevamos una vida de chango. Como él nos levantamos a pelear contra nosotros mismos, a agredir al primero que encontramos en nuestro camino, “arrastrando la manta” en busca de camorra. Estamos convencidos que allá afuera, en la sociedad, existen seres que nos odian; y seguimos alimentando rencores que constituyen la imagen proyectada de nuestra perturbación interior.
La irracionalidad de la vida de chango es producto de la separación que hemos realizado entre razón y sentimiento, naturaleza y ciencia. Por eso la deshumanización está a la orden del día y los hombres hemos terminado por colonizar al planeta, por destruir el medio ambiente, olvidándonos que no podemos defecar sobre la cama sin que tarde o temprano tengamos que dormir con la inmundicia. Vieja lección ésta que ya entendían los indígenas americanos mucho antes de que llegara el “caballo de hierro” o los celulares nos distrajeran con sus sonidos de cigarras electrónicas.
Si en verdad amamos, debemos buscar soluciones; porque para superar la vida del chango iracundo de nada sirve condenar a la ciencia y a la tecnología; planteando un retorno a la Arcadia o a la búsqueda de El Dorado, propuestas de cambio que han demostrado su ineficacia social.
Hacia dónde vamos y qué queremos es lo que nos grita la conducta del chango; porque no podemos continuar perdiendo nuestra paz interior peleando contra los fantasmas de nuestra contemporánea alienación. Imposible olvidar que lo que refleja el espejo no se supera destruyendo a éste, sino penetrando y analizando nuestras miserias humanas, reorientando nuestra interacción con Natura y teniendo la inquebrantable fe de que nuestro proyecto humano no consiste en poseer una vida llena de la ilusa fiereza del chango.


01 julio 2008

GUAPERÍA Y DERECHO

El derecho y la ciencia que fundara Augusto Comte son disciplinas que desde hace mucho tiempo se han complementado. Al analizar la sociedad se ha de tener presente las normas y el contexto social en que surgen. Por eso, la Sociología del Derecho o Sociología Jurídica, es la expresión de tales nexos sociales. Tanto el abogado como el sociólogo encuentran su punto de convergencia en una socialización que tiene por norte el aprendizaje de los usos sociales. El rigor formal de la norma, así como las sanciones o recompensas que su ejecución acarrea para el grupo social, son temas que atañen prioritariamente al Derecho; pero el origen social de la ley, así como las causas de su aceptación y rechazo, son campo abonado para la sociología.
Bajo este prisma analítico presento a la consideración del lector un tema que apenas ha sido abordado en nuestro país. Me refiero a la existencia de la guapería como fenómeno social y como manifestación de una conducta comunitaria sobre la que la ley no alcanzó a ejercer su benéfica influencia. Los guapos de las comarcas ya no existen, pero su antigua presencia se convierte en un hermoso pretexto para reconocer la génesis de un sector social que resolvió a su manera el dilema entre la ley y el libre albedrío. Abordaremos la problemática en tres apartados temáticos: tradición y derecho consuetudinario, la guapería y los investigadores, así como guapería y derecho.
Tradición y Derecho Consuetudinario
Se ha repetido hasta el cansancio que la costumbre hace la ley; y este aserto no por común deja de ser menos importante. La costumbre, en el sentido que aquí nos interesa, apunta hacia la existencia de una tradición social. Porque ésta, cualesquiera sea el ropaje que adopte dentro de la sociedad, no sólo genera consenso, sino que es fuente de poder. Las tradiciones cohesionan al grupo y le impulsan hacia metas que de otra manera no serían compartidas por el conglomerado social.
Así, por ejemplo, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la tradición como la “transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación”. De lo dicho se colige que la tradición supone la existencia de las usanzas populares, es decir, un conjunto de normas para las cuales no existe una sanción formalizada y que distinguen a un grupo social específico. Precisamente, el problema de la adecuación entre lo que se hace y las necesidades grupales, explica por qué algunas prácticas sociales desaparecen cuando el cambio social y cultural las hace inoperantes.
Con fundamento en lo anterior, el derecho moderno ha reconocido la relevancia de estos hábitos colectivos, aceptándolos como antecedentes al ejercicio de dicha disciplina. Y es que no podía ser de otra manera, porque las sociedades antiguas tenían que contar con algún tipo de norma que regulase la vida social. Obviamente que entre menos desarrollada era la colectividad, menos posibilidades existían para que ese conjunto de disposiciones aflorasen como un cuerpo armónico de leyes o normas escritas. Esta situación es la que da fundamento a la gerontocracia, entendida ésta como un mecanismo de regulación social; porque el geronte, el anciano, era el reservorio de la tradición, el individuo que a lo largo de su vida había acumulado un conjunto de experiencias que le permitían, con mayor propiedad, decidir sobre un tema concreto.
