lunes, 2 de octubre de 2017

UNIVERSIDAD INTERIORANA


[1] Esta noche cumple la Sede de Herrera de la Universidad de Panamá con el sublime y noble mandato que le otorga la Constitución Nacional a la primera Casa de Estudios Superiores de nuestro país. Entrega a la nación otra cosecha de profesionales que se suman a los centenares de egresados que a través de cuatro décadas ha aportado nuestro centro de estudio regional. Pero más que ello, el evento hay que valorarlo en la justicia que ello implica para nuestra población interiorana siempre ávida de profesionales que se integren a la labor de construir un país próspero y soberano.
Al participar de este acto, justo al iniciar el Siglo XXI, tenemos necesariamente que pensar lo mucho que nuestra universidad dista de aquella institución que en la tercera década del Siglo XX hizo posible la mente de un aguadulceño con visión futurista. Estamos tentados a elucubrar qué pensaría Méndez Pereira si pudiera ver el fruto de aquélla semilla de redención que plantó en el año 1949 en la sabana antropógena de Aguadulce. Además, siente uno que está presente el espíritu de zapadores de la instrucción pública azuerense como José de La Rosa Poveda y Liberato Trujillo, preceptores que en el nivel primario laboraron superando múltiples adversidades a finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX.
Medio siglo después de la revolución educativa de Aguadulce, contamos con una mega universidad que el próximo año tendrá una matrícula que seguramente superará los 80,000 estudiantes. De ese total, no menos del 40% de los educandos se encontrarán en las sedes universitarias de las provincias interioranas. Ahora ya no basta con las exigencias de educación primaria que demandó la población panameña en las primeras décadas de la vigésima centuria, tampoco satisface la educación media que echó sus raíces desde los años cuarenta de aquél siglo, ni son suficientes las exigencias de la educación superior de mediados de la centuria aludida.
En nuestra época las diversas sedes de la Universidad de Panamá reclaman con junto derecho los postgrados, maestrías y doctorados. Nuestros muchachos exigen educación de calidad, atención administrativa moderna, cafeterías, laboratorios de informática y todo un conjunto de facilidades que  hace poco eran prerrogativas que sólo disfrutaban quienes estudiaban en la Sede Central de nuestra casa de estudios. Aún hay mucho más, aquellos que hace poco eran nuestros estudiantes, retornan con una vasta formación intelectual para constituirse en nuestros relevos generacionales. Y eso es bueno para nuestro país y para la región de Azuero, y debe llenarnos de gozo.
Todas estas cosas hablan bien alto de las transformaciones que se producen en el Interior panameño. La verdad sea dicha de manera alta y clara, la educación en el Interior ha sembrado una nueva esperanza en el hombre rural de Panamá. La institución universitaria ha coadyuvado para que nuestro orejano comprenda que jamás deberá avergonzarse de haber nacido en las áreas rurales, ni tiene por qué renunciar a la identidad que fue el patrón de vida de sus ancestros. Ya lo dijo un antropólogo hace décadas, las grandes urbes latinoamericanas son el fondo ciudades de campesinos.
La universidad en las áreas interioranas ha desempeñado y continuará asumiendo un importante papel en la liberación cultural de nuestros hombres y mujeres. Tal y como concebimos a la universidad, ella no puede callar frente a los problemas que atraviesa el Estado Nación; deberá decir su palabra mesurada, pero firme, en defensa de los más caros intereses nacionales. Esa es su razón de ser y para ello el pueblo panameño aporta anualmente 104 millones de balboas.
Sin embargo, hay que estar vigilantes al inicio del Siglo XXI. Hoy como ayer, no todo lo que brilla es oro y algunas veces el oropel de la tecnología contemporánea puede conducirnos a colegir que debemos renunciar a los valores estrictamente humanos. Inicia la actual centuria con la destrucción de múltiples paradigmas y en ese remolino de las transformaciones, la institución humanista por excelencia, vale decir la universidad, puede estar tentada a responder a lo aparencial olvidando el fondo de su razón de ser. Aún en los tiempos actuales, así como en las épocas pretéritas, lo medular radica en comprender que la educación no puede ni debe forjar “señoritos satisfechos” (según el decir de una preclaro filósofo español), ni mucho menos aupar la efímera existencia de lo que los especialistas denominan el hombre “light” y que nosotros nos atrevemos a bautizar como el “hombre pretty”. Un ser para el cual lo intrascendente se ha convertido en la norma de su vida. Si han de existir las universidades, ha de ser para forjar seres gozosos de su papel en el tiempo y en el espacio, ciudadanos con la suficiente altitud de miras como para comprender que el mundo no se agota en el espacio que abarca la mirada cuando el parroquiano se encarama en la torre de su pueblo.
La universidad interiorana, como parte constitutiva de ese todo complejo que se llama Universidad de Panamá, debe comprender los signos de los tiempos modernos. Ha de fortalecer su papel de institución responsable de la extensión y difusión cultural, fomentadora de la investigación científica, deseosa de diversificar sus ofertas académicas y dispuesta a asumir sin complejos la política que le induce a ofertar en el mercado sus propuestas de formación profesional. Todo ha de hacerlo sin olvidar que nunca deberá renunciar a ser la única e indivisible Universidad de Panamá. En esa línea de pensamiento, cuando los antiguos Centros Regionales Universitarios rescatan el nombre de Universidad de Panamá y proponen para sí mismos el más modesto apelativo de Sedes, están en el camino correcto de las trasformaciones; al hacerlo superan una etapa histórica y se catapultan hacia la descentralización administrativa y económica.
