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23 noviembre 2022

HERMOSO, EN VERDAD, ¡QUÉ HERMOSO!


 

A diario reviso las redes sociales e invariablemente me encuentro con hermosas mujeres y varoniles caballeros que conmemoran su cumpleaños colgando en la red llamativas fotografías. En ellas aparecen ataviados con modernos vestidos o tradicionales polleras y camisillas. Los miro y sonrío, además de disfrutar el encanto de verlos gozosos de su vida proba. Están allí, alegres e intentando sacar su mejor pose, de alguna manera modelando para que otros disfrutemos la imagen de lo que son o intentan plasmar.

Y lo llamativo no estriba solo en ello, sino en los parajes que seleccionan: junto al mar rumoroso, el viejo tronco seco, la alameda verde, la añeja casa de quincha, el corral del abuelo y tantas otras estampas que hablan de identidad. Sí, porque la fotografía es arte, pero también un recorte en el tiempo, la petrificación de la época que nos ha tocado vivir.

Yo no sé a dónde irán a parar los cientos, miles o millones de imágenes fotográficas que pueblan las redes sociales y, en vedad, tampoco interesa. Sólo sé que mi gente ha encontrado un camino para mostrarse al mundo en una entrega gratuita nacida desde nuestra cultura de raigambre campesina. Hay orgullo sano en ello, más allá de la pequeña dosis de hedonismo, por demás normal y comprensible, desde los tiempos en el que el primer homínido se miró asombrado en el espejo de la corriente del río.

En el fondo la cultura nuestra sale de los rincones, de la actitud de erizo espinoso con que reaccionó en el siglo XX. Sin miedo a la tecnología se suma a ella, la hace suya en la fotografía, y devuelve al observador la imagen de lo cotidiano. En el fondo hay el deseo de que lo nuestro no muera, desaparezca o claudique; porque no es la simple estampa de la persona, sino la cultura orejana en el ciberespacio, la adaptación contemporánea para no quedarse en el ayer.

Miro a mis paisanos en la nube y pienso en el Festival de La Mejorana, La Pollera o El Manito. Nuestros muchachos son herederos de ese mundo del ayer, aquel que mostraba la cultura en una carreta, porque el transporte tirado por bueyes era la imagen de lo factible, la fotografía viva de lo que éramos. La juventud, de alguna manera, se ha liberado de ese yugo de antaño, para colgar en Facebook o Instagram su orgullo contemporáneo.

Bien sé que vivimos, como siempre, en transición cultural. Y al ver los comentarios y el “me gusta” no dejo de repetir mentalmente, como en un rondó musical, hermoso, en verdad, ¡qué hermoso!

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19/IV/2022

 

 

 


19 noviembre 2022

EL HABLA DEL OREJANO

 


Sobre la forma de hablar del hombre que habita la zona hay mucha tela que cortar, desde el dejo al hacerlo, hasta el uso de vocablos. Sin embargo, lo que ahora interesa es comentar, muy brevemente, las peculiaridades históricas. Y al respecto la referencia más temprana corresponde a lo escrito en el año 1881 por el doctor Belisario Porras Barahona, en su opúsculo El Orejano, publicado el año siguiente en el Papel Periódico Ilustrado de la capital colombiana. Así describe Porras el habla peninsular. Dice del orejano que:

“…aunque mora en costas, en toda la extensión del terreno comprendido en el Istmo de las montañas al mar; pues es más suave y dulce su lenguaje que el del habitante de la ciudad de Panamá, Colón, Chagres y Portobelo. El dice, dice, por ejemplo, de una vaca que es jorra o ajorra, por ahorra; y que es de jarina el pan, y que no hay igualda en el gobierno, y que es bueno comel cuando se tiene jambre; pero no dice Manuer es un negrito bozaa. El orejano usa de la “s”, ya se halle esta en final ó en principio de dicción; y a diferencia del mulato, cambia la “r” en “l” para hacer más suave la pronunciación.

Sorpréndese uno al encontrar en el lenguaje del orejano voces metafóricas de una lógica irrecusable. Así, por ejemplo, la acción de adulterio la expresa el con el verbo quemar, y dice: fulanita ha quemado a su marido. La pena que sufre por amores, es cabanga, palabra que en el Istmo indica un dulce agradabilísimo, pero indigesto”.

Mire usted que hemos cambiado poco, porque luego de más de una centuria del opúsculo del tableño, aún se escucha por allí: jambre (hambre), tajona (tahona), jijo (hijo), jullil (huir), jediondo (hediondo), jarina (harina), jocico (hocico) y muchas otras. Y lo más interesante no es solo la forma de hablar y el acento peculiar, sino la existencia de arcaísmos, vocablos en desuso, que se constituyen en valiosas herramientas que reflejan los contactos entre culturas, préstamos que pueden ser rastreados analizando el vocabulario regional, como en los casos de lo indígena, hispánico, negroide, hebreo y mozárabe.

¡En verdad que somos peculiares! Y lo afirmo alejado de regionalismos intrascendentes, aunque orgulloso del idioma del Manco de Lepanto, porque la región peninsular es un impresionante laboratorio sociológico que aún espera la luz poderosa de la inteligencia que le estudie y le ame.

12/VII/2022

 

 


10 noviembre 2022

¡AH!, RUFINA, RUFINA


 

El personaje de Rufina Alfaro, mito o leyenda sigue concitando la atención de historiadores, sociólogos, abogados y demás especialistas. Y en noviembre vuelve a renacer, para promover, desde la polémica su vigencia nacional. Es un fenómeno social digno de estudio más allá de la prueba fáctica que reclaman algunos estudiosos nacionales. Llama la atención el fervor nacional que despierta su figura legendaria. Su nombre está por todas partes: corregimientos, salas de baile, cantinas, grupos folklóricos o que pretenden serlo, transportes colectivos y un largo etcétera.

Algunos analistas dicen que Rufina es un inventó de Ernesto J. Castillero Reyes, pero tampoco aportan la prueba fáctica que ellos reclaman desde miradores pretendidamente objetivos y científicos. Otros afirman que es la fotocopia de Policarpa Salavarrieta (1795-1817), La Pola, la heroína colombiana, pero todo ello se sustenta en el limbo o en la opinión antojadiza de los que ofician de verdugos de la santeña.

Hasta ahora Rufina Alfaro no puede ser catalogada como un personaje histórico, es cierto, pero ello no parece importarle a la base social que le venera como parte del calendario histórico de la nacionalidad. Y llama la atención que en un país en el que solemos entrarles a hachazos a nuestros símbolos, no reparemos en el daño que podemos infringirle a nuestro maltrecho ideario nacional plagado de leyendas negras y rosas, realidad compleja que queremos reducir a enfoques de imperios, clases sociales, sin duda valiosos, pero que descuidan el papel del empuje humano más allá de los llamados factores estructurales.

No es mera casualidad que durante el mes de noviembre aparezca la mujer de La Peña al lado de hombres de carne y hueso cuyas actas de nacimiento están registradas en los archivos parroquiales, y hasta tiene el atrevimiento de ser más protagónica que ellos. Y este es otro reclamo para Rufina, que osa desplazar a personajes de los grupos dominantes, los mismos que son acusados de defender intereses comerciales, agrarios y mercuriales, como si ellos no tuviesen, también, el derecho a ser parte de la conjura independentista.

Pienso que todo este debate -si existió o no Rufina Alfaro- es producto de una visión cartesiana del mundo, como si la creación humana únicamente pudiera mirarse con anteojeras de la objetividad científica. Olvidamos que la sociedad y su cultura son hechuras de hombres y no de dioses. Las sociedades no viven solo del fruto de la ciencia y de una racionalidad que queremos imponer, desconociendo lo poco que seríamos sin arte, poesía y mitologías populares.

Rufina siempre me ha parecido un personaje sugestivo, asumido por amplios sectores de la población como la encarnación de la libertad y la rebeldía; existe, ahora sí, una complicidad que no para mientes en argumentos del tipo que pregunta en dónde se encuentra el acta de bautismo. Siempre he creído en el derecho de nuestra gente a tener su héroes -ficticios o reales-, a soñar con una figura que sea el reflejo de su participación en las luchas libertarias. Algo así como la revancha por su casi nula mención popular en los documentos que sustentan el 10 de noviembre de 1821. Ella parece ser el emblema de la masa silente, con el añadido de que es una representación femenina en una época – siglo XIX- en donde se les niega a las féminas la mención como agente social.

El simbolismo de Rufina Alfaro es impactante, porque su figura se ha enraizado en el Grito Santeño, al punto que muchos próceres son menos conocidos que ella, como queda dicho. Y esta es una debilidad que ha de ser corregida, pero no al extremo de destruir la leyenda o el mito. Porque mientras no encontremos vestigios de su vida terrenal, nada sacamos peleándonos con el personaje que ha contribuido a darnos identidad y orgullo patrio.

Yo no sé lo que otros pensarán, pero para mí Rufina continuará siendo la encarnación de mi pueblo, la imagen venerada del hombre irredento de los campos interioranos.

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08 noviembre 2022

GUARARÉ Y EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1903

 


El 10 de noviembre de 1903 se constituye, por derecho propio, en otro hito memorable del calendario histórico de los guarareños. En efecto, hace más de un siglo la generación que había nacido en la segunda mitad del siglo XIX, y aún antes, se reunieron en cabildo abierto convocado por las autoridades de aquella época para escuchar y hacerse protagonista de un acto en el que trazaron sus derroteros y los de las generaciones venideras. De común acuerdo optaron por un sistema republicano, independiente y democrático, y se adhirieron al movimiento que, en la ciudad de Panamá, buscaban separar al Istmo de la República de Colombia.

Aquel suceso histórico no deja de ser un acto corajudo, porque apenas habían transcurrido siete días de otro similar realizado en la ciudad de Panamá. Por aquellas calendas recién habían cesado los tambores de guerra entre liberales y conservadores, un niño llamado Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate cumple cuatro años y la maestra Juana Vernaza prepara sus bártulos para impartir clases en la Escuela de Niñas. En Guararé no había parque central, aunque existía la plaza que en los años veinte, al ser transformada en parque público, se llamará Bibiana Pérez Gutiérrez. Por su parte, ya está en Guararé el cura Ubaldino Córdoba López, presbítero que acompañará la grey católica hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

El 10 de noviembre, un pueblo apacible y digno, otra vez levanta la voz para ratificar en el mismo día y mes, aunque ochenta y dos años después, el derecho a la autodeterminación reclamado por la Villa de Los Santos en el siglo XIX, aunque en Guararé se realiza bajo otras circunstancias, año y siglo. El acta encontrada en los archivos nacionales y replicada en la Gaceta Oficial # 1, Año 1, Serie 1, #15 del 25 de enero de 1904, así lo confirma.

Este jalón libertario rubrica que la adhesión guarareña es un acto en firme, respaldado con documentación existente, lo que confiere al evento una validez que no puede ser negada. Es más, la pulcra redacción del acta de adhesión demuestra que el evento de adhesión se realizó con amplia participación ciudadana.

Lo que el documento evidencia es el respaldo popular a un cabildo abierto sumamente representativo. Basta con ver los apellidos para percatarse que el llamado no procede de un grupo de poder excluyente y con ínfulas de grandeza. Son centenares los firmantes que allí aparecen, y como no podía ser de otra manera, en aquellos tiempos la rúbrica corresponde a varones que en su mayoría son cabezas de familia. El campo y el emplazamiento urbano se dan en este caso un abrazo de patria.

Habría que realizar un estudio más exhaustivo, pero todo apunta a confirmar que asistieron guarareños que moraban desde las zonas aledañas al Canajagua, hasta habitantes de la costa, las marismas y las riberas del río guarareño, morando a uno y otro lado de esta corriente acuosa con nombre de cacique indígena.

El distrito de Guararé inicia el siglo XX con paso firme, lo que demuestra el proceso de maduración de sus habitantes, confirma los vínculos que por la vía del puerto o ría se tiene con la capital de la república, porque Porras aún no ha construido la carretera, ni la población cuenta con un edificio escolar que tendrá que esperar hasta la década del treinta. Mientras tanto la generación de inicios del siglo XX recibe sus nociones básicas en escuelas para párvulos en casas separadas, para niñas y varones.

Lo hermoso de la adhesión guarareña radica en percatarse que en el acta de adhesión no hay asomo de conflicto, ni de batallones dispuestos a ofrendar sus vidas. Lo de Guararé es compromiso, acompañamiento y reflexión, así como profunda es la fe en los destinos nacionales. No es este un suceso que pueda ser catalogado de grito, hay sí, patriotismo y redacción mesurada, alejada de ditirambos innecesarios, acaso porque los firmantes han vivido en carne propia las secuelas de la Guerra de Los Mil Días y encuentran un país casi sumido en las ruinas.