Basado en este enfoque, la disciplina del derecho ha creado una especialidad para el tratamiento de estos tópicos y la ha denominado Derecho Consuetudinario, entendido éste como el conjunto de normas no escritas con que cuenta la sociedad. Esto supone que dicho derecho difiere del Derecho Positivo, que implicaría un conjunto de reglas escritas, las que se expresan formalmente a través de un determinado código. Visto así, la primera forma del derecho antecede a la segunda, lo que no niega que en algunos casos ellas puedan coexistir con cierto grado de armonía. De hecho, aún en los tiempos actuales, ambas formas del derecho no le son extrañas al hombre de la calle; porque el sujeto social muchas veces resuelve la mayoría de sus problemas jurídicos sin la intervención de códigos escritos. Sin embargo, la ausencia de éstos últimos, y en general su escasa aplicación en áreas alejadas de los núcleos urbanos, no pocas veces hizo posible que florecieran instituciones sociales que operaban al margen de la burocracia legal, como en el caso de la guapería que pasamos a dilucidar.
La guapería y los investigadores
En nuestra república la mayoría de los textos jurídicos dan cuenta del Derecho Positivo, y aunque implícitamente reconocen la validez del Derecho de Costumbre o Derecho Consuetudinario, generalmente la literatura no se ha hecho eco de tales manifestaciones. Consciente de ello, asumo la tarea de analizar un caso en concreto. Intentemos ahora encarnar esas visiones del derecho dentro del marco de una sociedad específica y para un caso particular. A saber, la existencia de la guapería en las provincias de Herrera y Los Santos. Lo hacemos porque, como ya hemos afirmado, la sociología y el derecho se dan en este tema un abrazo fraterno. Estas áreas de estudio nos permiten examinar la situación y establecer los nexos entre el fenómeno de la guapería y la norma escrita.
El desafío del tópico hace obligante comenzar con una definición de lo que debemos comprender por guapería. Aquí el vocablo no se utiliza para referirse a una persona de agradable presencia física, sino como la conducta propia de un hombre pendenciero, un ser con el arrojo suficiente como para violentar la norma de convivencia social e imponer su criterio basado en el derecho de la fuerza.
Conviene advertir que el interés sobre el tema ha provenido, principalmente, desde los estudiosos del folclor, en menor grado de la sociología y muy poco desde el campo del derecho. Sobre el tópico pueden leerse los aportes del Dr. Belisario Porras Barahona (El Orejano), Manuel María Alba (El hombre del Canajagua), el Dr. Manuel F. Zárate y Dora Pérez de Zárate (La esgrima antigua en tierras santeñas), el Dr. Rodrigo Nuñez Quintero (La plaza del tamarindo) y Milcíades Pinzón Rodríguez (Guapería). Una versión poética sobre la temática aparece como producto de las inquietudes intelectuales del Dr. Sergio González Ruiz (La muerte de Manuel Flores). Hasta aquí lo más significativo que se ha publicado. Veamos ahora el meollo del asunto.
Guapería y Derecho
La guapería como institución social surgió en las áreas rurales, aunque tuvo su mayor auge en torno a eventos sociales que se daban en los poblados, especialmente con motivo de fiestas religiosas y paganas, actividades que desde siempre se han presentado como un amasijo cultural. Esta conducta de algunos sectores campesinos tiene su origen en influencias que datan de mucho antes de la Conquista, viejos hábitos que fueron enquistados en nuestras sociedades por el español que trajo bajo sus espaldas el pesado fardo del honor lavado con sangre, herencia que hunde sus raíces en el Medioevo europeo.
El hispánico que se dispersó por los campos, como en el campo de Azuero, hizo lo demás. Dicho de manera más clara, el guapo santeño y herrerano es el heredero de la tradición del espadachín español. El hombre del campo de estas tierras, así como logró adaptar instrumentos musicales (la mejorana, el rabel y la bocona) a su entorno social, convirtió el viejo arte de la esgrima española en un código de honor, hombría y distinción social. Hay que comprender que ser guapo era una tradición que no se puede valorar únicamente como una bravuconada de aldea; porque quien así actuaba no la hacía sólo por dársela de macho y pendenciero, su actuación generaba una aureola de superioridad y de distinción en el seno de una sociedad en donde la gente vivía sometida a una vida rutinaria. Por ello la guapería irrumpe como un desafío a la norma social vigente. En el fondo el guapo es la persona que reta la norma de convivencia, para aparecer ante los demás impregnado de un halo de misterio y superioridad. Porque, igualmente, debemos advertir que la conducta del hombre que se juega la vida en una reyerta, aparece ante las féminas como un varón que se coloca por encima del campesino tímido y rutinario. Esta arista del perfil del guapo ha sido poco estudiada y quizás la psicología tendría en la postura social de este ser, el material para una reflexión de mucha profundidad analítica.