No olvidemos que la actitud hacia lo universal, tan consustancial a las instituciones de enseñanza superior, en modo alguno debe entenderse como la negación de las especificidades regionales. Así, por ejemplo, la Universidad en la Provincia de Herrera tiene que caminar hacia ser la institución que se constituya en el pulso de la tierra del Tijeras y El Ñuco. Sin renunciar a su chitreanidad, no debe olvidar que la provincia es la suma de los hombres que habitan en Santa María, Parita, Ocú, Las Minas y Los Pozos. Sin sectarismos debe estar al servicio del que habita en Cantarrana y Altos del Fraile, la Barriada El Rosario y El Caracol, pero también ha de ser para el que mora en Quebrada El Rosario y El Rincón de Santa María.
Comprender la urgencia que tenemos en constituirnos en ágora, sin dejar de ser totuma, es el más  grande desafío que tiene que asumir la Universidad de Panamá en la tierra de Ofelia Hooper Polo. Hablo de una tarea que no es responsabilidad exclusiva del Rector de la Universidad de Panamá, ni del Director de la Sede Regional. Los docentes, administrativos, estudiantes, empresa privada, sindicatos y asociaciones diversas tendremos que ser solidariamente responsables de la creación de una nueva cultura participativa y democrática que comprenda que la universidad es mucho más que los clásicos estamentos con los que generalmente se asocia.
Hoy todos tenemos la dicha de poder decir que nos ha tocado en suerte vivir en una época de partos. Y al igual que acontece con la parturienta, los dolores del parto sólo se compensan con la satisfacción del alumbramiento. El nuevo niño demostrará que valió la pena el esfuerzo. La confianza en la benéfica influencia que sobre el pueblo panameño ejerce la Universidad de Panamá tiene que ser el acicate para modernizar nuestra institución. Vencer el temor a los nuevos tiempos ha de ser el norte de los que laboramos en nuestra institución de enseñanza superior. Esta universidad que ya camina hacia su acreditación, posee la más completa oferta de carreras en nuestro país y se encuentra ubicada en todos los sectores de la república, desde la Sede de Bocas del Toro hasta la Extensión de Darién. Sin olvidar que implementa diplomados y hace posible proyectos como la Universidad del Trabajo  y la Universidad de la Tercera Edad.
En verdad el proyecto de Méndez Pereira es extraordinario y debo confesar que todos los miércoles, al levantarme a las tres de la mañana para llegar a tiempo al Consejo Académico en la Ciudad de Panamá, voy en el transporte colectivo pensando en tres cosas que para mí son vitales: la familia que dejé dormitando en la casa, las fortalezas y debilidades de la península que amo y los proyectos inconclusos que esperan en la Sede de Herrera de la Universidad de Panamá. Entiendo perfectamente que esos trámites que he de realizar, las solicitudes de estudiantes, no son sólo papeles, sino la esperanza de una provincia que confía en lo que hace la Universidad de Panamá.
En la Sede de Herrera de la Universidad de Panamá ya somos casi tres mil estudiantes, doscientos docentes y sesenta administrativos. Estamos creciendo aceleradamente. Este año hemos tramitado 1320 solicitudes de estudiantes que desean ingresar el próximo año académico a nuestro campus universitario regional. Esta situación me permite decir que el desarrollo de la Sede de Herrera hace imperioso la construcción de nuevos edificios para aulas. El momento es propicio para decirle a nuestro Rector Magnífico, Don Julio Vallarino Rangel, que la Provincia de Herrera le acompañará al solicitar a las instancias correspondientes los edificios que administrativos, docentes y estudiantes nos hemos ganado luego de 42 años de la presencia de la Universidad de Panamá en la Península de Azuero. Me refiero a la misma región que nunca antes en la historia republicana ha tenido a tanta gente ubicada en la cima de la dirección de los destinos nacionales. Estoy seguro que ellos tampoco se olvidarán de su orejanidad y de su compromiso de hombres y mujeres raizales. En todo caso, estaremos aquí para recordárselos.
Luego de estas apretadas reflexiones impregnadas de razón y sentimiento, se supone que debo decir algunas palabras, no sólo porque lo establezca el protocolo o se estile en estos casos, y enviar un saludo a la pléyade de profesionales que reciben del Rector, la más alta autoridad administrativa y académica de la Universidad de Panamá, el documento que certifica que gozan de la idoneidad para ejercer sus profesiones.
En un mundo competitivo como el actual, un diploma es apenas el primer peldaño de una escalera que nunca termina de escalarse. En muy corto tiempo todos veremos cómo los profesionales tendrán que egresar y regresar nuevamente a los centros de enseñanza, en un permanente reciclaje que demandarán tanto las empresas públicas como las privadas. Esta es una de las tantas cosas positivas que nos trae la modernización, el recordarnos que la socialización es un proceso permanente. Y hasta podríamos decirlo a través de la voz de una cantalante de una carnestoléndica tuna pariteña; aquel que desee quedarse anclado en el pasado, tendrá que contentarse con cantar su “hojita de tamarindo la quebrá se la llevó”. 
Apreciados jóvenes: si ahora son graduandos es porque tienen capacidades y se atrevieron a perseguir una ilusión. Tienen lo fundamental para emprender el camino, el resto de la trocha depende de la fe y confianza que tengan en ustedes mismos. No olviden que la utopía es el gran motor que subyace oculto en las grandes revoluciones de todos los tiempos. Los felicito por el esfuerzo, congratulaciones que extiendo a sus orgullosos padres y familiares. Enhorabuena por ustedes, por la región y por el país.             

 







[1] Discurso pronunciado, con motivo de la graduación de estudiantes,  el 3 de agosto del 2001 en el auditorio de la Sede Herrera de la Universidad de Panamá.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario