miércoles, 23 de enero de 2008

PENSANDO LA REGIÓN


Hermosa tarea la de pensar la región de Azuero en tiempos de globalización; aunque, dado lo minúsculo de la zona, ese esfuerzo parezca tarea de mentes con visión excesivamente comarcal. En efecto, ese empeño puede resultar paradójico, porque mientras en Europa la unificación ya no es una quimera, otros lugares del orbe se empeñan en fragmentarse. Observamos cómo al interior de los países de América Latina surgen nuevas provincias, municipios y hasta corregimientos, como si fuéramos incapaces de pensar en grande y nos agobiara un fatalismo que nos impulsa a reducirnos mientras otras nociones se caracterizan por integrar sus territorios y expandir los horizontes culturales. En ese contexto, reitero, aparentemente es tarea ociosa el concentrarse en particularidades regionales.
Sin embargo, no padezcamos de traumas que no tienen razón de ser. Tomemos conciencia que Panamá es una nación que ha sabido, desde la heterogeneidad cultural, presentar la panameñidad en el concierto de los naciones. El Istmo es un país multiétnico y bien vale la pena destacar nuestras especificidades regionales en el marco de un incomprendido proceso de “mundialización”.
Pienso que al ser objetivos debemos convenir en que el istmeño, al edificar la gran casa de quincha de su Estado Nación, una porción significativa de ésta lo debe a la junta y el barro de lo azuerense. Basándonos en este enfoque, podemos constatar que el Siglo XX ha sido testigo de una especie de imperialismo cultural que proviene de la península que cobija en su interior, como joyas sociales, a un hombre y una mujer santeña, herrerana y del sur de la Provincia de Veraguas. Digo azuerense, asumiendo un giro lingüístico que encuentra su génesis en el apellido de un notable colombiano del Siglo XIX; me refiero al Dr. Vicente Azuero y Plata, liberal adicto al grupo del pendón rojo del colombiano Francisco de Paula Santander.
Al encontrar en tales provincias a un ser humano que reviste una determinada idiosincrasia, bien puede la ciencia que fundara Augusto Comte acometer el estudio de ese ente social. Puede y, además, es su deber hacerlo. Hablo del grupo humano que mora desde Divisa hasta Morro de Puerco y que ha de ser brevemente objeto y sujeto de nuestras cogitaciones. Permítanme intentarlo sin aldeanismos, visiones de tunantes o estrecheces mentales.