En efecto, la guapería es mucho más que la conducta de un hombre a quien le gusta la camorra. Surge cuando en la región no se ha logrado extender el influjo de las leyes y ésta no se hace sentir en los diversos rincones de la geografía nacional. Así tuvo que ser, porque ni en la Colonia ni el período de unión a Colombia, las autoridades lograron que el Derecho Positivo fuera algo más que un conjunto de normas cuyo radio de acción trascendiera el melancólico tañer de las campanas de La Villa y Parita. La guapería es un sistema que reta no sólo los valores de la Iglesia Católica, con su moral religiosa, en verdad la enfila contra lo que realmente normaba la vida social, las viejas usanzas pueblerinas, las costumbres en que se ampara el Derecho Consuetudinario. La guapería es el reinado de la fuerza que se abre paso dentro de una sociedad que aún no cuenta con el andamiaje jurídico formal o, en el mejor de los casos, sin una presencia física convincente.
Hay un aspecto de fundamental importancia y que vive agazapado detrás de la guapería entendida como la conducta de un reducido núcleo de santeños y herreranos. Este grupo actúa así porque para aquellos tiempos no se aprecia el influjo del Estado colombiano, el gobierno de la altiplanicie bogotana es una estructura de poder y de coacción que resulta demasiado extraña al hombre de la campiña interiorana. En el Siglo XIX la capital del Departamento y Nueva Granada son instancias administrativas que apenas existen para unos seres que siembran maíz, ceban ganado y han creado sus propios usos y costumbres. Por eso el guapo, en especial aquel que hace de su desempeño una porfía sangrienta, sabe que la ley se impone con la peinilla o rialera, la cara e´ perro, la crucera, el collins, la puya y el garrotillo. Matará por machismo o en defensa propia, pero él sabe que en las montañas de Tonosí y Quebro encontrará la acogida y el refugio que espera. Todavía en la primera mitad del Siglo XX se decía: “Lo mato y me voy pa´ Tonosí”. Aquellos eran los tiempos de Manuel Flores, Portolatino Marchena, Aquilino Mudarra, Agapito Rodríguez y Luis Durán, entre otros, personajes de finales del Siglo XIX y primera mitad del Siglo XX. Incluso, ya en las postrimerías del fenómeno social (hacia mediados de la vigésima centuria), apareció un Florencio Melgar, alias “Pechito”, cuyo nombre se extendió como reguero de pólvora por las comarcas que bordean a Macaracas, en la Provincia de Los Santos. ¿Y quién no ha oído hablar de los famosos duelos del Tamarindo, en el Ocú herrerano?.
Podemos afirmar que la guapería desapareció de las provincias de Herrera y Los Santos, no porque se murieran las guapos de antaño, sino porque con la separación de Colombia el nuevo Estado Nación, con su gobiernos liberales y conservadores, le da la última estocada al personaje de la esgrima campesina. Los códigos que aupó Porras, las carreteras y las escuelas permitieron la integración del país e hirieron de muerte al personaje de nuestras cavilaciones. Ello es tan cierto que todavía, medio siglo después de 1903, aún aparecen los últimos estertores agónicos del guapo provincial. Incluso me atrevería a aseverar que algo de esa guapería, ahora sublimada, aflora en la conducta del santeño y herrerano cuando defiende con vehemencia los valores y tradiciones de su región.
Conclusiones
De lo dicho hasta este momento podemos concluir lo siguiente. La guapería es una conducta propia de algunos hombres del campo, en especial de aquel que habitó la región de Azuero hasta mediados del Siglo XX. Las raíces del hecho social son antiquísimas y se nutrieron de una concepción basada en el honor del hombre del medioevo europeo. Al afincarse en Panamá adquirió algunos rasgos propios de una sociedad campesina que vivía diseminada por la campiña. El guapo provincial hizo de su esgrima una actividad pendenciera, aunque también una especia de deporte campesino del que derivaba reconocimiento social.
La guapería florece debido a la inexistencia de un Estado Nación que centralizara el poder e impusiera su derecho positivo. Por ello, la guapería se constituyó en un desafío al derecho consuetudinario y subsistió hasta el momento que los gobiernos extendieron su influjo y presencia jurídica. Desapareció desde la segunda mitad del Siglo XX, no sólo porque se impuso el derecho positivo sobre el consuetudinario, sino porque para las nuevas generaciones la guapería se convirtió en un hecho social del ayer, en otra faceta del folclor santeño y herrerano. Por eso, ya nadie quiere ser guapo, ¿para qué?. A menos que ahora lo queramos ver como la actitud del panameño que se suma a los movimientos que demandan transformaciones regionales y nacionales. Entonces, sí que valdría la pena que en el Istmo vuelvan a aparecer los guapos de la comarca..

* Ponencia presentada el día 18 de noviembre de 2004, en el Hotel Hong Kong de la Ciudad de Chitré y en el marco de la Jornada de Derecho Procesal que organiza la UNIVERSIDAD LATINA DE PANAMÁ, Sede de Azuero.