En 1903 estamos ante el inicio de una nueva época, en una centuria que se mira en lontananza con esperanza, porque los niños de entonces serán el relevo generacional que les tocará vivir parte de las promesas que implica el 10 de noviembre de 1903, el suceso histórico que abre para ellos un pimpollo en flor.

Corresponde a los guarareños ser fiel a ese llamado libertario, valorar la gesta en su pleno significado, realizar la lectura correcta de su misión trascendente, para que la fecha no quede presa de la celebración y sea también calidad de vida, inteligencia libertaria y deseos de edificar una sociedad que valora sus expresiones vernáculas, pero que es capaz de morar en un mundo en constante transformación.

A la altura del camino en que se encuentra transitando el guarareñismo, la existencia comprobada de la adhesión de Guararé al movimiento que hace posible la separación de Panamá de Colombia, sin duda es motivo de regocijo y complacencia, pero también implica un desafío inmenso para quienes crecimos a la sombra de la Escuela Juana Vernaza, valoramos el zaratismo y hemos hecho del culto a las tradiciones una manera de ser.

El 10 de noviembre de 1903 es compromiso puro, la certeza de una vida proba, la inteligencia alumbrando los recodos del camino y el convencimiento de que nos esperan grandes realizaciones. Que la virgen de Las Mercedes ilumine nuestro sendero y nos permita continuar conmemorando esta trascendente fecha histórica, al mismo tiempo que los frutos del desarrollo invaden nuestros campos y pueblos, mientras se escucha en la distancia el liberador sonido de la mejorana.

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7/XI/2022

 

 

 

 

 

 


04 noviembre 2022

LA MONA: EL TROMPO CAMPESINO

 


Entre los juegos de antaño está el relacionado con la ejecución de los trompos. En nuestro caso los llamados “mona”, confeccionados artesanalmente con ramas de diversos tipos de árboles, desde guácimos, pasando por otras maderas de mayor resistencia y durabilidad. Los más frágiles y vulnerables se hacían con la guayaba verde, los que tenían una vida fugaz.

Eran todo un arte aquellos trompos campesinos, que podían tener un clavo sencillo o tremenda lezna de unas cuatro pulgadas, lo que suponía un cuerpo mayor. Estos últimos eran propios para jugar al “machaco”, contienda en la que uno de los contendientes tenía que ponerle “servidas” al otro y así alternativamente hasta la posible destrucción del otro a punta de clavazos. Esta modalidad de juego era temida porque implicaba la desaparición del juguete campesino construido de madera.

Lo anterior explica que los trompos que se vendían en tienda no gozaran del aprecio de la chiquillería, como también acontecía con las cometas industriales que nunca lograban tener el garbo y elegancia del papalote artesanal, con su rabo largo y volar sereno.

La mayor gloria del juvenil dueño era la mona que bailara serena y que se lograra coger en la mano, incluso, ¡oh proeza!, atrapada en el aire, para verla bailar en la palma de la mano. Por este motivo era un poco burlón la existencia de la “mona racha”, aquella que no lograba hacerlo y que se bamboleaba, saltando como si le picaran las candelillas.

En otras ocasiones la mona zumbaba por el aire cuando un adulto, en complicidad con la mona que él también tuvo en su infancia, trazaba sobre la tierra un círculo y colocaba en el centro una moneda de diez o veinticinco centavos, para que los participantes la sacaran a punta de lances. Con la única condición de que, si la mona quedada dentro del círculo, le pertenecía. ¡Qué emoción aquella de querer la moneda, mientras se temía perder la mona!

Tiempos idos, sin duda, porque muchos de estos juegos y juguetes han quedado en el olvido, como cosas de viejos y expresiones folklóricas que ni tan siquiera despiertan curiosidad en una juventud subyugada con artilugios electrónicos, influjo de otras culturas y olvidadiza de sus raíces. Sin embargo, y pese a todo, de vez en cuando vuelve a aparecer la mona, el trompo de nuestra gente, y baila en los parques ante el asombro de todos.

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3/IX/2022