1. El ser al que nos referimos mora a 250 kilómetros al occidente de la Ciudad de Panamá y habita una península con forma de rectángulo. No hace poco he logrado medir y apreciar ese accidente geográfico haciendo uso de la tecnología contemporánea. Encontré que cuenta, aproximadamente, con 80 kilómetros lineales desde Divisa hasta Mariato y 100 kilómetros desde la primera población indicada hasta Punta Mala.
En esta parte del istmo centroamericano el milenario ramal que viene descendiendo de los Andes suramericanos adquiere altitudes que con dificultad apenas alcanzan los 1500 metros sobre el nivel del mar. En Azuero, Cerro Hoya es la mayor altitud, aunque la población en general, e incluso las escuelas, han hecho del Canajagua el símbolo de la orejanidad, quizás porque el cerro es el promontorio que la gente mira y siente como suyo, aprendiendo a amarle y respetarle a fuerza de divisarle día tras día. Precisamente desde este conjunto de elevaciones se desprenden los ríos que desembocan, los unos, en el Golfo de Parita y, los otros, en el Golfo de Montijo.
Hacia el oriente de la península vive la mayoría de la población, en una costumbre tan antigua que ni los españoles lograron doblegarla, porque los emplazamientos hispánicos se edifican sobre las añejas raíces que tenía como suya el genio indígena. Desde entonces, los que hoy son conocidos como herreranos y santeños, han vivido entre la miríada de ríos que van desde el Santa María hasta el Pedasí y Caldera.
En esta zona el paso de cinco siglos ha visto madurar una cultura que se edificó con el sudor de indios, negros e hispánicos; siendo el último el componente hegemónico. Hacia el Siglo XVIII ya existía en estas latitudes un hombre que se observaba a sí mismo, caminaba el pueblo y la montaña y podía decir y sentir que encarnaba una identidad cultural propia; orgulloso se miraba en el espejo del río y se sentía satisfecho del arquetipo cultural y somático que le devolvía la imagen acuosa. Esta es la verdadera génesis del sano etnocentrismo del hombre que mora en torno al Macizo del Canajagua; porque el alejamiento del control burocrático de la zona de tránsito, la dispersión rural y la estructura agraria minifundista, creó un tipo humano singular. Hacia finales del Siglo XIX Belisario Porras lo entiende y escribe El Orejano;. en el Siglo XX Manuel María Alba lo deja plasmado en El hombre del Canajagua, Rubén Darío Carles Oberto en La gente de Allá Abajo, José del C. Saavedra en Alma de Azuero, José Huerta en Alma Campesina, así como el hombre folk lo expresa en las décimas que canta a la amada, a lo divino y a otros aspectos de su cosmovisión de hombre de pueblo.
He aquí a un ser humano que ha hecho de su imbricación con el entorno un canto a la panameñidad. Por ello, el 10 de noviembre de 1821 es mucho más que un Grito de Independencia, representa el triunfo de la ruralidad sobre el exotismo que involucra el transitismo. A partir de allí, la hegemonía de la economía terciaria le robó a la Península hasta la gloria de su protagonismo independentista. Desde entonces, íngrimo se quedó con sus manifestaciones de guapería durante el Siglo XIX y primera mitad del Siglo XX. Acá la mujer en la casa y el hombre en el campo, en una dialéctica de género que aún dista mucho de ser comprendida con esquemas petrificados, porque la mujer santeña y herrerana no es precisamente una fémina a quien se le impongan las cosas y el machismo le doblegue. Pienso en Rufina Alfaro, Bibiana Pérez, Ofelia Hooper y las palabras sobran.
Debemos comprender que en Herrera y Los Santos la ruptura con la economía y la sociedad campesina viene a darse desde mediados del Siglo XIX. La construcción del ferrocarril transítismo, el canal francés y el canal norteamericano son acontecimientos que hay que valorar para comprender su accionar como pueblo. A ello añadamos el papel liberador de la escuela primaria, institución que adquiere fuerza de torbellino desde la separación colombiana, los colegios secundarios en los años cuarenta del Siglo XX, más el rol de la Universidad de Panamá desde los años cincuenta y podremos avizorar el panorama que permite justipreciar el fenómeno de cambio social y cultural que se vivió Azuero en la vigésima centuria.
¡ Qué época ésta, la de la vigésima centuria!, espacio de tiempo cuando el caballo, medio de transporte que se enseñoreó por cuatrocientos años, es retado por la carreta; arribando luego los barcos, los carros “cola de pato”, la “chiva gallinera”, los recordados busitos y la aviación que supo de viajes a Panamá, así como de intrépidos pilotos de TAS (Transporte Aéreo Santeño), con osados aviadores que transportaron pasajeros y encomiendas a Quebro y Tonosí. Tiempo de comadronas y de zahorí de La Llana, con el arribo de enfermeras y médicos; coas y cosechadoras, yerberos y farmacéuticos, guapería y tribunales de justicia, tortillas y hamburguesas, guarapo y Royal Crowm Cola, es decir, la crisis de la economía campesina que no soporta el peso de la economía de mercado.
El Siglo XX, como aconteció en otras regiones del país, representó en el fondo la lucha de un hombre y una cultura que fue estremecida por rumbas de alienación, vale decir, de conflicto entre lo viejo y lo nuevo. Como añejas eran las iglesias que se transformaron con ventanas de vidrios y pisos de mosaico, porque en nuestro deslumbramiento por la radio, la televisión y la moda quemamos nuestros archivos municipales y enviamos al basurero los púlpitos de nuestras iglesias. En fin, tiempo para recordar a los abuelos solos en sus casas de quincha y a las madres que añoran a los hijos que les robó el transitismo. Allí están ellas, las observo llenas de melancolía, todas las tardes mirando el callejón donde algún día ha de aparecer el hijo de sus entrañas.

2. Sobre este punto me permito hacer una referencia anecdótica. En mi permanente recorrido por la zona, luego de indagar sobre la suerte de un hermoso púlpito que aprecié en mi infancia, la voz amable de una maestra jubilada me reveló con toda crudeza la suerte del mismo. “Profesor”, me dijo, “¿Usted no sabe que eso se lo regalaron a Pola?”. Entonces lo comprendí todo, porque la susodicha era una emprendedora mujer que con manos campesinas elaboraba los panes que consumían con fruición los habitantes del pueblo. Cierto o no, lo que importa en el Siglo XXI es aprender de lo que hemos sido, saborear los incontables logros de nuestro pueblo, y edificar sobre ese mundo una auténtica visión de patria.
La patria que se esconde en el terruño. Escucho la melodía cadenciosa del violín, el tambor que llora en la distancia y el eco distante del acordeón y comprendo que en las cutarras de los hombres y en los zapatos de pana de nuestras empolleradas, se esconde nuestro orgullo de pueblo. Camino entre las calles atestadas de público en el Festival de La Mejorana, disfruto la dinámica social de la chitreana Calle del “Pescao”, me asombra la creatividad del palmeño que recoge la basura en su carreta, saboreo el helado de pipa en la fiesta pueblerina, me deleito con un sancocho de gallina, converso con la gente de Cerro Quema, camino descalzo en la Playa de Bellavista, así como me extasío en Torio, Malena y Mariato para convencerme que nunca lograrán doblegar a este hombre azuerense que se nutre y transpira panameñidad.
El azuerense, el ente social que ha puesto a bailar al país con tambores, acordeones y murgas, el que se divierte en el jardín de baile, asiste a las cantaderas y con rostro compungido ha caminado la procesión (dos pasos pa’ lante y otro pa’ trá) en una curiosa simbiosis de lo sacro y lo profano. Todo esto en la misma fiesta patronal en donde la carne en palito se vende en la calle y la gastronomía orejana luce en la fonda sus mejores galas. Hablo, además, de las pariteñas máscaras de satánicos diablicos, del acompasado zapateo del manito ocueño, la solemnidad de la Semana Santa de La Villa de Los Santos, los potes y el pan calientito de La Arena, del panorama que se divisa en la Loma de La “Sajina”, allá en el sur de Azuero, en el Pedasí interiorano en donde una madrugada Chico Purio Ramírez compusiera Lucero del Sur , tierra de Santa Catalina en donde reposan los restos mortales de un acordeonista llamado Rogelio “Gelo” Córdoba.
La Península de Azuero, tierra de esa otra joya de la panameñidad, Las Tablas, poblado en donde La Moñona congrega en sacra romería a los santeños que retornan de su permanente diáspora. No pensar en ello sería tanto como desconocer los vientos montaraces que en Las Minas acarician la cúspide, olorosa a pinos rumorosos, del Cerro de La Cruz. Son los mismos coterráneos que transitan la encrucijada de caminos de Los Pozos y moran rodeados de cañaverales en Santa María. Hay que vivir en Macaracas para mirar la región desde EL Quema y El Canajagua u observar la península desde la cima del Tijeras ocueño. Debo decir que parado sobre esas cimas milenarias he pensado la región.

3. El habitante de esta zona del país ha de cambiar, si es que pretende mantener su identidad ante los retos y desafíos del Siglo XXI. Del siglo anterior ha de aprender una importante lección: resulta ilusorio detener el avance de la ciencia, la tecnología y el encuentro entre las culturas. Lo que puede es reconocerse en su sociedad e historia, tratando de ir estructurando un perfil de hombre universal que no niega sus raíces. Para sobrevivir tiene que ser ágora y no dejar de ser totuma. En ese empeño ha de ir acompañado por el liderazgo de los diversos centros de enseñanza, instituciones que deberán comprender que es importante continuar leyendo a Platón y Descartes, al mismo tiempo que permite a ese orejano embriagarse con los relatos de José María Nuñez Quintero, José del C. Saavedra, Sergio González Ruiz, José Aparicio Bernal, Sergio Pérez Saavedra, Jesús Plinio Cogley, Raúl González Guzmán, Bolívar Franco Rodríguez, Roberto Pérez-Franco, Oscar Velarde Batista, Moisés Chong Marín, entre los muchos escritores de esta región de toros y salinas, maizales y arrozales. Urge que el muchacho que habita en estos contornos, al ver caminar a Bolívar Rodríguez ,entienda que su cabellera canosa es la expresión de un magisterio musical al estilo de “paloma, palomita titibú”; porque el toque de campanas de Cheo, los rezos de Bocho, la vida bohemia de Pita, las canciones de Lacho Casrtro (“Anoche te vide un piojo”) y los recuerdos de la Reina María también forman parte de nuestras querencias y fortalecen nuestra alma de campesinos que navegan en internet, en el preciso instante que saborean la picante chicha de junta o sienten deslizarse en el gaznate la mazamorra con el queso blanco.
Ya es hora que confesemos que en los últimos tiempos no hemos sido tan efectivos en la socialización de nuestra juventud; nuestros hijos son vivaces e inquietos como cualquier joven de otro país, admitamos que la sociedad de hoy no es la que vivimos, pongamos por caso, los nacidos en los años cincuenta. Los jóvenes son en parte la hechura de nuestros aciertos y desatinos. Reconozcamos que para amar con intensidad hay que conocer lo que se tiene y a veces no hemos amado esta tierra con la fuerza, desinterés y ternura con la que depositamos en el nido al poyuelo que se desprendió de la rama del árbol.
Escribamos en los pizarrones de las escuelas, en las vallas publicitarias de nuestros caminos y hasta en los leños de nuestros fogones, que el entorno social y ecológico que heredamos ha de ser conservado y utilizado racionalmente. Que a nadie se le ocurra construir minas a cielo abierto en nuestras cuencas hidrológicas, preservemos los manglares y contengamos los ríos de agroquímicos con los que rociamos nuestros campos.
La región aún espera a los académicos y profesionales que hagan de ella un objeto de estudio y un proyecto de vida; que sean capaces de retomar la novela regional que no se ha escrito desde los años sesenta; uno que sienta el arrebato de Antonio Moscoso con su Buchí, paisanos que asuman el relevo de la Federación de Sociedades Santeñas y que sean capaces de escribir como José del C. Saavedra en su Alma de Azuero: “¡Qué tierra ésta!”.
En fin, ese hombre a quien llamamos indistintamente orejano, santeño, herrerano y azuerense ha de abrirse a los nuevos tiempos, ha de bailar los ritmos musicales más diversos, ha de nutrirse de la cultura universal y caminar el siglo XXI orgulloso de no ser una fotocopia cultural y un muñeco de los caprichos de la deshumanización. Yo, por mi parte, me sumo a ese desafío y en ese empeño me encontrarán con las cutarras bien puestas.
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* Disertación el 29/VIII/2002 con motivo de la presentación de la obra Con las Cutarras Puestas en el auditorio de la Sede de Herrera de la Universidad de Panamá. Publlicado en Ágora y Totuma, Año 11, 15/IX/2002

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